«El hermano gemelo», relato de Ambrose Bierce

El siguiente relato, «El hermano gemelo» de Ambrose Bierce, ha sido traducido por Ana Grandal, para CITA EN LA GLORIETA.
 
Ambrose Bierce
- J. H. E. Partington -

EL HERMANO GEMELO
Ambrose Bierce, traducción Ana Grandal
CARTA ENCONTRADA ENTRE LOS DOCUMENTOS DEL DIFUNTO MORTIMER BARR.

Usted me pregunta, puesto que tengo un hermano gemelo, si alguna vez presencié algún suceso que no pudiesen explicar las leyes naturales que nos son familiares. A este respecto, será usted quién decida; quizás no todos estemos familiarizados con las mismas leyes naturales. Tal vez usted conozca algunas que yo ignoro, y lo que para mí es inexplicable, para usted puede ser obvio.

Usted conocía a mi hermano John, es decir, le conocía cuando sabía que yo no estaba presente; pero ni usted, ni creo que ningún otro ser humano, podría distinguirnos si se nos antojaba parecer iguales. Nuestros progenitores eran incapaces; el nuestro es el único caso que conozco de un parecido tan próximo. Hablo de mi hermano John, pero no estoy en absoluto seguro de que su nombre no fuera Henry y el mío John. Nos bautizaron como es debido, pero, más tarde, en el momento de tatuarnos con una pequeña marca distintiva, el tatuador se despistó; y aunque llevo en mi antebrazo una pequeña «H» y él lleva una «J», eso no quiere decir que las letras no hayan podido ser intercambiadas. Durante nuestra infancia, nuestros progenitores intentaron distinguirnos de una manera más obvia por medio de la indumentaria y otros trucos sencillos, pero nos intercambiábamos la ropa y burlábamos de diversa forma al enemigo con tanta frecuencia que abandonaron sus inútiles intentos y, durante los años que vivimos juntos en nuestro hogar, todos reconocieron la dificultad de la situación y lo mejor que se les ocurría era llamarnos a ambos «Jehnry». A menudo me he asombrado de la paciencia de mi padre y de que no nos grabase a fuego una marca visible en nuestra indigna frente, pero como éramos unos chicos bastante buenos y empleábamos nuestra capacidad para causar molestias e irritación con moderación encomiable, acabamos salvándonos del hierro candente. De hecho, mi padre era un hombre singularmente afable, y creo que, en el fondo, disfrutaba de esa broma pesada de la naturaleza.


Poco después de venir a California e instalarnos en San José (en donde la única alegría que nos aguardaba fue conocer a un amigo tan bueno como usted), la familia, como usted sabe, acabó destrozada por la muerte de mis dos progenitores en el transcurso de la misma semana. Mi padre murió insolvente y la casa hubo de sacrificarse para pagar sus deudas. Mis hermanas volvieron junto a nuestros parientes del Este, pero John y yo, que entonces teníamos veintidós años, gracias a su generosidad obtuvimos un empleo en San Francisco, en distintos barrios de la ciudad. Las circunstancias no nos permitían vivir juntos y nos veíamos con muy poca frecuencia, a veces no más de una vez por semana. Puesto que teníamos pocas amistades en común, el detalle de nuestro extraordinario parecido era apenas conocido. Ahora trataré el asunto por el que usted me pregunta.

Un día, poco después de llegar a esta ciudad, a la caída del atardecer bajaba yo por Market Street cuando fui abordado por un hombre de mediana edad, bien trajeado, que, después de saludarme con cordialidad, me dijo: «Stevens, ya sé que no sale mucho, pero le he hablado de usted a mi esposa y le encantaría que nos hiciera una visita. Además, creo que conocer a mis hijas lo justificaría. ¿Qué le parece venir a cenar con nosotros, en famille, mañana a la seis? Y después, si las señoras no consiguen divertirle, yo le puedo ofrecer jugar a unas partidas de billar».
   
Lo dijo con una sonrisa tan radiante y con un talante tan grato que no tuve el valor de negarme y, aunque jamás en mi vida le había visto, respondí inmediatamente: «Es usted muy amable, caballero, y estaré encantado de aceptar la invitación. Por favor, presente mis respetos a la señora Margovan y dígale que iré».
   
Tras un apretón de manos y unas cordiales palabras de despedida, el hombre siguió su camino. Era evidente que me había confundido con mi hermano. Este es un error al que estaba acostumbrado y que no solía rectificar, a menos que fuera un asunto importante. Pero, ¿cómo sabía yo que el apellido de este hombre era Margovan? Sin duda, no es un apellido que se adjudicaría al azar a un individuo, con la esperanza de que fuera el correcto. De hecho, el apellido me resultaba tan desconocido como el propio individuo.
   
