«Gomes y Cía.», por Alberto Pasamontes

GOMES Y CÍA.
Alberto Pasamontes
A veces, solo a veces, uno abre un libro y se queda enganchado sin remisión. Lo sueltas solo por causa de fuerza mayor. Porque mañana tienes una reunión a primera hora con el director general y son ya las tres de la mañana, porque has olvidado el filete en la sartén y la cocina está en llamas, o porque tu chica se te ha acercado en silencio y te ha mordido el lóbulo justo antes de susurrarte que se va a dar una ducha y que no llega a frotarse la espalda. Ocurre solo de vez en cuando, cuando un prólogo, una página, un párrafo, logra despertar tu curiosidad desde el primer momento; o porque te encuentras con un personaje con el que conectas desde el principio, un tipo al que confiarías la seguridad de tu novia en una discoteca ibicenca atestada de musculados millonarios italianos.

Ambas cosas me han pasado con Ojos de fuego y La mano de Midas, del madrileño Antonio Parra, las dos novelas que, hasta ahora, y esperemos que no sean las últimas, protagoniza Sergio Gomes. Un detective inteligente, algo cínico, de gran corazón, solitario a su pesar y adicto al sándwich mixto. Porque ¿a quién no le gusta el sándwich mixto? El de bar, digo. Con ese pan tostadito, ese fiambre de jamón cutre y ese queso que tiene un sabor especial y que por más que busques no vas a encontrar ningún sitio donde te lo vendan porque –estoy seguro- solo lo hacen para los bares. Pero no cualquier bar, sino de los antiguos, de los de servilletas y huesos de aceituna alfombrando el suelo y dos señores con chaquetilla y gesto cansado tras la barra que ya servían cañas antes de que la Coca Cola llegara a España. No sé cómo ocurrió. Quizás Gomes ya era adicto a los mixtos antes de frecuentar las barras de los bares, o precisamente debido a esta costumbre acabó por aficionarse a ellos. No estaría mal que Antonio Parra nos desvele el misterio algún día.



Lo que sí está claro es que Gomes es un detective a la manera clásica, de los de antes. De esos que nos hicieron enamorarnos del género negro, ya sea a través de un libro o de una película de Hollywood. Imagínense a Philip Marlowe, Sam Spade o Mike Hammer, o mejor una mezcla de los tres, en versión ibérica. Imagínense también a la pelirroja peligrosa, al gánster de mirada gélida, al político (léase concejal, fiscal, asesor, subsecretario...) corrupto, a la prostituta ya ajada de tierno corazón, al comisario que suelta hostias como panes, al jefe obeso que paga mal y tarde. Hagan también hueco en su cabeza a la agencia de detectives de cuarta categoría, a las grandes corporaciones, a los prostíbulos de carretera, los yates de lujo y los clubes nocturnos de nombre italiano y camarero –ojo, barman- de los de brillantina en el pelo y grandes dotes psicológicas para saber cuándo escuchar y cuándo negarle el último vodka al cliente. Todo eso y más es el mundo de Sergio Gomes. Es evidente que Antonio Parra no está revolucionando el género con este personaje, pero es que, a veces, precisamente todo lo que representa Sergio Gomes es lo que uno busca en una buena novela negra. Unos personajes potentes y reconocibles  y una buena historia que te lleven en volandas hasta el final.



Para hacer esto –llevarnos hasta el final-, el autor exhibe un estilo ágil y claro, con unas descripciones precisas en las que no sobra ni falta nada, situaciones creíbles y, al tiempo, de lo más variopinto, y sobre todo de unos diálogos soberbios, inteligentes y rebosantes de humor. Un humor ácido y a veces algo triste que es, junto a los mixtos, seña de identidad de nuestro protagonista, y que hace que a cada paso que damos en compañía de Gomes nos sintamos cada vez más identificados con él. Inevitable cogerle cariño. Inevitable querer más novelas de Sergio Gomes.


Esta reseña ha sido escrita por Alberto Pasamontes para la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2016. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original.

Alberto Pasamontes (Madrid, 1970)
estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, Entre la lluvia, adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con La muerte invisible, una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.