«CÓMO EMPIEZA, CÓMO ACABA» de Umberto Eco (1932-2016)

Umberto Eco fue un escritor y filósofo italiano, experto en semiótica, célebre sobre todo por su novela El nombre de la rosa.

Nació en Alessandria, Piamonte, el 5 de enero de 1932 y falleció en Milán, el 19 de febrero de 2016.


CÓMO EMPIEZA, CÓMO ACABA
Umberto Eco
Hay un drama en mi vida. Realicé los estudios superiores siendo huésped del Colegio Mayor de la Universidad de Turín, donde había obtenido una beca. Conservo de aquellos años gratos recuerdos y una profunda repugnancia hacia el atún. Sucedía que el comedor permanecía abierto durante una hora y media por comida. Los que llegaban durante la primera media hora tenían el plato del día, los que llegaban después, tenían el atún. Pero el drama no es éste.
   Es que no teníamos dinero y estábamos famélicos también de cine, música y teatro. Para el teatro Carignano habíamos encontrado una espléndida solución. Se llegaba diez minutos antes de la sesión y nos acercábamos al señor (¿cómo se llamaba?), el jefe de la claque, se le estrechaba la mano dejándole caer en la palma cien liras, y él nos dejaba entrar. Éramos una claque pagante.
   Se daba, sin embargo, el caso de que el colegio mayor cerraba inexorablemente a las doce de la noche. Después de lo cual, quien estaba fuera se quedaba fuera, porque no había vínculos disciplinarios y un estudiante, si quería, podía incluso no ir durante un mes. Esto significa que a las doce menos diez había que dejar el teatro y pegarse un buen paseo hasta la meta. Pero a las doce menos diez, la obra todavía no había acabado. Así sucedió que, en cuatro años, yo vi todas las obras maestras del teatro de todos los siglos, pero todas sin los últimos diez minutos.
   Me he pasado, por tanto, una vida  sin saber cómo salió librado Edipo de la horrenda revelación, qué fue de los seis personajes en busca de autor, si Osvaldo Alving se curó gracias a la penicilina, si Hamlet descubrió por fin que valía la pena ser. No sé quién es la señora Ponza, si Sócrates bebió la cicuta, si Otelo se dio de bofetadas con Yago antes de salir para una segunda luna de miel, si el enfermo imaginario se curó, si todos bebieron con Giannettaccio, cómo acabó Mila di Codra. Creía ser el único mortal afligido por tanta ignorancia cuando, por casualidad, charlando de viejos recuerdos con mi amigo Paolo Fabbri, descubrí que él, desde hace años, sufre de la angustia contraria. Durante sus años de estudiante, colaboraba con no sé qué teatro universitario ciudadano, y estaba en la puerta contando entradas. A causa de los muchos retrasados, podía entrar en la sala sólo después del segundo acto. Veía a Lear vagar, ciego y desmelenado, con el cadáver de Cordelia entre los brazos y no sabía qué podía haber llevado a ambos a aquella desdichadísima condición. Oía a Mila gritar que la llama es bella y se reconcomía por entender por qué D'Annunzio hacía que cocinaran a la parrilla a una protagonista de sentimientos tan elevados. Nunca entendió por qué Hamlet la tenía tomada con su tío, que parecía tan buena persona. Veía a Otelo hacer lo que hacía, y no conseguía explicarse por qué a una mujercita como aquélla había que ponerla debajo y no encima de la almohada.


   En fin, nos franqueamos mutuamente. Y descubrimos que nos esperaba una espléndida vejez. Sentados en los escalones de una casa de campo o en un banco de los jardines públicos, durante años estaremos contándonos, el uno los principios al otro, el otro los finales al uno, emitiendo gritos de estupor ante cualquier descubrimiento de precedente o catarsis.
   «¿De verdad? ¿Cómo dijo?».
   «Dijo: “¡Madre, quiero el sol!”».
   «Ah, bueno, entonces estaba desahuciado».
   «Sí, pero, ¿qué tenía?».
   Le susurraré algo al oído. «Dios mío, qué familia, ahora lo entiendo…».
   «Pero cuéntame de Edipo…».
   «No hay mucho que decir: su mamá se ahorca y él se quita la vista».
   «Pobre muchacho. Anda que también él: habían intentado hacérselo entender de todas las maneras».
   «La verdad es que tampoco yo me explico. ¿Por qué no entendía?».
   «Ponte en su lugar, cuando empieza la peste él ya es rey y marido feliz…».
   «Entonces cuando se casó con la madre, él no…».
   «No, no. Ése es el quid de la cuestión…».
   «Cosas de Freud. Si te lo contaran no lo creerías».


¿Seremos, entonces, más felices? ¿O habremos perdido la frescura de quien tiene el privilegio de vivir el arte como la vida, donde entramos cuando los juegos ya están hechos y de donde salimos sin saber dónde irán a parar los demás?


(1988)

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CÓMO EMPIEZA, CÓMO ACABA forma parte del «Segundo diario mínimo» de Umberto Eco.


DEBOLSILLO, Mayo 2014