El entierro de Larra en los «Recuerdos del tiempo viejo»

En la noche del 13 de febrero de 1837 Mariano José de Larra, el periodista español mejor pagado de su época, el más grande satírico del siglo XIX, el autor de tantos y tantos artículos inmortales, se pegaba un tiro en la sien. Al otro lado de la puerta de su gabinete, en la madrileña calle de Santa Clara, se hallaba su hija Adela, de apenas cuatro años de edad (nació el 12 de enero de 1833, según consta en los archivos de la parroquia de San Sebastián).  

Hasta qué punto la visita, esa misma tarde, de la que había sido su amante, Dolores Armijo, acompañada de su cuñada, influyó en la decisión de acabar con su vida, es un asunto complejo del que trataremos en otra entrada. En ella relacionaremos el estado de ánimo de Larra en los momentos previos a su suicidio con el que ya tenía en el día de Difuntos del año anterior. Analizaremos en esa entrada qué peso tuvieron en el taciturno carácter del genial Larra su propio padre, su esposa y, cómo no, las circunstancias políticas y culturales de la España en la que le tocó vivir.
 
Hoy, con motivo del 180 aniversario de la muerte de Maríano José de Larra, queremos recomendar a nuestros lectores un libro autobiográfico imprescindible para conocer el mundo artístico, literario y periodístico del siglo XIX (un libro de memorias que primero fue publicado por entregas en el periódico madrileño El imparcial). Precisamente la fulgurante carrera del autor de esas memorias comenzó tal día como hoy, 15 de febrero, de 1837, en el entierro de Mariano José de Larra. El libro es Recuerdos del tiempo viejo y el autor no es otro que José Zorrilla, quien por aquel entonces no podía imaginar que una obra suya, el Don Juan Tenorio, terminaría por convertirse en una de las obras más emblemáticas del XIX español.




RECUERDOS DEL TIEMPO VIEJO (Parte 1. IV-V)
José Zorrilla
IV.

Comienzo a apercibirme, mi buen amigo señor Velarde, de que es más difícil de lo que creí la tarea que me he impuesto ahora, y de que hemos andado poco acertados en dar publicidad a estas mis cartas. Agloméranse en mi memoria, según las voy escribiendo, tantos pormenores, imposibles de suprimir si he de hacerme comprender; pasábanme tantas y tales cosas, y pasaba yo por tales y tan estrechos pasos y pasadizos en los días de la muerte y del entierro de Larra, que me temo que ni la benevolencia del director y de la redacción de El Imparcial para conmigo, ni la paciencia de sus lectores, quieran pasarme el importuno relato de tan íntimos y personales recuerdos. Mas como quiera que ya es tarde para volverme atrás, voy a pasar a la carrera por sobre todos estos tan resbaladizos pasos; e imponiéndome esta tarea como una penitencia pública, seré claro y sincero en mi narración, para que mi claridad y sinceridad prueben a lo menos lealtad y modestia: probando que en la altura a que me ha elevado el favor público, no he perdido nunca de vista ni la nada en que yo nací ni el polvo de que aquél me levantó.

Sigo, pues, adelante con mis recuerdos.

Habíase venido a Madrid, siguiendo mi mal ejemplo, mi grande amigo Miguel de los Santos Álvarez, en cuya casa pasé la noche que en Valladolid me detuve en mi fuga de la mía paterna, y único confidente de los secretos de mi corazón. Llevaba yo en éste dos afanes y dos esperanzas, que en un solo afán y en una esperanza sola se confundían: mi primer amor a una mujer, y la esperanza de conseguirla, y el amor a mi padre y la esperanza de sepultar su enojo bajo una montaña de laureles. Soñaba yo con una fama y una gloria tales, que obligaran a aquella mujer y a mi padre a tenderme sus brazos a un tiempo, asombrados y deslumbrados por el resplandor de mi nombradía. ¿Quién no delira a los diez y nueve años?

