Reseña de «El último barco a América», de Paco López Mengual

Os ofrecemos la reseña de «El último barco a América», novela de Paco López Mengual, por cortesía de LA LIBRERÍA DE JAVIER, donde fue publicada originalmente el 17 de febrero de 2011.


TRABAJO, TALENTO Y MAGIA
Francisco Javier Rodríguez Álvarez
Los cuerpos de nuestros progenitores llevaban en la tierra más de cinco años. Cuando murieron, vivíamos en una miserable casucha, de una sola pieza, a las afueras de Barreiro. Madre murió primero; en el momento de comenzar las fiebres y los vómitos, estaba bastante gorda por un nuevo embarazo. No aguantó una semana. “¡No te vayas! ¡No te vayas!”, recuerdo igual que si fuera ayer cómo la zarandeaba padre al verla tan pálida. A los tres días murió él. (…) Ninguno de los dos había cumplido aún los treinta años. … nos acogió un pastor nómada, Rodrigo Ojopirri, que nos enseñó el oficio de sobrevivir. (Pag. 40)
A Paco López Mengual lo descubrí un buen día al ojear «El mapa de un crimen», editado por MAEVA. Esta joya de la literatura española contemporánea me recordó a los autores que yo tanto admiraba: Juan Rulfo, García Márquez, Miguel Delibes y Camilo José Cela. Y lo curioso es que, bebiendo de la sabia escritura de todos ellos, el autor supo crear una obra nueva. Logró desestructurar sus prosas y, en un alarde de malabarismo literario, obsequiarnos con un nuevo texto en el que se respira toda la esencia de sus maestros pero sin un ápice de copia visible. Yo lo llamo trabajo, talento y magia. El libro acabó en las bibliotecas de todos mis clientes y amigos y como texto recomendado en la Universidad de Alcalá. Al poco, el autor, como felicitación de no me acuerdo qué, me envió un pequeño libro de tres relatos editado en la colección Biblioteca del Tranvía, que edita autores murcianos para paladear sus prosas. Y ese pequeño libro contenía tres relatos por los que cualquier escritor que se precie daría su brazo derecho: «La mansión de los mutantes», un relato escalofriante de unos seres a la deriva escapando de un destino incierto, y que da título a la recopilación, «La poza negra», magia pura en la prosa y en la concepción creativa en un pequeño pueblo español y «El cazador de sirenas», poesía y belleza suprema en cinco escasas páginas. Una obra en la que no sobra ni falta una palabra y que puede resumir muy bien la valía de Paco López Mengual. Y esperando, esperando, a ver reeditado ese primer libro inencontrable de él me llega de la editorial una obra que aún tiene la tinta fresca, «El último barco a América».

Ni que decir tiene que me enfrasqué en el texto al poco de llegar, Eso sí, midiendo mi ansia y anhelo para que la degustación me lleve su tiempo, ya que la obra consta de sólo 222 páginas. Y, como en cualquiera de las pocas obras destiladas por el “murciano de los encajes”, desde la primera parrafada ya te deja prendado (y prendido) con su narrativa.

La noche de los disparos presentaba el típico cielo de un agosto moribundo, con sucesión de nubes amenazantes y claros estrellados. (Pag. 9)
La novela en cuestión es el relato onírico de un par de chavales huérfanos a temprana edad y adoptados por un pastor con ganas de vivir la vida. Ojopirri, que así se llama el lugareño, huye a América y les deja con la sola compañía de Fetén, un perrillo muy cariñoso. Pero el tranquilo sueño de nuestro protagonista, Marcial, de ahorrar para seguir a su amigo y protector, se trunca al darse cuenta de que los espíritus de once republicanos asesinados le merodean en una tumba clandestina cercana en la que han sido enterrados. Un buen día el chico, sin su hermano, encuentra el anillo de boda de uno de ellos y, al ir a devolverlo a su viuda, se queda prendado de sus encantos. Pero sus anhelos de huir a América siguen intactos, lo que ocurre es que ahora tendrá que convencer a la viuda de que vaya con él.

El último barco a América es un bello y bucólico relato que nos recuerda la magia de ese «Bosque animado» de Wenceslao Fernández Flores a la que se añaden los colores de los bellos cuentos alemanes de la Selva Negra en los que seres extraños conceden deseos y la serena y medida prosa de los últimos clásicos españoles. Y si a ello añadimos un pequeño toque Berlanga, no sólo en el perfecto desarrollo de la obra, sino en sus detalles, inesperados encuentros y ese soberbio desenlace, tenemos una ligera idea de lo que va esta historia. Me viene a la memoria una frase de Javier Lostalé en la que se quejaba del poco poder de fabulación de ciertos escritores españoles retratando episodios históricos en las novelas. Nos contaba en ese encuentro que la realidad ha de ir enmascarada en historias que involucren al lector como protagonista de dichos relatos. Nos añadía que es la forma más efectiva de meternos en la piel del personaje, sufrir en propias carnes y tener una idea bastante clara de los acontecimientos que narra. Y ese es precisamente el artilugio de Paco López Mengual, dejar la pretendida objetividad de unos hechos pasados y dotar de alma al hilo conductor de la obra. Pero hay algo que me ha recordado esta nueva obra de López Mengual, el carácter redentor y de la opción del olvido para poder ser felices. Tengo entre mis máximas y patrones de conducta el apreciar mucho más la capacidad de olvido que la de la memoria. Creo que es de mayor altura humana saber olvidar que recordar. Lo cual es muy diferente a la contrariedad o desidia de olvidarnos de algo por dejadez o abandono. Y esta obra me ha recordado esa joya del Nobel de Literatura 2002, Imre Kertész, y que se llama «Sin destino». Una obra que nos refleja el horror de los campos de exterminio y la capacidad de superación de un pobre chico para pasar página sin olvido ni rencor. Y mucho de ese genial escritor húngaro hay en la obra de Paco.

Así, oía muertos que deambulaban por las noches clamando justicia, temía encontrarme a los Lajara, que seguían dando tiros por el monte, descubría anillos de compromiso y me enamoraba ciegamente de una sublime mujer. Además, ante mis ojos, emergían árboles mágicos, cuevas misteriosas y el augurio de que un ogro extendería el terror por la comarca. Habían transcurrido algunos meses del año 1938 y supongo que sería por la edad iniciática en la que me encontraba o por los extraordinarios sucesos que me ocurrieron entonces por lo que ahora, después de tanto tiempo, recuerdo los tres años que duró la Guerra Civil como los más felices y trepidantes de mi vida. (Pag.60)
En pocas palabras: es un crimen no leer esta estupenda novela.

Poco más puedo añadir ante el precioso texto que nos ofrece Paco López Mengual, del que podría estar hablando largo y tendido. Si acaso estas líneas no han servido para inclinarles a la compra de su último libro habré errado en mis propósitos
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