Cervantes en la microficción, varios microrrelatos

LA MANO
David Lagmanovich
No la había perdido, pero le había quedado inútil como una flor tronchada. El soldado la miró con lástima y se preguntó qué podría hacer ahora con ella. Luchar contra los infieles ya no, pues necesitaba la fuerza de las dos manos. Necesitaba buscar otro camino y encontrar una fortaleza nueva, se dijo. Pensó entonces en escribir un libro y entrevió que eso podría otorgarle alguna nombradía. ¿Conseguiría el favor del Duque de Béjar? ¿Protegería este alto señor al desconocido soldado Miguel de Cervantes? Nada se perdía con probar.

Monumento a Miguel de Cervantes
(Madrid)

CERVANTES
José de la Colina
En sueños, su mano tullida escribía «El Antiquijote».

DOBLE PERSONALIDAD
Lilian Elphick
–Dime Sancho, ¿quién es Don Miguel de Cervantes y Saavedra?
–El autor de vuestras aventuras, mi señor.
–¡El autor de mis aventuras soy yo! ¡Dónde está ese hombre para acusarlo!
–En la cárcel, mi buen señor.
–¿Qué? ¿Ya ha sido condenado por plagio?
–No, mi señor.
–Entonces, ¿por qué? ¡Vamos, habla hombre, que no tengo todo el día!
–Pues, por falsificación de identidad. Dice ser don Quijote de la Mancha.
–Qué confusión me has creado, Sancho. Te prohíbo que hables más del tema.
–Sí, don Miguel
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Cervantes preso, imaginando el Quijote
- Mariano de la Roca -

DE CÓMO UNA VACA PINTA OCUPA LA CÁTEDRA DE LITERATURA ESPAÑOLA EN LA UNIVERSIDAD
Raúl Renán
Un vaquero del rancho “Quijano”, encargado de darle pienso al ganado (llenar los bebederos de agua y los comederos de granos y paja) dejó un día, precisamente sobre los forrajes que acababa de servir, su ejemplar de Don Quijote que leía y releía en sus cortos ocios y regresó a la casa del rancho sin reparar en el olvido. En el corral la vaca pinta, engullendo la pastura, mordió las hojas del libro y en el bolo alimenticio se mezcló el genio de Cervantes. A la vaca le supo tan bien que no cesó de rumiarlo horas y horas. Con tanta lectura tragada y digerida, es natural que la vaca pinta participara, a poco, en la oposición para ocupar la cátedra de literatura española que ahora sustenta.

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
Leonardo Dolengiewich
El editor quedó fascinado con la novela pero, como condición para publicarla, le exigió a la autora usar un pseudónimo masculino, argumentando que los lectores no se interesarían por un libro escrito por una mujer. Dulcinea del Toboso, entonces, firmó el libro con el primer nombre que se le ocurrió.

Dulcinea del Toboso
Grabado de Blanco y Negro (1898)

Soñó el viejo Carrizales que, después de mucho buscar a su esposa por la casa, la encontraba en los brazos de un gallardo y vicioso mancebo.
   Despertó angustiado, tentó la cama y confirmó que el juvenil cuerpo de Leonora estaba a su lado.
   Algo, no obstante, le hizo saltar del lecho nupcial, prender un candil y acercarse de nuevo hasta la cama, donde una sonrisa de felicidad nunca antes vista en el rostro de su esposa, bastó para que «El Celoso Extremeño» se convenciese de que allí había gato encerrado
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