«Oficios perdidos de Extremadura», de Francisco Rodríguez Criado

Os ofrecemos a continuación un fragmento de Oficios perdidos de Extremadura, el cual publicamos por cortesía de su autor, el escritor extremeño Francisco Rodríguez Criado.

En Oficios perdidos de Extremadura, publicado por la Editora Regional de Extremadura, se narra las vivencias de un afamado cocinero (innominado en la novela) que, aprovechando sus vacaciones de verano, se marcha al norte de Extremadura. El hombre sufre una crisis existencial y allí, en compañía de su cámara fotográfica y de su libro de sentencias de Séneca, intenta encontrarle un sentido a la vida. Está cansado de las servidumbres del éxito profesional. Descubre entonces a los artesanos, a quienes admira por su sencillez y por su renuncia a la competición. Le gustaría ser como ellos, salir de la vorágine de la gran ciudad, disfrutar del campo y del silencio... y hasta ahí os podemos contar.

OFICIOS PERDIDOS DE EXTREMADURA
Francisco Rodríguez Criado
Villanueva de la Sierra, en Cáceres, es para mí un territorio completamente desconocido. Ni siquiera había oído hablar de él hasta que Fina lo puso en el mapa de nuestra odisea. Es ella quien me detalla las características de este pueblo, que pertenece a la comarca de Sierra de Gata y linda con Las Hurdes.
 

–Es uno de esos pueblos con una población escasa, y con una media de edad bastante alta –me explica Fina mientras nos acercamos a nuestro destino–. La mayoría de sus casi seiscientos habitantes son mayores de cuarenta y cinco años. Ahí va este dato que he leído en Internet: no hay ningún niño en el pueblo menor de cinco años.
–Me hago una idea.
–Está situado en la falda del monte “Sierra de Dios Padre”. De ahí su nombre. Supongo que en el pasado tuvo que tener cierta importancia. Aparte de la iglesia, construida en el siglo XVI, tuvo cinco ermitas, pero ya no queda ninguna.
–¿Y tú por qué sabes tanto?
–Investigo. Ayer, después de contactar con Daniel, busqué información en la Red. Mientras unos duermen, otros nos documentamos –dice.
–¿Y vas a documentarte sobre todos los pueblos que visitemos?
–Sí. ¿Te importa?
–No, claro. No es que me importe. Pero déjame recordarte que estás de vacaciones.
–Eso es precisamente lo que quiero olvidar: que estoy de vacaciones. Necesito tener la mente ocupada.
 

Voy a alegar algo –últimamente la cosa funciona así: Fina comenta algo y yo alego– cuando la veo alzar la mano para que me calle. Acabamos de entrar en el pueblo. Fina detiene el coche junto a una señora y baja la ventanilla.
 

–Disculpe, estoy buscando la casa de Daniel, un artesano que hace candiles.
 

La buena mujer, después de echarle una ojeada a nuestro vehículo, nos explica que está justo frente a nosotros.
 

–Aparquen aquí mismo. Es aquella casa.
–Muchas gracias.
 

Daniel vive en la misma carretera de acceso al pueblo, en una curva, muy cerca de la piscina municipal.
 

La suya es una casa baja, tradicional, que me recuerda a las de mi infancia.
 

Mientras nos dirigimos hacia ella, pienso en la comodidad que supone poder aparcar a la primera. Nada de tráfico, nada de aparcacoches, nada de tickets, nada de multas. La ventaja de vivir en un lugar tan poco saturado es que los “nadas” se convierten en virtudes.
 

El timbre es vibrante, limpio, probable anticipo de lo que será la vivienda.
 

Daniel no se hace esperar. Abre la puerta radiante de espíritu, sonriente.
 

–Pasad, pasad –nos dice.
–Perdón por el retraso.
–¿Qué retraso? Estáis vivos, ¿no? –dice sonriendo, y yo le guiño un ojo a Fina en señal de triunfo. 
 

Daniel es un hombre entrañable, y se percibe enseguida. Es delgado, de mediana estatura tirando a bajito, lleva gafas y viste un pantalón de tergal y una camisa de manga corta a rayas. Lo que más me llama la atención de él es su jovialidad. Y su espontaneidad. Aunque no nos conoce de nada, nos acoge en su casa con candor, con alegría.
 