Álvarez estaba en Madrid con consentimiento de su familia hacía muy pocos días, y yo pasaba las noches en la bohardilla de mi pobre cestero; las mañanas en el hospedaje de Álvarez, el centro de los días en la Biblioteca Nacional, y las tardes y primeras horas de la noche vagando con Álvarez por las calles de la corte, como golondrinas nuevas que buscan por vez primera sitio en que colgar su nido en una tierra desconocida.
 

Y aconteció que entre las personas con quienes un día tropezamos en la Biblioteca, acertó a ser una la de un italiano al servicio del infante Don Sebastián, llamado Joaquín Massard, quien con su hermano Federico andaba bien admitido por las tertulias y reuniones, que con su canto y alegre carácter amenizaban: el Joaquín y el Federico poseían dos deliciosas voces, de tenor el uno y de barítono el otro. Abordónos Joaquín Massard, que por Pedro Madrazo nos conocía, y nos dio de repente la noticia de que Larra se había suicidado al anochecer del día anterior. Dejónos estupefactos semejante noticia, y asombróle a él que ignorásemos lo que todo Madrid sabía, e invitónos a ir con él a ver el cadáver de Larra depositado en la bóveda de Santiago. Aceptamos y fuimos. Massard conocía a todo el mundo y tenía entrada en todas partes. Bajamos a la bóveda, contemplamos al muerto, a quien yo veía por primera vez, a todo nuestro despacio, admirándonos la casi imperceptible huella que había dejado junto a su oreja derecha la bala que le dio muerte; cortóle Álvarez un mechón de cabellos y volvímonos a la Biblioteca, bajo la impresión indefinible que dejaban en nosotros la vista de tal cadáver y el relato de tal suceso.

Aquí tengo que advertir a usted, mi querido Velarde, que no volvíamos a la Biblioteca por nuestro afán de estudiar, sino porque siendo el hospedaje de Álvarez y la bohardilla de mi cestero estancias muy poco agradables para pasar el día, y estando la Biblioteca muy bien esterada y caldeada, pasábamos en ella todas las horas que estaba abierta, como hidalgos poco acomodados, en el abrigado alcázar de un opulento amigo que generosamente a los suyos lo franqueara.

A nuestra vuelta halléme allí con un condiscípulo del colegio, quien enterado de mi posición, me dio una carta para su hermano don Antonio María Segovia, propietario y director de El Mundo; uno de los periódicos mejor escritos que en Madrid se han publicado, rebosando de ingenio y de oportunísima vis cómica. En aquella carta pedía para mí a su hermano, mi condiscípulo, la plaza de un empleado que acababa de despedirse, diciéndole quién yo era, la educación que había recibido, y lo útil que yo podía ser, atendida la módica retribución del empleo que para mí solicitaba. Mi ambición era llegar a ser periodista, llegar a firmar el folletín de un periódico que llegase a manos de mi padre: tomé, pues, la carta de mi condiscípulo, y metiéndola en la cartera del capitán Antonio Madera (otro condiscípulo nuestro), la cual no sé ya por qué llevaba yo en el bolsillo, creí meter en ella mi fortuna.

Joaquín Massard, que en todo pensaba y de todo sacaba partido, me dijo al salir:
—Sé por Pedro Madrazo que usted hace versos.
—Sí, señor; le respondí.
—¿Querría usted hacer unos a Larra?, repuso, entablando su cuestión sin rodeos; y viéndome vacilar, añadió: «yo los haría insertar en un periódico, y tal vez pudieran valer algo». Ocurrióme a mí lo poco que me valdrían con mi padre, desterrado y realista, unos versos hechos a un hombre tan progreso y de tal manera muerto; y dije a Massard que yo haría los versos, pero que él los firmaría. Avínose él, y convíneme yo; prometíselos para la mañana siguiente, a las doce, en la Biblioteca; y despidiéndonos a sus puertas, echó Massard hacia la plazuela del Cordón, donde moraba, y Álvarez y yo por la cuesta de Santo Domingo a vagar como de costumbre. Pensé yo al anochecer en los prometidos versos, y fuíme temprano al zaquizamí, donde mi cestero me albergaba con su mujer y dos chicos, que eran tres harpías de tres distintas edades. No me acuerdo si cenamos: pero después de acostados, metíme yo en mi mechinal, con una vela que a propósito había comprado.

