«Mañana, si Dios y el diablo quieren», novela de Julio César Cano

«MAÑANA, SI DIOS Y EL DIABLO QUIEREN». Sinopsis
La tranquila vida de la ciudad de Castellón se ve alterada por un macabro asesinato, el de un hombre cuyo cuerpo aparece brutalmente mutilado en un piso del centro. Para resolver el caso, el comisario Romerales pide ayuda al inspector Monfort, con quien ya colaboró en el pasado. Juntos reconstruirán la historia de la víctima, el director de una oficina de empleo con fama de mujeriego. El caso se complica cuando hallan un segundo cadáver que no parece tener relación alguna con el primero.


«MAÑANA, SI DIOS Y EL DIABLO QUIEREN». Fragmentos
[...] El inspector temió que en algún momento el coche tocara con su enorme panza en alguna de aquellas piedras que campaban sueltas en mitad del camino y dañara el cárter. Tuvo que detenerse en varias ocasiones para sortear las más grandes, que se desprendían de los muros por la acción del viento y la lluvia que había caído. Llevaba más de media hora subiendo por aquel endemoniado camino de piedras y barro hasta que, en una gran curva, una de las ruedas delanteras quedó clavada en el barro y pensó que hasta allí había llegado. Intentó sacar el coche del agujero, pero tras varios intentos observó que la rueda se hundía más y más en el fango. Salió del vehículo, miró al cielo, que ciertamente le había dado una tregua, y por una vez no perdió los nervios: encendió un cigarrillo y aspirando una fuerte calada divisó el camino por el que había subido. Dio varios pasos y se asomó a un claro del bosque desde el que se veía el albergue a lo lejos, como si fuera una casita de muñecas, con sus ventanas alineadas y la impoluta pintura blanca de las paredes. Regresó y se apoyó en el capó del coche. Pensó en las tres mujeres que nadie encontraba [...]

«Mañana, si Dios y el diablo quieren»
MAEVA EDICIONES, 2015, pág. 95-96

  –¿Dónde estás?
  –En casa.
  –Pues deja lo que estés haciendo y vete a buscar a Enrique Gálvez a la oficina de la calle Castelldefels. Dile que queremos hacerle unas preguntas rutinarias. No lo pongas nervioso, no lo asustes y tráelo lo más pronto que puedas.
  –A la orden, jefe –dijo Corral en tono burlón–. ¿No encuentra a su poli preferido? Quizá esté en algún bar ahogando las penas en whisky caro.
  Pero el comisario Romerales ya había cortado la comunicación, y Corral se quedó unos segundos con el teléfono en la mano antes de guardarlo de nuevo en el bolsillo.
  –¿Te vas? –le preguntó su mujer.
  –Sí, tengo trabajo, me han llamado, me necesitan, ya te dije que me han dado ese caso tan importante, confían en mí.
  –Tenemos que hablar –le pidió ella con tono de súplica.
  –Ya te he dicho que no creo que ahora sea el momento de tener más niños en casa.
 –Es lo que tú opinas, pero... y lo que pienso yo, y mi felicidad, ¿no te importa?
 –Tengo trabajo –contestó escuetamente Corral mientras salía por la puerta–. Luego lo hablamos.
  –¿Luego?
  –Sí, luego.
  –Siempre dices lo mismo.
  –También tú siempre dices lo mismo.
.


«Mañana, si Dios y el diablo quieren»
MAEVA EDICIONES, 2015, pág. 100-101

  Intentó ordenar su mente, controlar los movimientos de su raptor en la oscuridad. Debía crearse un horario pese al miedo y el dolor. La rutina era siempre la misma. Si los golpes que le propinaba no eran tan terribles como para que se desmayara, la desataba y le dejaba hacer sus necesidades en un cubo; a continuación le permitía lavarse con el agua que había en una palangana. Después le daba agua de una botella de plástico y un trozo de pan gomoso con algo dentro parecido a la mortadela. Todo a oscuras. Encendía una débil linterna que enfocaba hacia el suelo para que ella no reconociera nada y luego se apartaba del mortecino haz de luz para que no pudiera verlo en ningún momento. Seguía cubriéndose el rostro con el pasamontañas. La desataba y posteriormente la ataba contra la viga completamente a oscuras. Aquel monstruo conocía a la perfección el espacio y se movía sin tropezar con nada. Ella pensó que si tenía alguna oportunidad era únicamente en aquellos instantes
en que la desataba o la volvía a atar. Era entonces cuando lo tenía más cerca, cuando podía oler el cuero de su chaqueta.
  Antes de salir le dio un puntapié en el tobillo y el dolor le llegó a lo más profundo de sus terminaciones nerviosas.
  Se juró a sí misma que la próxima vez gritaría con todas sus fuerzas y haría lo posible por atacarlo de alguna forma: golpearle con algún objeto, morderle... Tenía que pensar cómo, de qué manera, pero lo haría. Sería su última oportunidad. Si fallaba no habría segunda vez. La mataría, de eso estaba segura.
  Más tarde, cuando le fue imposible relajarse y dormir un poco, no se permitió llorar como en las otras ocasiones. Su cabeza se puso en marcha. Empezó a tramar un plan, su plan, el único plan posible
.


«Mañana, si Dios y el diablo quieren»
MAEVA EDICIONES, 2015, pág. 151


Agradecemos a la editorial MAEVA que nos haya dado permiso para reproducir en CITA EN LA GLORIETA varios fragmentos de Mañana, si Dios y el diablo quieren, de Julio César Cano.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Mañana, si Dios y el diablo quieren es la segunda investigación del inspector Monfort, que sigue a la de Asesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.