Microrrelatos de Xenia García

Os ofrecemos cinco microrrelatos de la escritora sevillana Xenia García, publicados con permiso de su autora.

VOLVER
Xenia García
En el silencio de la noche siento sus manos tibias sobre mis pómulos agotados, y aunque su padre detesta despertarse y descubrirlo entre las sábanas, lo he dejado hacer. Sólo es una pequeña concesión, me digo. Guillermo me aprieta la cara y respira sus dudas a escasos centímetros de mi boca. «Mamá, quiero volver ahí dentro». Le ocurre desde aquella tarde en la que descubrió de dónde vienen los niños. Le llueven desde entonces los recuerdos de una cuna cálida y suspendida, comenzando a detestar las horas de guardería o las prisas en el coche. Me sonríe con una mueca de fingido agradecimiento, al tiempo que me entreabre la boca. «Guillermo», le susurro. «¿Qué haces, Guillermo?», «Mamá, quiero volver a tu barriga».

Y me abre la boca deslizándose dentro
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FALSOS VUELOS 
Xenia García
Mi padre sale todas las noches por la ventana. Cree mi madre que es para no dormir con ella. Porque últimamente ronca. La edad, justifica. Pero yo sé que se equivoca.

Lo sigo por el rabillo del ojo cuando se desliza entre las sombras. Abre el frigorífico a hurtadillas y tantea el brick de leche. Lo oigo tragar y tragar con ansia. Casi ni respira. Será porque sabe que a mamá no le gusta que bebamos a morro. Que para eso inventaron vasos y cubiertos. Para que seamos un poquito menos animales y más personas.

Me parece sentirlo cuando se limpia el cerco blanco de sus labios con el dorso de la mano desnuda, aunque nunca me levanto para que no se asuste.  Como la noche de Reyes, que casi me da miedo respirar para que no me oigan. La magia desaparece con miradas adultas. Por eso yo nunca miro.

Tengo ganas de decirle que me enseñe con paciencia, que prometo empeñarme, practicar y practicar para poder seguirlo en sus viajes nocturnos. Pero claro, si lo hiciera esta noche, suspendería su vuelo noctámbulo y yo sé muy bien que él necesita planear la ciudad dormida.

Ni siquiera mi madre lo entiende. Porque las noches de desvelos, cuando mi padre entra sigiloso y con sus ojos relajados, mi madre lo espera revolviéndose en el hueco de la cama que él dejó. Y cuando vuelve, siempre en el mismo orden y con el mismo tono, comienzan los gritos. Y se lanzan los insultos. Y yo no sólo no quiero ver en la oscuridad sino que me entierro bajo la almohada para no escucharlos.

Finalmente, siempre el mismo reproche. El olor de mi padre los mágicos crepúsculos. Un perfume de azahar y jazmín que impregna la casa. Un aroma insoportable a mujer, vocifera mi madre. No entiende que Sevilla estos días está cargada de naranjos y jazmines. Y a mi padre, cuando sobrevuela la ciudad, le gusta rozar con sus dedos la copa de los árboles
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LA PODA 
Xenia García
Hoy he acompañado a mi mujer a la peluquería. No es que me interese de repente por los estilos y modas de las melenas femeninas, pero hacemos veinte años de casados y a veces mostrar cierto interés por los asuntos del otro puede ayudar a reavivar la relación. Eso es lo que dice mi hijo, aunque qué sabrá él de relaciones ni fuegos adormilados. Lo cierto es que hace unos días que la noto inquieta y contestataria. No me espera para la cena cuando me retraso unos minutos y me reprende si me tomo más de un vaso de vino. Últimamente, incluso, quiere dormir en el otro lado de la cama alegando que lleva dos décadas descansando sobre el mismo costado y quiere volver a soñar. Habla de libertad y autonomía con una frecuencia preocupante. Y lee a todas horas.

“Esto lo arreglas con un buen regalo, Manolo” –me ha dicho mi amigo el tabernero.

Así que le he comprado un bono con tratamiento de belleza completo y corte de pelo en la peluquería de mi amigo Antonio. Hemos quedado en ofrecerle un té relajante. Así, mientras la chica le corta el pelo a mi señora, él le dará un repasito a las dos protuberancias que tiene en las escápulas. Comienzan a crecerle plumas de nuevo
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EN GANANCIALES 
Xenia García
Cuando exterminamos el amor, procedimos al reparto. Fue sencillo plasmarlo en el acuerdo de divorcio: de la biblioteca elegí los libros en estantes pares. “¡Ay, Teo! Sabes que los números impares nunca me gustaron”, le dije. Con la ropa hubo cierto equívoco, hasta que convenimos realizar la asignación de los cajones sometiéndonos al antojo de los dados. Él se quedó con los vasos largos. Yo con los chatos. Con la medicación, sin embargo, tuvimos que sentarnos a negociar. Conseguí quedarme con las píldoras amarillas de las mañanas y su sabor metálico. Él prometió llevarse todas las de color malva que me hundían las noches y me dejaban el vientre helado.

El conflicto surgió cuando llegó el turno de dividir mis monstruos interiores. “Se reparten también al cincuenta por ciento”, dije. Sólo así era posible disolver la sociedad de gananciales. Así que a base de alaridos logré endosarle mi pánico al tintineo de las llaves y las sombras que arañaban los cristales de madrugada. Las voces de mi cabeza, sin embargo, no quisieron marcharse con él. Se escabulleron en mi cálido estómago en una orgía de palabras, festejando la liberación de las cadenas moradas
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SE TRASPASA
Xenia García
Mi madre fue, durante más de una década, la librera del barrio. Dicen que desfalleció una noche por vivir tantas historias ajenas. Husmeaba con esmero cada libro que llegaba a sus estantes, manoseando desgracias de muertes y amores como si fueran propias. Palpitando con ellas. Rezumando palabras advenedizas.

Cuentan en el vecindario que su negocio nunca dio más que para pagar las deudas, pero jamás lanzó un lamento que sirviera de argumento a mi padre para cerrarle el local. Ella leía de día y de noche en la soledad de aquel cuartucho, tal era su desmedida afición por las palabras. Hasta que un día, cansada de descifrar siempre los mismos finales imaginados, comenzó a arrancar las páginas más predecibles y reescribirlas. Descubrió con esta práctica la forma de descuartizar rutinas.

Desde entonces la recuerdo sobre el taburete de la librería deshojando desenlaces de novelas, mezclando tramas policíacas con surrealistas; confabulaciones románticas con giros de terror. Una noche, mientras destripaba su último ejemplar, desapareció. Desde entonces intenta mi padre traspasar el negocio, pero los libros continúan mezclando sus páginas huérfanas buscando finales imposibles y no conseguimos poner orden para atraer a ningún comprador
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Xenia García es sevillana, periodista y lleva casi dos décadas dedicándose a la comunicación corporativa en diversas instituciones. Le apasionan los caracoles. Las terrazas de verano. Escribir. Los paseos en bici. Bailar. Lo que sea, aunque el flamenco le sacude las palabras. Se pierde con una facilidad asombrosa al doblar cualquier esquina. Viaja con los olores. Recientemente ha participado en varias antologías con relatos cortos. Le gusta pensar que es una “escritora de siestas”, porque cuando sus hijos duermen siente esa necesidad irrefrenable de jugar con las palabras. Feminista y activa defensora de los derechos de los trabajadores en la organización para la que trabaja. Desde que comenzó con su blog, escribe relatos. Actualmente, inmersa en su proyecto vital más importante: la crianza de sus hijos.