A la mañana siguiente, me apresuré al lugar de trabajo de mi hermano y me lo encontré cuando salía de la oficina con unas facturas para cobrar. Le conté que le había «comprometido» y añadí que si no quería mantener la cita, estaría encantado de seguir suplantándole.
   
«Qué raro», dijo con aire pensativo. «Margovan es el único hombre en la oficina que conozco bien y al que aprecio. Cuando llegó esta mañana, y tras los saludos habituales, un extraño impulso me empujó a decir: “Oh, disculpe, señor Margovan, pero no le pedí su dirección”. Me dio la dirección, pero para qué demonios la quería no lo he sabido hasta ahora. Eres muy amable por ofrecerte a asumir las consecuencias de tu descaro, pero yo mismo asistiré a la cena, si no te importa».
   
Asistió a varias cenas en la misma casa, a más de las que le convenían, si puedo añadir sin menospreciar su calidad, puesto que se enamoró de la señorita Margovan, le pidió matrimonio y fue aceptado sin piedad alguna.
   
Varias semanas después de que se me comunicase el compromiso, pero antes de que fuera oportuno que yo conociese a la joven y a su familia, me topé un día en Kearney Street con un hombre atractivo, pero de aspecto en cierto modo disoluto, al que me sentí impulsado a seguir y vigilar, lo cual hice sin el más mínimo escrúpulo. Torció por Geary Street y siguió caminando hasta que alcanzó Union Square. Una vez allí consultó su reloj, después entró en la plaza. Deambuló de acá para allá un rato, era evidente que esperaba a alguien. Entonces se reunió con él una bella joven vestida a la moda y los dos echaron a andar por Stockton Street, conmigo tras ellos. Sentí que debía extremar la precaución, puesto que, aunque desconocía a la chica, me pareció que sería capaz de reconocerme en cuanto me viera. Torcieron por varias calles y, por último, después de que ambos echaran un rápido vistazo alrededor —que esquivé por poco introduciéndome en un portal— entraron en una casa, cuya ubicación no tengo objeción en mencionar. Esta era mejor que su reputación.
   
Declaro formalmente que mi comportamiento al espiar a estos dos desconocidos no tuvo ninguna motivación concreta. Podría avergonzarme o no, eso depende de la opinión que me merezca el carácter de la persona que lo haya descubierto. Puesto que es una parte fundamental del relato relativo a su pregunta, lo cuento aquí sin vacilación ni vergüenza.
   
Una semana después, John me llevó a la casa de su futuro suegro y, como usted habrá supuesto ya, descubrí, con gran asombro, que la señorita Margovan era la protagonista de esa aventura deshonrosa. Una protagonista de belleza deslumbrante, debo admitir para ser justos; pero esta circunstancia solo importa en la medida en que su belleza me causó tal sorpresa que me hizo dudar de que fuera la misma joven que había visto. ¿Cómo es posible que la maravillosa fascinación de su rostro no me impactara entonces? Pero no, no existía ninguna posibilidad de error; la diferencia se debía a su atuendo, a la luz y al entorno general.
   
John y yo pasamos la tarde en la casa, soportando, con la fortaleza de ánimo adquirida tras larga experiencia, las bromas ligeras que nuestro parecido siempre sugería. Cuando la joven y yo nos quedamos a solas unos minutos, la miré directamente a la cara y, con repentina seriedad, le dije:

—Señorita Margovan, usted también tiene una doble: la vi el jueves pasado, por la tarde, en Union Square.
   
Me clavó sus enormes ojos grises por un momento, pero mi mirada fue más firme que la suya y la retiró, fijándola en la punta de su zapato.
   
—¿Se parecía mucho a mí? —preguntó, con una indiferencia que me pareció un poco exagerada.
—Tanto —contesté— que me quedé tan admirado que no quise perderla de vista y confieso que la seguí hasta que… Señorita Margovan, usted me entiende, ¿verdad?
   
Se había puesto pálida, pero se mostraba absolutamente tranquila. De nuevo alzó los ojos hacia mí, con una mirada que no vacilaba.
   
—¿Qué quiere que haga? —preguntó—. No es necesario que señale sus condiciones. Las acepto.
   
Era evidente, a pesar del escaso tiempo que se me otorgó para reflexionar, que los métodos habituales no valdrían para tratar con esta chica y que la extorsión sería innecesaria.
   
—Señorita Margovan —dije con una voz que reflejaba la compasión que sentía en el corazón—, es imposible no considerarla víctima de alguna horrible coacción. En lugar de complicarle aún más la situación, preferiría ayudarla a recuperar su libertad.
   
Negó con la cabeza, reflejando tristeza y desesperación, y yo proseguí con nerviosismo:
   
—Su belleza me deja inerme. Usted me desarma con su franqueza y su angustia. Creo que, si usted pudiese actuar según su conciencia, haría lo que considerase mejor; pero si no es así… ¡Que Dios nos ayude! De mí no debe temer nada, tan solo mi oposición a este matrimonio que trataré de justificar… por otros motivos.
   