Lo primero que hace nuestro anfitrión es guiarnos por un largo pasillo hasta el comedor, una estancia reducida que conecta con la cocina. En las paredes hay estampas de santos y en una mesita están estratégicamente expuestas las fotos de la familia.
 

Daniel nos invita a sentarnos y nos habla de su mujer, en estos momentos ausente porque ha perdido –creo entender– un rosario, al que tiene mucho cariño.
 

–Menudo disgusto tiene…
 

Fina es la que lleva el peso de la conversación. Me alegro: esa circunstancia me permite ir tomando notas.
 

–¿Y trabaja usted en casa?
–No, no. Para eso debemos ir un poco más allá. Pero está muy cerca. ¿Vamos ya?
–Por nosotros, estupendo.
 

Subimos por el coche y, guiados por Daniel, nos dirigimos a una calle cercana y, por así decirlo, huérfana que da un terreno de campo vallado. Apenas hay cuatro o cinco viviendas; la primera de ellas es el taller de Daniel. La vecina, una mujer joven, está sentada en una silla junto a la puerta de su vivienda, jugando con un gatito.
 

Confieso que no me esperaba así el taller de Daniel. Es un cobertizo en bruto, bastante pequeño, que se encuentra a unos cuarenta o cincuenta centímetros por debajo del nivel de la calle. Por motivos que desconozco, hay ocho clavos en el frontal de la puerta. Creo que no exagero demasiado si digo que se trata de una cueva. Las paredes, el suelo, todo es de piedra, al igual que su fachada. El encanto del lugar está precisamente en su rusticidad.
 

–¿Qué os parece mi parcela? –pregunta Daniel.
–Increíble.
–Pues aquí me veis. No tiene muchas comodidades, pero se trabaja muy bien.
–Pero no tiene usted aquí luz eléctrica, ¿verdad?
–No. Tengo que venir de día.
 

Daniel se sienta en la silla de anea y, sin que se lo pidamos, empieza a trabajar. Frente a él tiene dos barras finas de hierro, clavadas al suelo, que le sirven para apoyar los candiles, donde los moldea a placer.
 

Fina le va haciendo preguntas, cuyas respuestas intento retener mentalmente al tiempo que tomo algunas fotografías con la ayuda de un flash de mano anclado a un pie. Observo por el visor las fotografías recién tomadas y descubro que la luz de las imágenes, en contra de lo que cabría esperar, es acogedora.
 

–¿Y lleva usted mucho tiempo haciendo candiles?
–Pues prácticamente toda la vida. Aunque a decir verdad aún soy joven: solo tengo ochenta años y medio –bromea.
–¿En serio? –pregunta Fina–. No los aparenta.
–Ni por asomo –confirmo–. Está usted más sano que yo.
–Es la vida que llevo, que es muy sana.
 

Estas palabras de Daniel vienen a reforzar mi teoría sobre las ventajas del mundo rural frente a la gran ciudad.
 

Los tres nos mantenemos en nuestros papeles: Fina recaba información sobre el proceso de hacer los candiles, Daniel trabaja al tiempo que derrocha datos y buen humor y yo prosigo con mi tarea de fotógrafo.
 

Daniel no solo hace candiles, también hace herraduras. Como demostración, abandona su asiento y coge una de ellas, y ya en pie la coloca sobre un yunque –a su vez ubicado sobre una inmensa piedra circular de la altura de un paragüero– y empieza a moldearla con un martillo.
 

La imagen de este buen hombre –octogenario, vitalista y campechano– mientras golpea “la herradura de la suerte” está llamada a convertirse en la mejor estampa del día.
 

En el cobertizo hay utensilios de todo tipo: cortafríos, tijeras, martillos, limas, alicates… De las paredes de piedra cuelgan azadas, alambres y otros utensilios que no logro identificar.
 

Mientras Fina y Daniel, incansables, siguen departiendo, salgo de la estancia para respirar un poco de aire. Un vecino se aproxima a nosotros en ese instante y saluda a Daniel desde la puerta, que atiende al saludo sin abandonar un segundo su trabajo.
 

–Qué vigor. Aquí está este hombre, con ochenta años, y ya ve –dice el vecino, que ahora se dirige a mí–, no hay día que falte. Haga frío o haga calor.
 