En aquella casa no se sabía lo que era papel, pluma ni tinta; pero había mimbres puestos en tinte azul, y tenía yo en mi bolsillo la cartera del capitán con su libro de memorias. Hice un kalam de un mimbre, como lo hacen los árabes de un carrizo, y tomando por tinta el tinte azul en que los mimbres se teñían


He aquí, señor Velarde, cómo se hicieron aquellos versos, cuya copia trasladé a un papel en casa de Miguel Álvarez a la mañana siguiente, y partí a entregar mi carta al director de El Mundo.
 

Salió a recibirme a una antecámara: presentéle la carta, y mientras la leía, penetraron mis ojos indiscretos en el aposento inmediato, cuya puerta había dejado él abierta. Parecióme a mí la de un paraíso: una mujer pequeña y fina, esbelta y ondulosa como una garza, con una cabellera como los arcángeles de Guido Reni y con dos ojos límpidos y serenos como los de las gacelas, esperaba reclinada en un mueble a que su marido concluyera con el importuno que había venido a separarle de ella. Cuando aquél me dijo, con los más atentos modales, que sentía no necesitarme, porque acababa de dar a otro la plaza que su hermano le pedía, me marché cabizbajo y cariacontecido, pero convencido perfectamente de que un hombre que tenía aquella mujer no debía necesitar de mí ni de nadie, y di conmigo en la Biblioteca. No estaba ya en ella Joaquín Massard, pero me había dejado una tarjeta, en la que me decía: «¿Puede usted traerme los versos a casa, a las tres? Comerá usted con nosotros».

A los tres cuartos para las tres eché hacia la plaza del Cordón; los Massard habían comido a las dos: la hora del entierro, que era la de las cinco, se había adelantado a la de las cuatro. Los Massard me dieron café; Joaquín recogió mis versos y salimos para Santiago. La iglesia estaba llena de gente; hallábanse en ella todos los escritores de Madrid, menos Espronceda, que estaba enfermo. Massard me presentó a García Gutiérrez, que me dio la mano y me recibió como se recibe en tales casos a los desconocidos. Yo me quedé con su mano entre las mías, embelesado ante el autor de El Trovador, y creo que iba a arrodillarme para adorarle, mientras él miraba con asombro mi larga melena y el más largo levitón, en que llevaba yo enfundada mi pálida y exigua personalidad.
 

El repentino y general movimiento de la gente nos separó; avanzó el féretro hacia la puerta; ordenóse la comitiva; ingirióme Joaquín Massard en la fila derecha, y en dos larguísimas de innumerables enlutados nos dirigimos por la calle Mayor y la de la Montera al cementerio de la Puerta de Fuencarral.

Mohino y desalentado caminaba yo, poniendo entre los días nefastos aquel aciago en que me habían negado una plaza en El Mundo, había llegado tarde a la mesa, y en que iba, por fin, ayuno, a enterrar a un hombre, cuyo talento reconocía, pero que no entraba en la trinidad que yo adoraba, y que componían Espronceda, García Gutiérrez y Hartzenbusch. Parecíame que con aquel muerto iba a enterarse mi esperanza, y que nunca iba yo a tener un papel en que enviar impresos mis delirios a la mujer a quien había pedido un año de plazo para pasar de crisálida a mariposa, ni mis versos laureados al padre a quien con ellos había esperado glorificar. Así el más triste de los que íbamos en aquel entierro, marchaba yo en él, envuelto en un surtout de Jacinto Salas, llevando bajo él un pantalón de Fernando de la Vera, un chaleco de abrigo de su primo Pepe Mateos, una gran corbata de un fachendoso primo mío y un sombrero y unas botas de no recuerdo quiénes; llevando únicamente propios conmigo mis negros pensamientos, mis negras pesadumbres y mi negra y larguísima cabellera.

Llevaba yo, y veníanme, sin embargo, todas aquellas ajenas prendas como si para mí hubieran sido hechas; y traídas, pero no maltratadas, no revelaban que su portador salía con ellas bien cepilladas del alto zaquizamí de mi hospitalario cestero.

