«Los amos», cuento de Juan Bosch (1909-2001)

Juan Emilio Bosch Gaviño fue un escritor y político dominicano, presidente de la República Dominicana entre el 27 de febrero de 1963 y el 25 de septiembre del mismo año, fecha en la que fue derrocado por un golpe de estado encabezado por el coronel Elías Wessin y Wessin.

Además de actuar como líder de la oposición dominicana en el exilio contra el régimen de Trujillo durante más de 25 años, Juan Bosh fue el fundador de dos de los principales partidos políticos dominicanos: el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en 1939 y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) en 1973.


Si bien Bosch es autor de una novela, "La mañosa " (1936), como narrador es recordado
principalmente por su importante contribución a la narrativa breve hispanoamericana, con numerosos libros de relatos, entre los que destacan: "Camino real" (1933), "Indios" (1935), "Dos pesos de agua" (1941), "Ocho cuentos" (1947), "La muchacha de la Guaira " (1955), "Cuentos escritos en el exilio y apuntes sobre el arte de escribir cuentos" (1962) y "Más cuentos escritos en el exilio" (1966).

Nació en La Vega, República Dominicana, el 30 de junio de 1909, y falleció en Santo Domingo el 1 de noviembre de 2001, hoy hace 10 años.


Juan Bosh - Fuente: Fundación Juan Bosh
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LOS AMOS
Juan Bosch
   Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.
   -Le voy a dar medio peso para el camino. Usté esta muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.
   Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.
   -Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.
   -Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.
   Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.
   -Ta bien, don Pío -dijo-; que Dio se lo pague.
  Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.
   -Que animao ta el becerrito -comentó en voz baja.
Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.
   Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuidado de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.
  Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.
   -Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.
   -Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia -oyó responder.
   El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.
   -Vea, don -dijo- aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.
    Don Pío caminó arriba.
   -¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.
   -Arrímese pa aquel lao y la verá.
   Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.
   -Dese una caminata y me la arrea, Cristino -oyó decir a don Pío.
   -Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.
   -¿La calentura?
   -Unjú, me ta subiendo.
   -Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.
  Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito...
   -¿Va a traérmela? -insistió la voz.
  Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.
   -¿Va a buscármela, Cristino?
   Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.
   Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.
   -Ello sí, don -dijo-: voy a dir. Deje que se me pase el frío.
   -Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.
   Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.
   -Sí, ya voy, don -dijo.
  -Cogió ahora por la vuelta del arroyo -explicó desde la galería don Pío.
   Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío lo veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.
   -¡Qué día tan bonito, Pío! -comentó con voz cantarina.
   El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.
   -No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.
  Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.
   -Malagradecidos que son, Herminia -dijo-. De nada vale tratarlos bien.
   Ella asintió con la mirada.
  -Te lo he dicho mil veces, Pío -comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

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