El Salón del Prado de Madrid

EL SALÓN DEL PRADO, DE JOSÉ DE HERMOSILLA A VENTURA RODRÍGUEZ
Javier Alonso García-Pozuelo
Poco tiempo después de llegar a Madrid, ciudad que por aquel entonces tenía fama de ser la Corte más sucia de Europa, Carlos III puso en marcha un intenso programa de reformas urbanísticas que dio lugar a que la capital de España experimentara en los menos de treinta años que duró su reinado (1759-1788) un extraordinario cambio. Un cambio urbano y arquitectónico, pero también un cambio en los hábitos y costumbres heredados de la España de los Austria. En 1761, apenas dos años después de subir al trono, estaban listas las «Instrucciones para la reglamentación de la limpieza y empedrado de la Villa» de Francisco Sabatini. Su puesta en marcha contribuyó a mejorar notablemente la imagen de la ciudad. Tras los progresos en materia de saneamiento y pavimentado, se acometió la numeración de casas y manzanas y la iluminación de las calles. Al tiempo que se ponía en marcha este programa de mejora de la salubridad de la Villa y Corte, se promovió la construcción de una serie de edificios públicos y se inició un plan de embellecimiento de los accesos a la ciudad sustitución de los viejos portillos por puertas monumentales y de los caminos que conducían de la Corte a los Reales Sitios.

Fue en 1767
un año después del motín de Esquilache cuando se puso en marcha  el programa de ordenación del perímetro urbano, dentro del cual la reforma del Paseo del Prado fue el proyecto más ambicioso. Promovido por el Conde de Aranda, presidente del Consejo de Castilla, y con el propósito, entre otros, de recuperar la confianza del alborotado pueblo madrileño y de paliar, en parte, el importante desempleo sobrevenido tras finalizarse las obras del Palacio Real (1764), se decidió llevar a cabo la reforma de uno de los lugares de recreo favoritos desde el siglo XVII, la zona de Madrid que servía de transición entre la ciudad y el Real Sitio del Buen Retiro. La idea era abrir, en los aledaños del casco urbano, un espacio verde que, rompiendo con la tradición elitista del pasado, sirviese de esparcimiento para todos los vecinos de la Corte, no sólo para la realeza y la nobleza. Precisamente fue en 1767 cuando Carlos III inició la costumbre de abrir al público parte de los jardines de los Reales Sitios, permitiendo que se visitase el Buen Retiro, aunque, en un principio, esta visita sólo pudiese hacerse bajo unas condiciones de acceso muy estrictas.
 

El trazado general de esta reforma urbanística corrió a cargo del ingeniero militar José de Hermosilla (Llerena, Badajoz, 1715 - Madrid, 1776) y abarcaba una extensa zona de arboledas, jardines y grupos escultóricos, que funcionarían asimismo como fuentes públicas, entre la puerta de Recoletos y la puerta de Atocha.

José de Hermosilla y Sandoval

En la primavera de 1767 –empleando como mano de obra a muchos de los detenidos en el motín de las capas y los sombreros
se iniciaron las primeras actuaciones del plan de reforma entre las hoy llamadas Plaza de Cibeles y de Neptuno. Este tramo del Prado, que pronto pasó a llamarse Salón del Prado, fue proyectado por Hermosilla (posiblemente inspirado en la Piazza Navona de Roma) como un espacio circoagonal, cerrado en sus extremos por dos semicírculos y embellecido por varias fuentes y estatuas inspiradas en motivos mitológicos.

Plano del Salón del Prado
Detalle del proyecto de José de Hermosilla
(Biblioteca Nacional de España)

En 1775 Hermosilla hubo de trasladarse a Leganés para intervenir en las obras del cuartel de guardias walonas y las obras del Salón del Prado quedaron bajo la dirección de Ventura Rodríguez quien, pese a haber sido desplazado en buena medida de la órbita de la Corte tras la llegada a Madrid de Francisco Sabatini, seguía siendo un arquitecto de enorme
prestigio.

Ventura Rodríguez
- Francisco de Goya (1784) -

El diseño de las fuentes y demás elementos decorativos del Salón del Prado fue encomendado a Ventura Rodríguezel cual sería a la postre quien, entre 1775 y 1783, definió el proyecto definitivo de la reforma del Salón del Prado– y la talla se encomendó a los más reconocidos escultores del momento. De Ventura Rodríguez, que se había visto desplazado de las obras del Palacio Real, es el diseño de tres de los monumentos más emblemáticos de Madrid: las fuentes de Cibeles, Apolo y Néptuno.

El Paseo del Prado y el Paseo de Recoletos
desde la Fuente de las Cuatro Estaciones
- Antonio González Velázquez -
(1790)

Más allá del extremo meridional del Salón del Prado, en las cercanías de la puerta de Atocha, se proyectó erigir un enclave científico, perfecto exponente del espíritu ilustrado, como complemento al embellecimiento ornamental llevado a cabo entre las calles de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Formaban parte de este grupo de soberbios edificios con fines científicos el Jardín Botánico, el Observatorio Astronómico y el edificio destinado a alojar el Gabinete de Historia Natural y que, a la postre, se convertiría en Museo de Pinturas, hoy conocido como Museo del Prado.

Museo del Prado
- José María Méndez -


En el dibujo de Antonio González Velázquez (Madrid, 1723 - Madrid, 1794) que os ofrecemos arriba, se aprecia en primer término, la fuente de Apolo, después la de Cibeles -con el palacio de Buenavista tras ella- y a continuación el paseo de Recoletos. La fuente de Neptuno quedaría a espaldas del espectador.

En el grabado de 1835 que os ofrecemos debajo el punto de vista es el contrario: en el primer término está la fuente de Cibeles, en su ubicación original, es decir, mirando hacia el sur, no hacia la calle de Alcalá como en la actualidad.

EL SALÓN DEL PRADO DECIMONÓNICO
Javier Alonso García-Pozuelo
Merced a la reforma dieciochesca del Salón del Prado esta zona de Madrid se convirtió en el centro neurálgico de la vida social matritense y, a lo largo del siglo XIX, se dieron cita en él todas las clases sociales. Mañana, tarde y noche los vecinos de la Villa y Corte invadían el Salón del Prado. La señorona burguesa a diario y la doncella de servir en su día libre. O en su tarde libre. El afortunado diputado del partido en el poder y el cesante caído en desgracia por razones políticas. El general laureado y el pobre recluta que no podía pagarse un seguro de quintas con el que eximirse del servicio militar. Madrileños de todas las clases sociales aunque el pueblo llano siempre se encontró más a sus anchas en la ribera del Manzanares disfrutaron de lo que Mesonero Romanos llamó la primera tertulia de Madrid.

Fuente de Cibeles y Salón del Prado
(Grabado coloreado de 1835)


Aquel segmento del Paseo del Prado entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo fue, junto con la emblemática Puerta del Sol, uno de los lugares más concurridos del Madrid decimonónico y, encaramados en un elegante tilbury, a lomos de un soberbio caballo andaluz o un ratito a pie y otro sentado en uno de sus numerosos bancos de piedra, eran miles los madrileños que, sobre todo en el estío, iban a disfrutar, al caer la tarde, del arbolado paseo, a solazarse en la verbena de San Juan o a saturarlo de bromas, máscaras y disfraces al llegar los Carnavales.

El carnaval en el Salón del Prado, figuras y figurones
- Ángel Andrade -
(1896)