Llegamos al cementerio: pusieron en tierra el féretro y a la vista el cadáver; y como se trataba del primer suicida a quien la revolución abría las puertas del campo santo, tratábase de dar a la ceremonia fúnebre la mayor pompa mundana que fuera capaz de prestarla el elemento laico, como primera protesta contra las viejas preocupaciones que venía a desenrocar la revolución. Don Mariano Roca de Togores, que aún no era el marqués de Molins, y que ya figuraba entre la juventud ilustrada, levantó el primero la voz en pro del narrador ameno del Doncel de Don Enrique, del dramático creador del enamorado Macías, del hablista correcto, del inexorable crítico y del desventurado amador. El concurso inmenso que llenaba el cementerio, quedó profundamente conmovido con las palabras del señor Roca de Togores, y dejó aquel funeral escenario ante un público preparado para la escena imprevista que iba en él a representarse. Tengo una idea confusa de que hablaron, leyeron y dijeron versos algunos otros: confundo en este recuerdo al conde de las Navas, a Pepe Díaz…, no sé…, pero era cuestión de prolongar y dar importancia al acto, que no fué breve. Íbase ya, por fin, a cerra la caja, para dar tierra al cadáver, cuando Joaquín Massard, que siempre estaba en todo y no era hombre de perder jamás una ocasión, no atreviéndose, sin embargo, a leer mis escritos con su acento italiano, metióse entre los que presidían la ceremonia, advirtióles de que aún había otros versos que leer, y como me había llevado por delante, hízome audazmente llegar hasta la primera fila, púsome entre las manos la desde entonces famosa cartera del capitán, y halléme yo repentina e inconscientemente a la vera del muerto, y cara a cara con los vivos.

El silencio era absoluto: el público, el más a propósito y el mejor preparado; la escena solemne y la ocasión sin par. Tenía yo entonces una voz juvenil, fresca y argentinamente timbrada, y una manera nunca oída de recitar, y rompí a leer…, pero según iba leyendo aquellos mis tan mal hilvanados versos, iba leyendo en los semblantes de los que absortos me rodeaban, el asombro que mi aparición y mi voz les causaba. Imaginéme que Dios me deparaba aquel extraño escenario, aquel auditorio tan unísono con mi palabra, y aquella ocasión tan propicia y excepcional, para que antes del año realizase yo mis dos irrealizables delirios: creí ya imposible que mi padre y mi amada no oyesen la voz de mi fama, cuyas alas veía yo levantarse desde aquel cementerio, y vi el porvenir luminoso y el cielo abierto… y se me embargó la voz y se arrasaron mis ojos en lágrimas… y Roca de Togores, junto a quien me hallaba, concluyó de leer mis versos; y mientras él leía… ¡ay de mí!, perdónenme el muerto y los vivos que de aquel auditorio queden, yo ya no los veía; mientras mi pañuelo cubría mis ojos, mi espíritu había ido a llamar a las puertas de una casa de Lerma, donde ya no estaban mis perseguidos padres, y a los cristales de la ventana de una blanca alquería escondida entre verdes olmos, en donde ya no estaba tampoco la que ya me había vendido.

¡Feliz aquel cuyo primer amor se malogra! ¡Desventurado aquel cuyo primer delito es una rebelión contra la autoridad paterna! Al primero le abre Dios el paraíso terrenal: del segundo no deja que repose la conciencia.


Cuando, volviendo de aquel éxtasis, aparté el pañuelo de mis ojos, el polvo de Larra había ya entrado en el seno de la madre tierra: y la multitud de amigos y conocidos que me abrazaban no tuvieron gran dificultad en explicar quién era el hijo de un magistrado tan conocido en Madrid como mi padre.

Pero, ¿sabe usted, mi buen Velarde, quién era entonces, lo que valía y cómo y por quién llegó a ser famoso su agradecido amigo?


V.

Continúo, pues, mi relato, tomándolo en el mismo cementerio de Fuencarral, donde lo dejé.

