Biografía de la emperatriz Helena (Santa Helena), por María Lara

HELENA, O LA FORTALEZA DEL DÉBIL
María Lara
Cuando el cuerpo yace casi inerte en el lecho de la agonía pero la consciencia no ha abandonado el torrente sanguíneo, la mente adquiere una lucidez inaudita para repasar las hojas desprendidas del árbol de la existencia. Sólo entonces la persona es capaz de recordar sin odio a los seres protervos pues, en definitiva, “gracias” a ellos, a pesar de las desavenencias y de los golpes, el espíritu acarició el reto de crecer sin dejarse anegar por abrumadores charcos de lágrimas.

Y es que la singladura de Helena está marcada por el contraste. El punto de partida de El velo de la promesa es el lecho de la agonía. El de Memorias de Helena la apacible eternidad en que habita la augusta dama… Todo comenzó en el año 250 d.C. en un humilde hogar de Drepanum, en la región de Bitinia. En ese cruce de caminos entre Europa y Asia, su familia regentaba una taberna en los convulsos años de la anarquía militar, con emperadores aclamados sin orden por las tropas acantonadas en los diferentes límites del Imperio. Allí, en una mesa de la posada, conoció a Constancio, un joven de Iliria que avanzó vertiginosamente en su cursus honorum.

Helena dijo adiós a su infancia azul para abrazar un destino con el pie en el estribo. Fruto de esta unión en el año 272 nacería en el sencillo hogar de Naissus su único hijo: Constantino. Nadie podía sospechar que la vida de Helena daría un vuelco pues, pronto, la ambición llevó al soldado Constancio a contraer matrimonio con la hijastra del emperador Maximiano, en el año 293. La perversa Teodora podía ayudarle a amasar fortunas temporales, mientras la desdichada Helena sufría las amarguras del repudio. Con Teodora tendría Constancio seis hijos, aun cuando seguiría preocupándose por la carrera militar de su primogénito quien, por otra parte, sería nombrado césar por las tropas paternas en 306.

Desde aquel momento de la proclamación de Constantino, la existencia de Helena transcurrió en los palacios de Tréveris y de Roma. Su conversión al cristianismo (religión que Constantino favoreció poniendo fin a las persecuciones con el Edicto de Milán del 313) la llevaría a emprender en su senectud- cuando contaba en torno a 76 años de edad- la aventura de viajar a Judea. Su propósito era encontrar la Cruz de Jesús, decisión que tomó a partir de las revelaciones transmitidas en un sueño, según cuentan las fuentes históricas de la Antigüedad Tardía. En el siglo IV, otros seguirían sus pasos por Tierra Santa, siendo el caso del  peregrino de Burdeos y de la monja Egeria.

En el 330 Flavia Iulia Helena falleció en Roma y fue inhumada en la villa imperial cercana a la iglesia de los santos Pedro y Marcelino, en el mausoleo ad duas lauros, mandado construir, inmediatamente después de la victoria sobre Majencio, para la familia imperial. La urna de pórfido, que albergó su cuerpo, pasó al claustro de San Juan de Letrán en 1627, en tiempos de Urbano VIII, y más tarde a los Museos Vaticanos, ya a finales del siglo XVIII, bajo el pontificado de Pío VI. Su cabeza reposa en la cripta de la catedral de Tréveris, templo que también alberga la túnica sagrada.

Sobre el palacio que habitó en Roma, la Domus Sessoriana, se levanta hoy  la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, en la que son custodiados la Vera Cruz, varios clavos, el madero del buen ladrón, la esponja empapada en vinagre, la corona de espinas y el titulus (comúnmente conocido como INRI). En iglesias repartidas por todo el mundo se veneran fragmentos del Lignum.

Constantino le dio a Drepanum, ciudad natal de su madre, el nombre de Helenópolis en el año 327, construyó en ella una iglesia en honor de San Luciano-  mártir enterrado en la aldea- y erigió estatuas en honor de Helena en Roma, en Constantinopla y en otros muchos enclaves.

Dicen que la virtud de la paciencia es la fortaleza de los débiles. En su vivir, la troyana de la Nueva Roma atestigua que no hay batallas perdidas sino variedad de miradas ante el pasado. La circunstancia que una jornada nos hunde en el abismo, con el tiempo quizás nos haga sentirnos orgullosos de la autosuperación y descubrir puertas cuando las ventanas se cerraron.

En El velo de la promesa conocemos a la abuela de Roma, patrona de la arqueología y madre de las Cruzadas. En Memorias de Helena, sin límites espaciales ni cronológicos que constriñan sus movimientos pues resulta ya lejano el momento de la despedida, la protagonista indaga en sus recuerdos para darnos a conocer sus años de niña y hacernos sentir el sobresalto del enamoramiento. En su compañía, el lector vislumbrará los campamentos donde moró con Constancio Cloro, surcará en barca las soleadas aguas del Nilo y paseará por la naciente Constantinopla justo antes de ser trasvasado a sus colinas el añejo  néctar del acervo del Lacio
.

Santa Helena con la Vera Cruz
-Francesco Morandini-

LA SAGA ROMANA DE MARÍA LARA
La novela histórica «Memorias de Helena», de la escritora alcarreña María Lara, está inspirada en la historia real de la emperatriz Helena, Santa Elena. Este libro continúa la saga iniciada en «El velo de la promesa», obra con la que María Lara ganó el Premio de Novela Histórica “Ciudad de Valeria” (2011) y donde narraba el periplo que llevó a Flavia Iulia Helena a ser la primera peregrina a Jerusalén tras la Pasión de Jesús.
 

En «Memorias de Helena», la tabernera de Bitinia que fue madre de Constantino se acerca al lector del siglo XXI para compartir sus preocupaciones e ilusiones, ofreciendo lecciones de la Historia para afrontar cada uno el día a día con optimismo. Y con voz de amiga se confiesa ella, Helena, que soportó el repudio del césar Constancio Cloro y que, andando las décadas, casi octogenaria, buscó las reliquias de los Reyes Magos…
 

Ambas novelas han tenido muy buena aceptación entre los lectores y gran repercusión mediática más allá de nuestras fronteras, habiendo alcanzado la primera de las novelas de la saga, «El velo de la promesa», su octava edición.


Si quieres leer un fragmento de «El velo de la promesa» o de «Memorias de Helena» pincha sobre la portada.
 
María Lara Martínez (Guadalajara, 1981)
es historiadora y escritora. Licenciada en Historia por la Universidad de Alcalá y Doctora Europea en Filosofía por la Universidad de Castilla-La Mancha. En 2005 fue galardonada con el Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en los Estudios de Historia y con el Premio Uno de la Universidad de Alcalá, así como en 2007 con el Premio Extraordinario de Licenciatura. Actualmente, es profesora de Historia Moderna y Antropología de la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA. Además, ha realizado estancias de investigación como enseignante-chercheuse en l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París y como Fellow en el Real Colegio Complutense en Harvard University (Massachusetts).  
En 2011 ganó el Premio de Novela Histórica “Ciudad de Valeria” con su obra El velo de la promesa, de la que se han publicado ocho ediciones. En 2014 salió a la venta Memorias de Helena, la novela con la que prosigue la saga de la corte del emperador Constantino. En 2015 María Lara y su hermana, la también historiadora y escritora Laura Lara, ganaron el Premio Algaba con Ignacio y la Compañía. Del castillo a la misión.
Escribe  en la revista Historia National Geographic y, entre sus monografías, destacan Brujas, magos e incrédulos en la España del Siglo de Oro, Ciencia histórica. Conceptos y etapas de la Historia universal, Los preilustrados y Pasaporte de bruja
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