«Dos mujeres y un callejón», relato de Sergio Rodríguez Rodríguez

DOS MUJERES Y UN CALLEJÓN
Sergio Rodríguez
Hay personas que pasan a la memoria de otras por actos nimios, pequeños, de cuyo alcance ni siquiera ellas mismas, posiblemente, sean conscientes. Por ejemplo, doña Lucita inculcó al que esto escribe algo... No sé si decir «el amor a la literatura», porque quizá suene demasiado pedante, pero sí algo que ha permanecido, desde el sarampión y la tos ferina de entonces hasta las canas y los otros males de ahora.
 

El caso es que ella bajaba cada noche a contarle a los niños del piso de abajo, Julita y Sergito, episodios de la Biblia. Y lo hacía como si fuera un cuento que ella se encargaba de dejar interrumpido, en suspenso, para continuar al día siguiente en el punto culminante de la acción. (Se me ocurre que podrían haber aprendido de ella algunos guionistas de hoy en día, y no resultarían tan previsibles).
 

Los niños se quedaban con la atención puesta en la historia. Putifar, Moisés, Herodes, Judith, Esther... Eran nombre sonoros que se quedaban impregnando los sueños de aquellas dos mentes aprendices.
 

Doña Lucita, doña M.ª Luz Pérez Jares, maestra jubilada, vivía en el piso superior del edificio de la actual farmacia de la plaza, la de la antigua doña Rosita. Debajo estaba la sastrería. Y había un rótulo negro con orlas blancas que decía: «Sastrería y Pañería Sergio Rodríguez». Es decir, además de sastre artesano, con buenas manos, allí había buen paño, porque sin buen paño no hay buen traje. Enfrente había otro rótulo que ponía: «Barbería Higiénica Sergio Sánchez». Porque ya me dirán qué sentido tiene una barbería que no sea higiénica. Y es que los rótulos de entonces tenían todos su propia historia. En Madrid, en una sombrerería, había uno con muy mala baba que rezaba: «Los rojos no llevan sombrero».
 

Pero no nos vayamos por las ramas. Aunque, a propósito de ramas..., también había ramas bien tupidas por allí, cuando en la plaza había acacias con nidos de gorrión (o pardal). En fin. Cortaron las acacias, llenaron la plaza de cemento y los gorriones se fueron a otra parte. También había muchas golondrinas, que se juntaban en la fachada de «Teolindo García Ferretería» antes de emigrar. La primera vez me dio pena que se fueran. Fue antes de leer a Bécquer y no sabía que volverían sus nidos a colgar.
 

Desde la galería de doña Lucita se podían ver todos los movimientos que se producían en la plaza. Y allí, todas las tardes invitaba a subir a leer el periódico La Región a Sergito, es decir, a un servidor, al que le daba un poco de vértigo asomarse a aquella visión en panorámica desde tan arriba, como en la cabina enorme de un avión supersónico de altos vuelos. Y también, ahora que lo pienso, me iba alimentando la curiosidad a través de las páginas de aquel periódico de provincias, que traía fotos y noticias de lugares de todo el mundo, y que el cartero dejaba depositado en las escaleras de madera. Por cierto, unas escaleras muy frecuentadas: alumnas de doña Lucita, su hermano don Antonio, también maestro, sus primas, las Hermanas de María (la Virgen)..., visitas en general. Vamos, que si Buero Vallejo las hubiera conocido posiblemente hubiera escrito una segunda parte de Historia de una escalera o Historias de otra escalera.
 

Un día bajaba aquellos históricos peldaños un personaje al que también muchos recordarán por aquello de la memoria personal y la memoria colectiva: el conocido por su apodo de Carracha. Y a aquel niño inocente, un servidor, no se le ocurrió otra cosa que decirle: «Buenos días, señor Carracha». A saber qué mecanismo mental se le activó a aquel pobre hombre para no ofenderse, porque si le llamaban así, por su apodo, era capaz de transformar su metro y medio de insignificante constitución física en un arma de destrucción masiva. En una ocasión dicen que se lió a morderle las orejas a su burro en un ataque de ira.
 

