Enrique Anderson Imbert - Microrrelatos

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos.  


LA MONTAÑA
Enrique Anderson Imbert
El niño empezó a trepar por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
   -¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
   Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
   -¡Papá, papá!
   El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña
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Enrique Anderson Imbert fue un escritor, ensayista y crítico literario argentino. Nació en Córdoba el 12 de febrero de 1910  y falleció en Buenos Aires el 6 de diciembre de 2000.

TEOLOGÍAS Y DEMONOLOGÍAS
Enrique Anderson Imbert
Samuel Taylor Coleridge soñó que recorría el Paraíso y que un ángel le daba una flor como prueba de que había estado allí.
   Cuando Coleridge despertó y se encontró con esa flor en la mano, comprendió que la flor era del infierno y que se la dieron nada más que para enloquecerlo
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ESPIRAL
Enrique Anderson Imbert
Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

TABÚ
Enrique Anderson Imbert
El ángel de la guarda le susurra al oído:
   —¡Cuidado, Fabián!, morirás apenas pronuncies la palabra zangolotino.
   —¿Zangolotino?—pregunta azorado. Y muere
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