Rompiendo por entre los amigos que me abrazaban, los entusiastas que me felicitaban y los curiosos que absortos me contemplaban, enfundado en mi gran surtout de Jacinto Salas y circundado por mi flotante melena, un mancebo pálido y aguileño, de resueltos modales y de atrevida y casi insolente mirada, me asió cariñosamente de las manos, diciéndome: «Tenga usted la bondad de venirse conmigo, para presentarle a dos personas que desean conocerle.» Seguíle, y sacándome de aquella confusión, me hizo subir a una cómoda y elegante carretela, cuyos dos asientos, uno del fondo y otro de adelante, estaban ocupados por dos individuos del sexo feo, cuya fisonomía no podía yo ver ya bien, porque ya era casi de noche. Saludáronme y correspondíles; colocáronme en el asiento de honor; colocóse mi presentador en frente de mí; cerró el lacayo la portezuela, y a la voz del de mi izquierda, que dijo: «Calle de la Reina», salieron a un resueltísimo trote las dos poderosas yeguas que nos arrastraban: y, como dicen los mejicanos, «de las vidas arrastradas, la mejor es la del coche», y aquella carretela inglesa estaba maestramente montada sobre sus muelles. Hablábanme dos, de los tres con quienes en ella iba, y contestábales yo, sin recordar ya de lo que hablamos, y sin saber entonces con quiénes, en la semioscuridad crepuscular.

La dirección dada a la calle de la Reina, era a la fonda de Genyes, que era entonces lo que hoy Fornos y Lhardy; de donde yo deduje que mis nuevos amigos moraban o comían en ella habitualmente, puesto que el nombre de la calle había bastado al cochero para sentar en firme sus yeguas a la puerta de la fonda. En un gabinete estaba preparada una mesa con tres cubiertos; añadieron el cuarto para mí; desembarazáronse ellos de sus abrigos exteriores, quedándome yo con el mío por razones que no son del caso; sentámonos a la mesa y presentóme mi presentador a mis comensales. El de mi derecha era Buchental, llegado a Madrid hacía pocos meses; nuestro anfitrión era un rubio como de cuarenta años, de amenísima conversación, con la cual demostraba que había viajado mucho, de cuyo nombre no me he podido volver a acordar, a quien no he vuelto a ver más y por quien no tuve ocasión de preguntar a mi resuelto y aguileño presentador: que era ni más ni menos que Luis González Brabo, antes de ser diputado, embajador y ministro. Desde aquella tarde fue para mí Luis, como yo para él fui Pepe; la suya fue la primera mano en que me apoyé para poner mi pie derecho en el primer escalón del efímero alcázar de mi fama: y desde entonces, no he tenido un más bravo amigo que González Brabo. No era por entonces más que tijera en no recuerdo qué periódico; pero según fue ascendiendo por la escala de la fortuna, se volvió a mi desde cada peldaño que subía, a tenderme aquella misma mano con que me sacó del cementerio; pero mi objetivo, como hoy se dice, no era la política, y con tanta pena suya como desdén mío, le dejé subir solo. Ignoro lo que fue Luis Brabo social o políticamente considerado, porque he vivido veinte años fuera de España y once en América, sin correspondencia con Europa; cuando volví a Madrid, en 1866, era presidente del Consejo de Ministros y decían que tenía la nación en sus manos; pero para mí fue el mismo Luis Brabo, que me la tendió como en 1837; el primer amigo del poeta Zorrilla.


Aquí dirá usted, mi querido poeta Velarde: ¿cómo el primero? ¿Pues y los Villa-Hermosa y los Madrazo, y Assas y Miguel Álvarez y Fernando de la Vera, sus condiscípulos de Universidad y del Seminario? ¿Y Joaquín Massard y Roca de Togores, cuyas manos tomaron de las de usted los versos que le abrieron las puertas de la sociedad y le dieron la nombradía? Los Villa-Hermosa, los Madrazo, Álvarez y de la Vera, eran los amigos de mi niñez: los del estudiante y del condiscípulo; los amigos cariñosos, casi hermanos, del mancebo que iba a ser hombre; la casualidad llevó a Massard a la Biblioteca y me puso al lado de Roca de Togores en el cementerio; pero Luis Brabo buscó el primero al poeta y no abandonó jamás al amigo. La primera obligación del narrador es ser verídico: la del hombre bien nacido, la de ser justo: la del hombre noble, ser agradecido. Desde la fonda me llevó Luis Brabo, orgulloso de llevarme, al café del Príncipe, donde hallé a Bretón, a Ventura, a Gil y Zárate, a García Gutiérrez, que me reconoció y con quien trabé pronto amistad; al buen Hartzenbusch, a quien quise desde aquella noche como a un hermano mayor, y que fue parte y testigo de sucesos íntimos y posteriores de mi vida, y, en fin, a la mayor parte de los que por entonces figuraban en las letras y en las artes.

