Reseña de «Toda pasión apagada», de Vita Sackville-West

RESEÑA DE «TODA PASIÓN APAGADA», DE VITA SACKVILLE-WEST (Alfaguara, 2016), por
Manu López Marañón
Vita (apócope de Victoria) Sackville-West, fue para Virginia Woolf :
«una alta aristócrata hija de Knole, esposa de Harold Nicolson, y novelista; pero su verdadero y notable mérito son, si se me permite ser tan burda, sus piernas. ¡Oh!, son exquisitas».
Compañera, confidente y amiga de Virginia Woolf, ambas construyeron también una relación amorosa que trascendió fuera del círculo de los íntimos. A principios del siglo XX el lesbianismo era tomado en Inglaterra como una orientación sexual o emocional periódica que prosperaba alegremente en los intersticios de la vida heterosexual. El marido de Vita –un gran estadista y baluarte del Imperio Británico– compartía gustos con ella: su bisexualidad no era escondida: muy al contrario, Vita y Harold nunca tuvieron problema en comentar, mientras cenaban y al calor de la chimenea, sus conquistas. Resultó ser el suyo un matrimonio razonablemente feliz.

Es de sobra sabido que la novela Orlando de Virginia Woolf es una biografía encubierta de Vita Sackville-West y la fabulosa mansión de la familia, Knole Palace. Vita descendía de una bailarina española, amante de su abuelo. Por una disposición sálica de su propia familia no pudo heredar el palacio Knole. Para resarcirla de esta dolorosa pérdida, y agradecida también por tantos años de amoríos, Virginia Woolf le escribió esta novela. Vivir cinco siglos de historia inglesa en la piel de un andrógino personaje real que disfruta de su sexualidad sin hacer ascos a la homosexualidad satisfizo, sin duda, a su modelo, Sackville-West.

A cambio, tuvo muy en cuenta Vita, a la hora de redactar Toda pasión apagada –que para muchos es su mejor novela–, el libro de Virginia Woolf Una habitación propia. Establecía Virginia en esa obra conexiones entre los sistemas político y patriarcal, siendo a este último al que apuntaban con seguridad y convicción sus mejores dardos de denuncia. Así, afirmaba que la independencia económica y el acceso a las profesiones de las mujeres resultaban más importantes que haber obtenido el voto; y la conclusión a la que llegaba era que:

 «para escribir novelas una mujer debe tener dinero y un cuarto propio».
La novela de Vita Sackville-West que hoy reseñamos, para dejar más claras sus intenciones, debió haberse titulado “Una casa propia”.

Al quedar viuda, Lady Slane (pese a las súplicas de los seis hijos, que la proponen turnarse su compañía en sus respectivos hogares) decide abandonar la mansión conyugal de Elm Park Gardens y trasladarse a una pequeña casa en la localidad de Hampstead, pueblo en el que siempre ansió vivir. Acompaña a la octogenaria viuda su doncella francesa de confianza, Genoux. El agente que le alquila la casa (se ha establecido que los contratos de arrendamiento sean de un año por motivos obvios), mister Bucktrout, resulta muy del agrado de lady Slane. Él será la única persona que reciba en la nueva vivienda, con los agasajos del inevitable té vespertino. Esta vida monótona, pero satisfactoria para una ex sumisa y ex complaciente esposa, se verá alterada por la irrupción    –nunca mejor dicho– de mister Fitzgeorge, un excéntrico millonario que la conoció 50 años atrás, cuando lord Slane era virrey de la India y lady Slane, por lógica, virreina. A pesar de sus iniciales reservas la anciana es atraída por el arrojo y la mundanidad de Fitzgeorge, a quien acaba por integrar en su pequeño círculo.
 

La relación entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West duró hasta 1941, cuando Viriginia decidió ser tragada por las aguas del río Ouse, cerca del cottage de Rodmell donde tanto tiempo pasó con su marido Leonard. Unos días antes del trágico desenlace, Vita había llevado provisiones alimenticias al matrimonio Woolf. Los nazis bombardeaban sistemáticamente Londres y había ya en todo el Reino Unido un estricto racionamiento.

Fue la amistad entre estas literatas algo que padeció momentos complicados (aunque bien cierto es que no tantos como los que Virginia sufrió con la única escritora que –según ella– pudo haberle hecho sombra: Katherine Mansfield. Solo la prematura muerte de la neozelandesa nos privó de saber si la Woolf estaba en lo cierto…). Al liarse Vita con su cuñada los celos atacaron con saña a Virginia. Vita y Gwen St. Aubyn habían escrito, a cuatro manos, una biografía de Juana de Arco y la Woolf fue implacable en su crítica. A cambio, Vita declaró públicamente no haber pasado de las primeras páginas de Las olas. Discutieron después ferozmente tras la publicación de Tres guineas, un ensayo de Virginia en el que denunciaba las conexiones entre sistema patriarcal, guerra y política, y por el que fue tachada por Vita «de falta de honestidad».

Sin embargo, tras el suicidio de Virginia,
Vita Sackville-West publicó el 6 de abril de 1941, en The Observer, el poema In Memoriam: Virginia Woolf, donde dejó un sentido testimonio de su amistad con la escritora fallecida.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo