«El caño de ella», relato de Víctor Fernández Correas

Os ofrecedemos a continuación «El caño de ella», relato que publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


EL CAÑO DE ELLA
Víctor Fernández Correas
―Tenga "cuidao" de beber de ese caño. Beba mejor del otro.
―¿Por qué? —repliqué entre molesto y confuso.
―Ese caño es de ella y no le gusta que beban de él.
—¿De quién?
—Pues de quién va a ser, ¡de ella!
—Pero, ¿quién coño es ella? ¿Y por qué no puedo beber de este caño? —insistí señalándolo con el dedo.
—¡Pues porque es suyo y no le gusta!
―¿Sabe qué le digo? —repliqué ya bastante enfadado—. ¡Que no sé quién es esa mujer a la que se refiere, que tengo sed y que voy a beber del dichoso caño! ¡Habrase visto…!
—¡Pos usté verá…!
 
El diálogo fue así. Lo recuerdo como si fuera ayer y ya han pasado quince años de aquel suceso que nunca he contado… Hasta hoy. Y que comenzó de esa manera; un diálogo que puede parecer absurdo, visto con perspectiva. ¿Qué por qué ahora? Sinceramente, no lo sé. Ganas nunca me faltaron en su momento. Sin embargo, uno tenía su reputación, una imagen que cuidar. Posiblemente nadie me hubiera creído. Posiblemente, he dicho. Alguno o algunos, desde luego que sí, no tengo ninguna duda. Zumbados hay en todas partes. Otro que sale con estas cosas. Eso se hubiera dicho de mí, seguro. El prestigio, repito. Pero las cosas han cambiado y también mi universo particular. Además, los que conocen el incidente, aquellos a quienes se lo conté cuando todo ocurrió, me insisten en que tire hacia adelante, que me lance sin miedo a las habladurías. A estas alturas de la vida, me dicen. Pues eso.
 
Retomo la escena con la que he comenzado este relato. A pesar de las carcajadas que despertó el comentario entre los que acompañaban al que lo hizo —Era un anciano. Gastaba boina calada hasta los ojos y camisa remangada. En la comisura de los labios, un cigarrillo medio consumido. «Bonita manera de tratar a los visitantes», pensé mientras me disponía a saciar mi sed—, abandoné la mochila en el suelo y me agaché. Era una fuente de largo y estrecho pilón. Tres caños vertían agua en él. El del centro, el prohibido, según aquel hombre.
 
―¡Y dale! —volvió a la carga el tipo—. ¡Ese caño es de ella y no le gusta que beban de él!
―Y si tengo sed, ¿qué hago?
―Pues beba de los otros. Pero de ese, el del centro, no.
―¡Váyase usted a paseo!
 
No era el mejor comienzo para visitar una villa de la que tanto me habían hablado. Que lo era. Un pueblo precioso llamado Valverde. Medieval, de calles pinas, estrechas y empedradas, tenía bastantes ganas de conocerlo y recorrerlo; como hice con otros tantos de esa misma comarca cacereña llamada La Vera. El Empalao, su castillo y red de pasadizos secretos, el rollo en el que ajusticiaba a malhechores, bandidos y a todo aquel que se le antojada al señor de la villa… Un lugar especial, lleno de ritos, tradiciones, leyendas. ¡Ah! Perdóname, que no me he presentado. Juanjo Martín-Durango, periodista y escritor. Cincuenta años recién cumplidos, en plenas facultades mentales y físicas y con el suficiente prestigio, repito, para relatar el mencionado episodio sin miedo al qué dirán. Decenas de libros publicados, varios premios nacionales e internacionales me avalan, sin contar unas cuantas tribunas en medios de comunicación para ciscarme en la madre de quien se me antoje según el momento alguna, de cuando en cuando, me lo recrimina por carta. Bastante desgracia tiene ya con el hijo que le ha tocado en suerte, respondo— y una cuenta corriente saneada. Tanto que, si quisiera, podría tirarme el resto de la vida tocándome la barriga, sin más, y siendo cortés. Comprenderás, entonces, que me haya decidido a contar lo que me ocurrió aquella noche de hace quince años.
 
Recuerdo que bebí otra vez del ya famoso caño antes de abandonar la plaza. Y el paisano, erre que erre:
—Luego no me venga con que no se lo advertí. ¡Ella se va a enfadar! ¡Y mucho!
—¡Adiós muy buenas!
 