No sé quién me llevó, a las diez, a casa de Donoso Cortés, que aún no era el marqués de Valdegamas: allí encontré a Nicomedes Pastor Díaz y a don Joaquín Francisco Pacheco, quienes, con el conocido jurisconsulto Pérez Hernández, estaban tratando de publicar su periódico El Porvenir. Preguntáronme mil cosas: examináronme, sin que de ello me apercibiera, de lo que había aprendido en el colegio; indagaron lo que había leído, lo que me había propuesto. Yo era un chico, no cumplí veinte años hasta cuatro días después del de la muerte de Larra: estaba animado por el éxito de aquella tarde y por los plácemes y aplausos que acababa de recibir en el café del Príncipe; recitéles mi destartalada composición «A Venecia», el romancillo de unos Gomeles que corrían por la vega de Granada, y unas redondillas a una dueña de negra toca y monjil morado, que sea dicho de paso y con perdón de mis admiradores, pero en Dios y en mi ánima creo que no sabía yo entonces lo que era monjil, según el color morado episcopal de que le teñí. Donoso y sus amigos debieron apercibirse de mi poco saber; pero se fascinaron con las circunstancias fantásticas de mi aparición, y con la excentricidad de mi nuevo género de poesía y de mi nueva manera de leer, y me ofrecieron el folletín de El Porvenir con 600 reales mensuales; único sueldo que en este periódico se debía de pagar, porque iban a escribirle sin interés de lucro, en pro de su política comunión. Diéronme a traducir para el periódico uno de los infantiles cuentos de Hoffmann, y a las doce me llevó Pastor Díaz consigo a su casa. Pastor Díaz, cuya alma de niño simpatizó con la ignara candidez de la mía, me entretuvo hasta muy avanzada hora, desde la cual hasta la de su muerte, me tuvo el más fraternal cariño.

No era ya aquélla la de volver a recogerme a la bohardilla del cestero, y… a pesar del frío, vagué por las calles hasta el nuevo día, abrigado interiormente con el champagne y el café de mi generoso y desconocido anfitrión, y exteriormente, sostenido con la esperanza y las ilusiones de mis aún no cumplidos veinte años.


No recuerdo yo donde me amaneció; pero a las ocho estaba ya a la cabecera de la cama de Álvarez, contándole mis venturas del día anterior; de las cuales nada sabía, no habiéndole yo podido buscar desde que hacía veinte horas me había separado de él, para ir a llevar mi carta a El Mundo y mis versos a Massard. Asombróle primero lo sucedido; alegróle después; lloramos, reímos, ayudéle a vestir, y saltamos y cantamos alrededor del chocolate como los indios de Fenimore-Cooper alrededor del postre de la guerra; la patrona creyó que nos había caído la lotería.

Como si tal nos hubiera acontecido, nos echamos a la calle y comenzamos a dar fin a los pocos duros que le quedaban a Álvarez; declarámonos los dos modernos Pílades y Orestes; presentéle yo a cuantos me presentaron; presentóme él a la que después fue mi mujer, y cuando llegaron a nuestras manos mis primeros treinta duros de El Porvenir, de Donoso, nos creímos dueños del Universo.


Si quieres recibir un aviso en tu mail cuando publiquemos alguna entrada relacionada con Mariano José de Larra, rellena el formulario de contacto e indica "Larra".  

Saludos,

Javier Alonso García-Pozuelo