Lo que hizo que reaccionara con ternura y le dijese al niño con dulzura: «Non, meniño, eu non me chamo Carracha, chámome José» seguramente fue la inocencia del crío, sin ninguna maldad, o quizá el tratamiento de «señor», que vanidosos somos todos (y aquí ya está entrando la interpretación del periodista malévolo y menos inocente de ahora).
 

En fin, no nos vayamos por las ramas. O por las escaleras..., las viejas escaleras de madera, que sonaban como un instrumento de percusión según quién las recorriera. Y que eran traducción directa del estilo de andar o del estado de ánimo del transeúnte: en modo allegro, lento, moderato, vivace, prestissimo... Por ejemplo, don Antonio, el hermano de doña Lucita, las subía en modo adagio. Pausado y lento. Pero, tras discutir con su hermana (cosa bastante frecuente), las recorría como el final de una sinfonía acelerada llena de bombos, timbales e incluso algún gong estridente. Y ella repetía una expresión única para definir su estado: «¡Estoy destartaladaaaa!». Así decía que se quedaba después de la discusión, «destartalada». Era el aria final de aquella ópera expresionista que se añadía a la expresividad natural de los escalones.
 

Las mismas escaleras que un servidor, en la modalidad de aprendiz de hombre, subía cuando lo llamaba la vieja maestra todas las tardes para leer el periódico. Y era un poco como si pasara lista. Quizá una deformación pedagógica que a estas alturas debo agradecerle, sin duda. Quizá con tanta lectura de periódico al niño aquel le dio luego por hacerse periodista en Madrid, aunque tanto da serlo aquí o en Madrid: las puñaladas las dan igual en todas partes, ahora e incluso antes de la famosa globalización.
 

El periódico, la lectura, la literatura... Cuando al que esto escribe le preguntan cuál es su libro preferido, o su música preferida, puede tener sus dudas. Pero cuando le preguntan cuál es su cuento preferido siempre responde sin asomo de duda: «El príncipe feliz, de Oscar Wilde». Ahora mismo no me cuadra que entre los gustos literarios de doña Lucita estuviera don Óscar, tan libertino y provocador. Pero sí fue uno de los libros que le dio a conocer a aquel Sergito inocente y sensible que ya no quiso saber de Alicias ni Peter Panes ni demás tonterías. Porque aquel cuento contenía toda la belleza y toda la tristeza del mundo: la belleza siempre encierra un componente de tristeza, por su carácter inalcanzable, por su permanente e inevitable relación con la fugacidad de la vida.
 

Aquel edificio estaba (y sigue estando) separado del siguiente, según se va hacia la travesía, por el callejón cuya titularidad y derechos de paso tantos problemas y encontronazos dio (y ha seguido dando), pues era privado y no del Ayuntamiento. Allí vivía antaño Tina, una mujer solitaria y de aspecto débil, aquejada de recurrentes accesos de locura. Le daba por encerrarse en casa a temporadas. Mi madre le hacía muchas veces la compra de la siguiente forma: Tina le deslizaba una bolsa o capazo atado a una cuerda desde una de las ventanas y mi madre se la devolvía llena de viandas. Hasta la última vez que se encerró y no volvió a dar señales de vida... Pasaron días y más días. Y finalmente, la encontraron muerta.
 

Doña Lucita contaba que le había dado un beso en la frente, que ya comenzaba a descomponerse como una fruta pasada, como los plátanos ennegrecidos sobre la mesita de noche.
 

Aquel día, creo que mi padre, para evitar que nosotros viéramos el espectáculo macabro del derribo de la puerta y el levantamiento del cadáver por orden judicial, nos llevó a Portugal, a Chaves, a donde todos los años se organizaba una excursión el día de Todos los Santos, que entonces coincidió con todo aquello.
 

Tina, la pobre Tina, apareció muerta, tendida en el suelo de madera de una de las habitaciones. Pero en este caso la memoria debe ser prudente y no recordar en qué habitación, no vayamos a ahuyentarle la clientela al hotel donde antaño vivía ella, que aquí en Viana no tenemos un hotel siniestro como el de la película Psicosis, ni falta que nos hace.
 

