Biografía de Carlos I de España, por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos el primer capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicaremos a lo largo de los próximos meses por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


DEL RETRETE A LA GLORIA
Víctor Fernández Correas
Con perdón, de la mierda se sale. A base de tesón, de esfuerzo, de echarle lo que hay que echarle. Eso si te puedes valer por ti mismo. En caso contrario, siempre queda pedir ayuda. Pero se puede salir de la mierda. Es más, se puede llegar a lo más alto partiendo de tan peculiar y desagradable punto de partida. Basta con repasar la historia, que está llena de ejemplos. El más notorio, el del emperador Carlos I de España y V de Alemania. Que nació en un retrete.

¿Es que acaso no había otro lugar más digno para traer al mundo al que sería el emperador más grande de la cristiandad? Lo había. Cosas de su madre, Juana de Trastámara, hija de los Reyes Católicos; a la que llamaron la Loca. El futuro Carlos nació donde le tocó nacer. Sin más.

Situemos el acontecimiento: Gante, noche del 23 de febrero de 1500. Fiesta en el Palacio Prinsenhof. Lo mejor de lo mejor allí presente. Ágape sin remilgos, baile posterior, cortesanos y cortesanas. Sobre todo, cortesanas. Y Juana, con un bombo que ni el de Manolo, presente y de guardia. Sabía cómo se las gastaba su marido, lo que había alrededor. Un cóctel explosivo. Dignidad, ante todo, debió de pensar la hija de los Reyes Católicos. «Que éste, aquí sólo, sin carabina, causa estragos». Y pensamientos semejantes. Éste es su marido, el Archiduque Felipe de Austria, al que lanza miradas de soslayo. Felipe ríe con una, charla con otra, escruta las bondades físicas de alguna otra. Y a Juana se la llevan los demonios. Conoce el percal y también la clase de estragos que causa el percal. Desde el mismo momento en que se casó con él.

—«¡Pues de aquí no me muevo hasta que no acabe la fiesta!».

Juana lo tiene claro. Podrá estar todo lo embarazada que esté, pero a Felipe no le deja solo en aquel mar de cortesanas ávidas de pegarse un homenaje. Pero Juana no cuenta con que, de improviso, empieza a sufrir dolores en el estómago. Y se dobla. Uno, dos, tres ataques. Rictus de dolor, de sufrimiento.

—¿Os encontráis bien? —oye a su izquierda.
—Habrá sido la cena —suelta alguien a su derecha.
—Cara de parto no tiene, eso seguro —cuchichea una cortesana al oído de su vecina de mesa, que asiente con la cabeza.
—No es nada… —admite ella.

Pero los dolores no se detienen. Curioso el cuerpo humano, que cuando quiere fastidiar lo hace a conciencia. Juana hasta tiene tiempo para pensar en eso. Lo que no quiere es dejar solo a su marido. Y los dolores, lejos de remitir, se acentúan. Aprieta los dientes.

—«¡Menudo apretón!» —quiere creer.

Como ve que no aguanta más, se levanta. Felipe, no; sigue a lo suyo. Ni siquiera tiene fuerzas para recriminárselo. Sí la imitan algunas de sus damas de compañía; no les gusta la cara de su señora. En otras circunstancias, Juana se hubiera ciscado en él, en su madre y en toda la regia familia de su marido, pero refiere gastar las pocas fuerzas que le quedan caminando hasta la cámara. Y lo consigue después de mucho esfuerzo. Busca el retrete con la mirada, lo más parecido al paraíso en la tierra para ella en ese momento. Cuando se acuclilla, sólo entonces es consciente del origen de los dolores, de su naturaleza. Nada de indisposiciones por culpa de la cena ni de un alimento mal caído.

—¡Que voy a dar a luz!

 Y la quietud que se respira en su cámara en la madrugada del 24 de febrero de 1500 la rompe el llanto de un recién nacido. Juana trae al mundo al hijo que espera sin la ayuda de médicos ni de comadronas. Ni se lo cree.

—¡Bendito sea Dios!

Las que tampoco se lo creen son sus damas de compañía, que han entrado en el retrete. Escucharon un llanto y ahora se encuentran con la sorpresa: Juana sosteniendo en brazos a su hijo recién nacido. Y el retrete, para verlo. De inmediato solicitan la presencia de la partera, que remata el repentino parto con diligencia. Nadie da crédito a lo que acaba de suceder, ni siquiera la nueva madre, pero el futuro Carlos I de España y V de Alemania ha nacido en un retrete.

Y las damas no dan crédito a lo que ven porque son conscientes de lo que se les viene encima. La tradición está para lo que está, y según sus preceptos los nacimientos en la Familia Real Castellana deben ser presenciados por numerosos testigos que identifiquen al recién nacido como Dios manda. Así se evita cualquier duda sobre la legitimidad del heredero. Y el futuro Carlos I de España y V de Alemania, allí, en un retrete en los brazos de su madre.

—¡Es hijo mío y de su padre! —chilla Juana cuando una de sus damas le recuerda el asunto.
 

La dama en cuestión y las restantes callan. Nadie discute a Juana. ¿Quién se atrevería a hacerlo? Abandonó el salón con un bombo considerable y esa noche la pasará en la cama junto a su primer hijo. A falta de marido, al menos un poco de calor en el lecho, que nunca viene mal. Y más en invierno. El de su hijo, al que acaricia el rostro con ternura.

—Tú sí que nunca me traicionarás…

Eso cree Juana en ese momento.

Diez días después, Carlos de Habsburgo es bautizado en la catedral de San Bavón de Gante. Frente a él —ni se entera. Conocimiento, ninguno todavía—, el impresionante retablo de la Adoración del Cordero Místico de los hermanos Van Eyck.

Así empieza la vida del emperador más poderoso de la cristiandad. En un retrete. Vida que iremos resumiendo en capítulos en las próximas semanas.

¡Hasta la siguiente!


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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