Una buena definición de la querencia. Querencia al trabajo, a la vida, a la alegría.
 

Empiezo a entablar una conversación con este vecino, Antonio, que resulta ser el marido de la señora que jugaba con el gatito. Lo primero que hago es aclararle que no trabajamos para la tele.
 

–Estoy escribiendo un libro sobre los artesanos del norte de Extremadura.
–Ah… ¿Y habéis contactado ya con los artesanos?
–No exactamente. Se podría decir que hemos salido a la aventura...
–Pues a lo mejor podría interesarte un hombre que ha inventado una loción crecepelo muy famosa, artesanal cien por cien. Lo hace él mismo con plantas de la zona. Lo conozco muy bien, he trabajado con él durante muchos años. Si queréis os lo presento, él estará encantado de hablar con vosotros.
 

Tardo unos segundos en responder. ¿¡Un inventor de crecepelo!? Por un lado esta actividad se aparta del concepto ortodoxo de artesanos (ceramistas, herreros, alfareros…), pero, bien mirado, ¿hay algo más artesanal que un crecepelo natural hecho a partir de plantas?
 

–Me parece buena idea –digo por fin.
–Espera, te doy el teléfono de Amador.
 

Antonio busca en la agenda de su teléfono móvil y me da el número de teléfono de Amador, que apunto en mi cuaderno.
 

Tras unos minutos de conversación, Antonio se despide de nosotros y se marcha a bordo de su potente motocicleta.
 

Damos por terminada la sesión con Daniel, que ha prometido regalarnos una herradura de la suerte y un par de candiles.
 

–De eso nada. Se los compramos.
–No, os lo regalo yo –nos dice sonriente pero al mismo tiempo categórico. 
–Pero es su trabajo, y por ello debe estar pagado.
–Pero no hay como trabajar para luego poder hacer un obsequio.
 

Mi admiración por Daniel va en aumento. Todo en él es digno de Séneca.
 

–Hagamos un trato –interviene Fina, salomónica–. Nosotros le compramos dos candiles y usted nos regala otros dos.
–Está bien –se achanta finalmente.
 

De regreso a casa de Daniel, coincidimos con Amador, que sale a recibirnos a la puerta de su vivienda, seguramente alertado por Antonio. Es el propio Daniel quien nos informa de su presencia.
 

Amador es un hombre muy amable, una manera distinta de amabilidad de la de Daniel. Cuando le contamos cuál es nuestro objetivo, se deshace en atenciones.
 

–Por mí encantado.
 

Decidimos, para no perjudicar a Daniel, llevarlo a su casa, y regresar luego a la de Amador.
 

–Daniel, le llevamos a casa y luego le hacemos otra visita, y así saludamos a su mujer.
–Pero no, si yo puedo regresar andando.
–Sí, ya sabemos que es usted un brazo de mar. Pero no insista; en coche le hemos traído y en coche lo llevamos a casa –sentencia Fina. Daniel me mira, buscando apoyo, pero me limito a extender las manos en señal de resignación.
–Como queráis –asiente Daniel
.

Francisco Rodríguez Criado (Cáceres, 1967) es autor de la novela Historias de Ciconia (De la Luna Libros, Mérida, 2008) y de los libros de relatos: Un elefante en Harrods (De la Luna Libros, Mérida, 2006), Siete minutos (La bolsa de pipas, Palma de Mallorca, 2003) y Sopa de pescado (ERE,  Mérida, 2001). Su obra ha sido incluida en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español; Velas al viento; La quinta dimensión; Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español; Histerias breves; Relatos relámpago y Literatura en Extremadura
 

Colabora en EL PERIÓDICO de Extremadura, donde mantiene desde diciembre de 2005 la columna semanal de opinión "Textamentos". 

Es corrector de estilo, labor que compagina con la docencia en diversos talleres literarios y con la administración del blog www.NarrativaBreve.com
 

Sus últimos libros son la novela Mi querido Dostoievski (La Discreta, Madrid, 2012), el reportaje novelado Oficios perdidos de Extremadura (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2013, el ensayo novela Raros (Punto de Encuentro, 2013, libro digital) y El Diario Down (Tolstoievski, 2016) un diario descarnado donde narra su experiencia como padre de un bebé con el síndrome de Down.


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