Biografía de Carlos I de España (IV Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos el cuarto capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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UNA HERENCIA POR HEREDAR Y UNA VIUDA QUE ATENDER
Víctor Fernández Correas
En la anterior entrega dejábamos a nuestro protagonista tocando el clavicordio y a su Privado, Guillermo de Croy, maquinando. Sin duda, lo que mejor sabía hacer este tipo. Porque desde comienzos de enero de 1515, el primero ya era señor de los Países Bajos, pero el que pinchaba y cortaba era el segundo, en quien delegaba el entonces imberbe Carlos.

Y un año después de estrenar tal condición, a Carlos le llegó desde España la noticia de la muerte de su abuelo materno, Fernando el Católico.

—Así que también podría ser rey de España… —conjeturó el joven Carlos, dando paseos de un lado a otro de su cámara. Hacía frío aquella mañana de finales de febrero de 1516. A través de los cristales veía caer la nieve sobre Bruselas, donde ahora residía la Corte de Flandes.
—Tenéis derecho a ello, mi Señor —le aseguró Guillermo de Croy, que no se despegaba de la chimenea. Ardía un buen fuego en ella.
—Ya, pero, ¿y mi madre?
—¿Vuestra madre? ¡Ay, vuestra madre…! —suspiró el Privado.

Guillermo de Croy conocía el vodevil español como las palmas de sus manos. Juana, la heredera tras la muerte de su padre, ya venía dando sobradas muestras de estar más allá que para acá —algo que daría para hablar largo y tendido. Había que estar en su piel, aguantando esas intrigas palaciegas día sí y día también—. Así que, incapacitada la hija y muerto el padre, el heredero debía ser el nieto. Blanco y en botella.
 

Pero Guillermo de Croy miraba más allá. El vodevil español. Para verlo. Hete aquí que había otro candidato a heredar los vastos territorios del abuelo Fernando: su otro nieto y hermano menor de Carlos. ¿El nombre? Fernando. Y el Católico lo estaba criando a su lado. Conocía Aragón, todos le conocían, estaba al tanto de los asuntos que concernían a su abuelo… Y Carlos, mientras, en Flandes. Pues eso.
 

Así que, De Croy, que se olía la tostada, y deseando como deseaba que Carlos heredara todo lo heredable y más, envió a España a una persona de su confianza. Lo hizo antes de que Fernando la palmara y así dejar todo atado y bien atado. Y sí, lo dejó.

—Muy convencido estáis… —conjeturó el joven Carlos con las manos puestas en la chimenea.
—Es una cuestión de derechos. Y vos, Señor, sois el rey legítimo —replicó Guillermo de Croy sin pestañear.
 

La persona de confianza que De Croy mandó para España era Adriano de Utrecht, quien con el tiempo sería el Papa Adriano VI.
 

—¿Y sería regente de Castilla mientras viva? —preguntó Fernando el Católico a Adriano de Utrecht, al comienzo de la negociación.
—Aunque fallezca vuestra hija Juana. Basta con que designéis heredero a vuestro nieto Carlos.
—¿Y alguna cosilla más?
—¿Valdrían…? —Adriano de Utrecht sopesó la cifra a ofrecer. Una vez pensada, la expuso—: ¿qué tal 50.000 ducados anuales en concepto de ayuda?
—¡Pues que muy bien!

Visto lo visto, el trato para que Carlos heredara los territorios de su abuelo Fernando parecía más que cerrado. Pero cuando uno está a punto de dar el último paso, siempre surgen dudas. Y las de Fernando el Católico se resumían en una: si hacía bien apostando por Carlos en detrimento de Fernando, al que conocía de sobra. El extranjero y el natural de la tierra y esas cosas. Dudar, dudó, y mucho. No obstante, los pocos consejeros que le acompañaron en el trance, los que siempre estuvieron a su lado, le aconsejaron que mejor no menear lo que ya estaba acordado. Para qué más problemas, vinieron a decirle. Y es que una posible guerra civil asustaba a cualquiera. Un nieto, Fernando, de apenas 12 años de edad, por los 15 del otro, Carlos. Por mucho que éste no tuviera ni repajolera idea de lo que era bregar con los españoles —nivel Premium, sin duda—.
 

Total, Fernando el Católico abandonó este valle de lágrimas el 23 de enero de 1556 en Madrigalejo (Cáceres). En consecuencia, y una vez muerto el abuelo Fernando, el joven Carlos se convirtió en heredero de sus territorios. Hasta que llegara a España, el cardenal Cisneros y Fernando, arzobispo de Zaragoza e hijo natural del Rey Católico, desempeñarían las labores de regencia en Castilla y Aragón, respectivamente.

—Una cosa más —pidió Fernando a Adriano de Utrecht—: quisiera que mi nieto se hiciera cargo de mi joven esposa Germana. Es más, me gustaría que la pusiera bajo su amparo y protección. ¿Le transmitiréis éste mi último deseo?
—No os quepa duda de que cumplirá vuestro deseo, Señor —le aseguró Adriano de Utrecht.

Y vaya si lo hizo el joven Carlos. Como que se lo tomó muy a pecho, vamos. Lo narraremos en próximas entregas de su vida.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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