El «Plinio» de Sierra Morena, por Alberto Pasamontes

EL «PLINIO» DE SIERRA MORENA
Alberto Pasamontes
Apenas ha consumido uno los primeros capítulos de «El misterio de la mano perdida» (Ed. Sinerrata, 2014), la primera novela de las dos que hasta ahora componen la serie del sargento de la Guardia Civil Carmelo Domínguez, no puede evitar acordarse de otro servidor de la ley patrio, querido y recordado, como es el jefe de la policía local de Tomelloso, Manuel González, alias «Plinio». Los paralelismos son evidentes. El entorno rural (Carmelo presta sus servicios en la imaginaria localidad de Santa Honorata), la España franquista, el carácter tranquilo e intuitivo del protagonista, incluso el contrapunto que constituyen Don Lotario y el número Benito Viedma, que también nos recuerda a otro secundario de lujo como es el doctor Watson, a quien incluso el autor hace un homenaje en «El alcornoque de los muertos» (Ed. Sinerrata, 2015), cuando el agente Viedma piensa por un momento en escribir algún libro que cuente las aventuras de su superior.

Uno de los fuertes de las novelas que nos ocupan son las descripciones. Los personajes están bien definidos y son claramente reconocibles, por lo que uno llega a la conclusión de que el autor, Fernando Roye, domina el arte de hacer llegar al lector las características de los personajes de forma  fluida, sin necesidad de forzarlo. También los escenarios aparecen ante nuestros ojos con sencillez y naturalidad, de modo que podemos formarnos una imagen nítida de Santa Honorata, lugar ficticio, como ya hemos comentado antes, que el propio autor confiesa basada en la localidad jienense de Santa Elena.

De la mano de estos personajes, Fernando Roye nos sumerge en ese entorno rural común a ambas series, el entorno asfixiante y de gran desigualdad social que era la España rural de los años cincuenta. Así, seremos testigos del servilismo de los más pobres para con las clases favorecidas; el alcalde, el cura, las fuerzas del orden, el que ha hecho fortuna con el estraperlo, la nobleza… un servilismo que les lleva incluso a cometer acciones en contra de su voluntad o a adjudicarse otras que no les corresponden. Para acentuar la inmersión en la época y lugar donde se desarrollan las tramas, tenemos también la Casa Cuartel de la que el sargento Domínguez es máximo responsable, una estupenda muestra a pequeña escala de la sociedad rural franquista, de la opresión, los miedos, envidias y recelos que, envueltos en miseria y calamidades, se cocinaban a fuego lento durante años entre vecinos que, en muchos casos, habían sufrido la guerra desde bandos opuestos, y que lógicamente acababan por reventar por algún sitio. Con estos y otros elementos, como ya he apuntado, Roye elabora una acertada crítica social partiendo de un costumbrismo que nos acerca los usos de la época.




Roye encuentra otra manera más de mostrarnos el atraso social y el déficit cultural que lastraba a la sociedad española sin que en momento alguno tenga uno la sensación de que esa crítica sea un pegote metido con calzador. Comparando de nuevo con «Plinio», si bien este contaba con el respeto y la admiración de sus vecinos por sus razonamientos en pos de la verdad, el sargento Carmelo Domínguez no tiene tanta suerte. Con un ojo negro y el otro azul, posee una mirada que fascina e inquieta a partes iguales a todo aquel que se encuentra con ella. Además, sus dotes deductivas asustan a todo aquel que no las comprende (es decir, prácticamente a todo bicho viviente), incluidos los demás guardias del puesto, casi tan faltos de cultura y de mundo como el resto de sus convecinos, que creen firmemente que el sargento tiene poderes sobrenaturales porque adivina cosas que nadie llega siquiera a intuir. Por estos motivos, Carmelo Domínguez se gana a pulso el apodo de «el sargento hechizado».

Aún no hemos hablado a estas alturas del estilo de Fernando Roye, que es ligero y sencillo (lo cual dice mucho de sus cualidades, ya que lograr una escritura de apariencia fácil, fresca, casi como si las frases hubiesen surgido así por generación espontánea, es bastante complicado de lograr), y no está exento de pequeños toques de humor, lo que hace que las novelas se lean con mucha facilidad. Sin embargo, a pesar de estas virtudes, Roye se mete en algunas (pocas) ocasiones en pequeños jardines de los que no acaba de salir con la gracia o la habilidad requeridas, quizás porque aún le queda por dominar alguno de los mecanismos de la narrativa. Nada excesivamente grave, de todos modos. Con el tiempo seguro que sabrá resolver mejor ese tipo de situaciones.



Casi me había olvidado de mencionar que las novelas de la serie del sargento hechizado pertenecen al género negro. Debemos decir en este sentido que las tramas están bien planteadas y que consiguen atrapar pronto el interés del lector, pero (siempre hay un «pero») algunas de las deducciones que realiza nuestro sargento, por muy listo e intuitivo que sea, me parecen cogidas por los pelos, como aquella en la que establece la personalidad del propietario de, precisamente, la mano que da nombre al primer título, comparando las rayas de dicha extremidad con las suyas o las de su familia. También he de decir que en algún momento he sentido que el narrador, y lo que es peor, el protagonista, sabían algo que a mí no me habían contado, lo que no debería ocurrir en una novela de este género.

¿Conclusión? Una buena serie, con un gran recorrido y mucho margen de exploración y mejora. Una lectura más que recomendable, a cuyas futuras entregas habrá que prestar atención
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© Alberto Pasamontes, julio de 2016.

Esta reseña ha sido expresamente escrita por Alberto Pasamontes para el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este texto en la Red que cite su fuente original.


Alberto Pasamontes (Madrid, 1970) estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, «Entre la lluvia», adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con «La muerte invisible», una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.