Y no volvamos a irnos por las ramas, que las ramas siempre acaban entrelazándose y ocultándonos la visión del bosque. Y hay ramas muy traidoras, como las del guindo. Quizá de ahí venga la expresión «caerse de un guindo». Sin ir más lejos, un cura de la zona se cayó de un guindo y se quedó paralítico.
 

Y ahora sí nos vamos por las ramas, pero por las de un árbol muy especial. Un árbol que sigue en la memoria del que aquí divaga por sus recuerdos...
 

Unos días antes de morir, antes de encerrarse por última vez, Tina decidió cortar un árbol de considerables dimensiones que había crecido al fondo del callejón, junto a las escaleras de la terraza. Y lo taló con un hacha ella sola.
 

Así la vi yo un día cuando volvía a casa del colegio. Allí estaba ella, vestida de negro, con las mangas recogidas, un poco despeinada, con la mirada perdida tras las gafas, con su aspecto frágil en contradicción con el esfuerzo que acababa de hacer: derribar un gran árbol a golpe de hacha. (Decían que en sus ataques de locura, cuando la llevaban a la clínica mental, eran necesarios varios hombres para sujetarla.)
 

Me llamó:
 

—Sergito, veeen. Ven aquí...
 

Y allí iba yo, con mi caminar inocente, acercándome a una señora vestida de negro que decían que estaba loca, con un hacha en una mano y la otra metida en el bolsillo de su delantal. Yo no sentía miedo alguno, sino sorpresa, y cuando estuve a su altura, Tina me entregó unas monedas mientras me decía:
 

—Toma, vete a la librería de Pepucho y le pides dos estuches de pinturas y dos cuadernos. Pero que sean iguales, Sergito. I-GUA-LES.
 

Quiso remarcar que fueran «iguales». ¿Por qué..? La respuesta la tuve cuando regresé del recado.
 

—Muy bien. Pues ahora le das un cuaderno a Julita y unas pinturas, y tú te quedas con la otra caja y el otro cuaderno, ¿vale? Es uno para cada uno.
 

Quizá la buena de Tina me atusó el pelo por última vez o me hizo alguna carantoña. Pero yo estaba tan absorto en las pinturas y en los cuadernos, en aquel regalo inesperado, que no lo recuerdo.
 

Y años me ha llevado entender aquel último gesto de Tina. Porque realmente lo que estaba haciendo era despedirse. Un niño aún no podía entender el significado oculto de los regalos y de los símbolos. Pero no había duda de que Tina estaba despidiéndose de aquellos niños a los que quería. Antes de morir decidió despedirse haciendo un regalo y talando un árbol. Un árbol que, posiblemente, también había plantado.
 

No había dejado hijos. Y tampoco querría dejar un árbol. Creo que no quiso dejarle el árbol a nadie, pero sí un recuerdo a los niños, que crecían más deprisa que el árbol.
 

De modo que Tina y doña Lucita, dos mujeres solas, que murieron solas, de las cuales ya pocos se acordarán, sembraron para siempre en aquel niño, en esta persona que hoy escribe, recuerdos imborrables. Una me inculcó, de alguna manera, el amor a la lectura. Y la otra me hizo un regalo que nunca he olvidado.
 

Y es que algunas personas, aunque vivan solas, aunque mueran completamente solas, pueden dejar a otros recuerdos inolvidables.
 

Tina y doña Lucita... Eran dos mujeres viviendo junto a un callejón. El callejón de la memoria.

«Dos mujeres y un callejón» ha sido publicado en CITA EN LA GLORIETA por cortesía de su autor, el escritor y periodista Sergio Rodríguez.

es -además de un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, un buen amigo y un melómano empedernido- un periodista infatigable que ha trabajado para multitud de medios (Radio Cadena Española, Radio Nacional de España, Cadena Ser). Desde hace 21 años, trabaja en Onda Madrid-Telemadrid. Desde hace dos años, realiza un resumen diario en pareados libres del programa de la radio. En 1984 publicó la novela "Pasos", Finalista del Premio Sésamo de novela.