Y tal cual, me largué de allí, harto de la pesadez del lugareño, de su mirada inquisidora y de la aquiescencia de sus compañeros, solícitos en su ayuda a la hora de lanzarme todo tipo de mofas e improperios. El pueblo merecía el paseo que tanto deseaba. Una ruta de una semana por villas tan impresionantes como la que ahora recorría, unidas por una estrecha carretera compuesta de nudos. Buscaba inspiración para escribir una novela. Hasta esa fecha ya había publicado dos y con notable éxito, dicho sea de paso. Giras de promoción, presentaciones en ciudades, ferias del libro por doquier… Y el pensamiento, cada vez más firme, de mandar a escalfar cebollinos al director del despacho de abogados en el que trabajaba —lo que acabó ocurriendo— de sol a sol y sin exagerar.
 
Decidí alargar la estancia en Valverde de la Vera cenando en una pequeña taberna que otros lugareños, más joviales y agradables que los ancianos ya mencionados, me recomendaron sin pestañear. Buena comida de la zona y a buen precio. Salí de nuevo a la calle decidido a regresar al coche, que aparqué en las afueras, para tomar el camino de la habitación que tenía alquilada dos pueblos más allá. Pero la iluminación, que bañaba las calles de una calma casi sepulcral, la suave brisa que bajaba desde la sierra… Aquello era un pecado imposible de cometer, y estaba convencido de que algo se me ocurriría con el paseo. La inspiración, que te visita cuando menos te lo esperas. Y el silencio... El eco de mis pisadas reverberaba en las paredes, así como el canto del agua de la fuente. Porque, sin quererlo, me topé de nuevo con ella, ahora sin paisanos que me reprendieran por beber del caño que quisiera. Un último trago. Para despejar la garganta del suave picor del pimentón, que dio a la carne que me metí para el cuerpo un toque jugoso. El agua calmó el picor y bebí más de lo que quería. Hasta que volví a escuchar la dichosa frase:
―¿Acaso no le han advertido que de ese caño no se puede beber?
«¡Hay que joderse! —maldije—. Lo de este pueblo y su fijación por el dichoso caño».
Me di la vuelta, ciertamente cansado.
―¿De quién cojones es este caño para que no pueda beber uno de él?
―Mío.
 
Y me quedé parado. ¿Por culpa de la voz o por ella? Porque si la primera era sensual, dulce, ella… Una mujer de mediana edad que lucía una melena de color ceniza. Y unos ojos verdes, intensos y penetrantes. «El caño es mío», me repitió con suavidad, mientras llenaba el cántaro que trajo consigo.
—Sólo mío. Si quieres beber, tendrás que hacerlo del cántaro o de los otros caños. Pero de ese, no. Es mío.
 
Cántaro que me ofreció y del que bebí. Al segundo trago me lo retiró, y en su lugar me ofreció la boca, de la que bebí tanto o más que del cántaro. Volví a morder sus labios correspondiendo a la invitación y al instante me tendió una mano para conducirme hasta su casa, donde la noche tardó lo que el amanecer en llegar.
 
Al despertar me encontré en el coche, sin entender cómo narices había llegado hasta allí cuando unas pocas horas antes me encontraba en una cama dejándome las entrañas en el cuerpo de la muchacha más bella que jamás vi en toda mi vida. La garganta me picaba, por lo que salí del coche y busqué un bar para tomar un café y borrar tan amarga sensación. En lugar de eso, me topé con la fuente. Y sentado donde lo dejé el día anterior, el grupo de ancianos. Sólo reparó en mí el que entonces me dirigió la palabra. Sonrío asintiendo levemente con la cabeza, como si supiera todo; como si no fuera el primero ni el último. Me detuve antes de ingerir la primera gota de agua; la izquierda la tenía apoyada en un caño mientras que con la derecha buscaba la sujeción del suelo. El caño. El de ella. El de esa muchacha que me regaló instantes que sólo recordaba vagamente. Y escuché de nuevo su voz, o quizá fueran los lugareños. A saber. ¿Y si volvía a beber del caño?, cavilé. ¿Me encontraría nuevamente con ella? Decidí cambiar de caño y el picor desapareció de mi boca como de mis pensamientos el recuerdo de todo lo ocurrido. Como si nada del día anterior hubiera existido. Ni tampoco los lugareños. La plaza estaba vacía. Sólo escuché el tañido de unas campanas. Las diez de la mañana. Sol y soledad.
A raíz de aquella experiencia y tras la semana de ruta por la comarca cacereña de La Vera, escribí una novela, La agonía del calor, que resultó ser un éxito mayor que las anteriores. La historia de un hombre que gastaba su vida recorriendo el mundo en busca de una mujer que conoció en sueños. Como ella, la del caño, que de cuando en cuando todavía me visita, traviesa. Sé, porque me lo dice cuando se le antoja, que no quiere que me olvide de ella, ni tampoco de aquella noche. Que, quince años después, juro que ocurrió tal y como te acabo de contar. De verdad. Por mi prestigio, vamos. Que es mucho. 


© Víctor Fernández Correas


Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».




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