«Aquel otoño del doctor Bovary», microrrelato de Horacio Vázquez-Rial

Gustave Flaubert fue un escritor francés nacido en Ruan, Alta Normandía, el 12 de diciembre de 1821. Falleció en Croisset, Baja Normandía, el 8 de mayo de 1880.  

Su novela «Madame Bovary», una de las cumbres de la narrativa decimonónica, es una obra crucial para el realismo francés e influyó en numerosos escritores posteriores. Esta novela –publicada por entregas en «La Revue de Paris» en el otoño de 1856– retrata con crudeza las costumbres de la burguesía francesa, incluyendo el adulterio, motivo por el cual su autor fue llevado ante los tribunales acusado de un delito contra la moral pública y la religión.


La obra de Flaubert, escasa si la comparamos con la de alguno de sus prolíficos coetáneos, destaca por su incansable búsqueda de la perfección formal –(«le mot juste», «la palabra exacta»)– y por una rigurosísima documentación de los temas sobre los que trataba.
 

Además de la novela citada, entre sus obras, cabe destacar las novelas «Memorias de un loco» (1838), «Salambó» (1862), «La educación sentimental» (1869), tres relatos breves publicados con el título de «Tres cuentos» (1877), y dos trabajos editados póstumamente, la inacabada novela «Bouvard y Pécuchet» (1881) y el «Diccionario de lugares comunes» (1913).


AQUEL OTOÑO DEL DOCTOR BOVARY
Horacio Vázquez-Rial
   No es abril el mes más cruel. Es octubre. La existencia se agazapa como antes lo ha hecho la nada. Hay un pacto entre ellas, se turnan, se justifican mutuamente, pero no establecen pacto alguno con los hombres, que pueden morir en medio de la vida más espléndida o en el momento más triste de la ciudad. Mamá empezó a irse en octubre, aunque no se despidió hasta enero, cuando la miseria es más dura.
   A Jeanne la enterramos en otoño. El doctor Bovary no era un gran médico. No voy a negar su buena voluntad, aunque hubiese preferido que la atendiese otro. Pero Jeanne siempre había querido que fuese él, ese hombre solitario del que, con el tiempo y por esos misterios de la comunicación, supimos que había vivido una tragedia con su mujer, que se quitó la vida. Tal vez Jeanne abrigase alguna esperanza de recobrar la salud a su lado y ocupar su existencia. Hasta hacerse cargo de la niña, la pequeña Berta, a la que su padre cuidaba como buenamente podía.
   Y algo debía de sentir Charles Bovary por Jeanne, porque veló toda la noche en la casa y después fue con nosotras al cementerio y lloró desconsoladamente. Quizá por ella, quizá por su propio fracaso como médico, quizá porque él también hubiese imaginado una madre para Berta. El corazón de los hombres no siempre es transparente. El de Bovary no lo era. Supongo que lo oscurecía el dolor.
   Cuando dejamos a Jeanne en la tierra, él se marchó con su hija en un carruaje y nosotras elegimos regresar andando. Vinimos bordeando el bosque, por el paseo exterior. Aunque parezca insólito, nuestro grupo de mujeres de luto caminando en el anochecer no llamaba la atención. Había mucha gente y toda parecía tristísima, un tanto fantasmal a la luz pobre de las farolas de gas en la niebla.
   Me asombra que hayan pasado casi veinte años de aquello. Ayer encontré en la calle a Berta Bovary, toda una mujer. Desde luego, me reconoció ella. Su padre murió hace tiempo, ella se ha casado con un hombre de Barcelona y piensan marchar a América, al sur, donde en octubre es primavera.

Horacio Vázquez-Rial fue un escritor, periodista e historiador hispanoargentino. Nació en Buenos Aires, el 20 de marzo de 1947 y falleció en Madrid, el 6 de septiembre de 2012. Este microrrelato está incluido en «Microantología del Microrrelato II» de Ediciones Irreverentes.


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