«Elecciones y turnismo político en la Restauración», por Eduardo Montagut

Ni tú ni yo, querido Tito, podemos esperar nada del estado social y político que nos ha traído la dichosa Restauración. Los dos partidos, que se han concordado para turnar pacíficamente en el Poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el Presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve, no mejoraran en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos... Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria. ¿Crees tú, Titillo, en la revolución?
Episodios nacionales V
Cánovas (Capítulo XX
)

Benito Pérez Galdós

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX en España  escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut.
 


ELECCIONES Y TURNISMO POLÍTICO EN LA RESTAURACIÓN
Eduardo Montagut
La primera ley electoral de la Restauración borbónica es del 8 de febrero de 1877, aunque se limitaba a crear un cuerpo electoral en relación con el Senado, institución sumamente restringida. Para la elección de los diputados se publicó otra Ley el 28 de diciembre de 1878, que venía a reformar la última de las leyes electorales isabelina, la de 1865, ampliándose el sector de las capacidades, al incluir a los profesionales titulados y los maestros. En todo caso, solamente podía votar el 5’1 % de la población.

Al implantarse el sufragio universal masculino con la Ley electoral de 26 de junio de 1890 dentro del denominado Gobierno Largo de Sagasta, punto fundamental de su programa político, parecía un triunfo de la democracia, pero no fue así porque no cambiaron los resultados electorales, ya que las elecciones siguieron siendo una farsa porque debían responder al turnismo político de conservadores y liberales. El turno de partidos se inspiraba en uno de los pilares básicos del sistema canovista: el bipartidismo. Los dos partidos no estaban tan alejados como se puede pensar a primera vista, aunque los liberales eran más abiertos en relación con el ejercicio de los derechos y más tolerantes hacia la oposición real al sistema, además de aprobar la Ley de Asociaciones, la del Jurado y el sufragio universal, frente a los conservadores que primaban el orden público por encima de todo, y eran poco proclives a la extensión del reconocimiento y garantía de los derechos. Pero ambos aceptaban el juego político trucado para el turno pacífico en el poder, superando el cuasi monopolio en el poder de los moderados en el reinado de Isabel II. El turnismo no fue un fenómeno exclusivamente español, ya que se puede comprobar en países del entorno mediterráneo: destra y sinistra en Italia y rotativismo portugués.

Los dos partidos se relevaban en el poder de manera pacífica y se concedían plazos razonables en el poder. Ambos aceptaban los cambios que realizaba el otro partido en el gobierno al regresar al poder. Cuando un partido consideraba que había llegado su momento pactaba el relevo con el otro y con la Corona que, según el poder que le confería la Constitución, mandaba formar gobierno al otro partido, disolvía las Cortes y convocaba nuevas elecciones que, debidamente, manipuladas, proporcionaban la mayoría necesaria al partido en el gobierno. El partido saliente se convertía en la oposición y esperaba su turno.

Aunque la opinión del cuerpo electoral no importaba, la farsa para ser completa debía legitimarse a través del sufragio. Los dos partidos tenían sus redes organizadas para asegurarse los resultados electorales adecuados cuando les correspondiese el turno. Existía una red piramidal. En Madrid estaba la oligarquía o minoría política dirigente integrada por los altos cargos políticos y personajes influyentes de los dos partidos y vinculada a las clases dominantes. En las capitales de provincia se encontraban los gobernadores civiles. En comarcas, pueblos y aldeas estaban los caciques locales, que eran personalidades de la zona con poder e influencias, bien por su riqueza económica, bien por su prestigio y contactos, de forma que podían controlar a mucha gente. Podían conseguir un trabajo o empleo, una licencia administrativa o una recomendación. En todo caso, podía ser peligroso enfrentarse a su poder.

Con esta estructura se organizaba el fraude electoral de arriba abajo, bajo la coordinación del ministro de la Gobernación, que era el que confeccionaba el encasillado o lista de diputados que debían ser elegidos en cada distrito electoral, reservando algunos escaños a la oposición dinástica. Los gobernadores civiles se encargaban de imponer el encasillado en su provincia, a través de los caciques, que eran el último eslabón de la cadena y se encargaban de la manipulación directa de los resultados electorales por varios métodos: actitudes paternalistas y protectoras hacia los electores, “pucherazos” (retirada de urnas antes del recuento, cambio de urnas, añadido de votos falsos…), pasando por amenazas y extorsiones. La capacidad del fraude era menor en las ciudades que en el medio rural donde se mantenían viejas formas de dominación. Precisamente, en el ámbito urbano fue donde comenzaría a resquebrajarse el sistema, así como en Cataluña donde el regionalismo conservador se haría poderoso a partir de la primera década del siglo XX.



La comedia de las elecciones
- La Campana de Gracia -
25 de Agosto de 1884

Antonio Maura planteó la principal reforma electoral del sistema de la Restauración con la Ley Electoral de 8 de agosto de 1907. Pretendía simplificar el proceso electoral, especialmente con su famoso artículo 29, que establecía que donde no hubiera más que un candidato se efectuaría el nombramiento sin proceder a celebrar elecciones en el distrito electoral correspondiente.

En conclusión, tanto el sistema político como el electoral de la Restauración eran unas fachadas institucionales para ocultar el verdadero control del poder por parte de una oligarquía
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«Elecciones y turnismo político en la Restauración» ha sido escrito por Eduardo Montagut para el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a quien quiera reproducirlo, total o parcialmente, que cite la fuente original.

es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.