No fueron mis palabras exactas, pero sí lo que quise más o menos decir, en la medida en que me lo permitieron mis inesperados y contradictorios sentimientos. Me puse en pie y me marché, sin volver a mirarla, al mismo tiempo que los demás volvían a la sala y, con la mayor tranquilidad posible, les dije: «Acabo de desearle las buenas noches a la señorita Margovan, es más tarde de lo que pensaba».
   
John decidió acompañarme. Ya en la calle, me preguntó si había observado algo raro en el comportamiento de Julia.
   
—Me pareció que se sentía indispuesta —respondí—, por eso me fui. —No volvimos a cruzar palabra.
   
Al día siguiente volví tarde a mi alojamiento. Los acontecimientos de la noche anterior me habían puesto nervioso y me encontraba mal; intenté remediarlo y aclarar mis ideas dando un paseo al aire libre, pero me vi acosado por un horrible presentimiento funesto, un presentimiento que me era imposible formular. La noche se presentaba fría y brumosa; notaba la ropa y el pelo húmedos y tiritaba. Ante la ardiente chimenea, en bata y en zapatillas, todavía me sentí más incómodo. Ya no tiritaba, pero me recorrían escalofríos; no es lo mismo. El terror ante la inminencia de un desastre era tan fuerte y desalentador que intenté ahuyentarlo convocando una pena real y, de esta forma, disipar la noción de un futuro terrible sustituyéndola por el recuerdo de un pasado doloroso. Rememoré la muerte de mis progenitores y procuré concentrarme en las últimas escenas tristes junto a su lecho y sus tumbas. Todo me parecía impreciso e irreal, como si le hubiera sucedido a otra persona en otra época. De repente, como una cuerda tensa que se rompe a golpe de espada —no se me ocurre mejor comparación—, un agudo grito de agonía atravesó mis pensamientos. Era la voz de mi hermano y parecía provenir de la misma calle. Me abalancé hacia la ventana y la abrí de golpe. La farola situada enfrente proyectaba una luz mortecina y lúgubre sobre el pavimento mojado y las fachadas. Un policía, con el cuello levantado, se recostaba contra la jamba de un portal y fumaba tranquilamente. No se veía a nadie más. Cerré la ventana y bajé la persiana, me senté frente al fuego e intenté concentrarme en aquello que me rodeaba. Para ayudarme ejecuté un acto cotidiano y consulté el reloj; marcaba las once y media. ¡De nuevo, escuché ese grito espantoso! Parecía oírse en la propia habitación, a mi lado. Me asusté y, durante unos instantes, no pude moverme. Tras unos minutos —no recuerdo el tiempo exacto que transcurrió—, me encontré corriendo a toda la velocidad que podía por una calle desconocida. No sabía dónde estaba ni hacia dónde iba, pero al poco rato subí de un salto las escaleras de una casa ante la que se apostaban dos o tres carruajes y de cuyo interior surgían luces y murmullos confusos. Era la casa del señor Margovan.
   
Usted ya sabe lo que sucedió allí, mi buen amigo. En una habitación yacía Julia Margovan, envenenada y muerta hace horas; en otra, John Stevens sangraba por una herida de bala en el pecho, infligida por su propia mano. Irrumpí en el cuarto, aparté a los doctores y posé la mano sobre la frente de John; abrió los ojos, me lanzó una mirada vacía, los cerró lentamente y murió sin el menor gesto.
   
No supe nada más hasta seis semanas más tarde, tras ser devuelto a la vida gracias a los cuidados de su santa esposa en su propia casa. Todo esto ya lo conoce, pero le contaré lo que no sabe, aunque no tiene nada que ver con el objeto de sus investigaciones psicológicas, al menos no con la parte sobre la cual usted, con delicadeza y respeto, me ha pedido la poca ayuda que he podido prestarle.
   
Una noche de luna llena, varios años después, iba yo atravesando Union Square. Era muy tarde y la plaza estaba desierta. Cuando llegué al lugar donde presencié aquella fatídica cita me volvieron espontáneamente recuerdos del pasado y, con esa perversidad inexplicable que nos empuja a dar vueltas obsesivamente sobre los pensamientos más dolorosos, me senté en uno de los bancos para entregarme a ellos. Un hombre apareció en la plaza y vino hacia mí. Con las manos cogidas tras la espalda y la cabeza inclinada, parecía ensimismado. A medida que se acercaba a la zona oscura que yo ocupaba, reconocí al individuo que se había encontrado con Julia Margovan en ese mismo lugar años atrás. Pero había cambiado mucho: se le veía canoso, agotado y demacrado. Todo en su aspecto delataba el libertinaje y el vicio; la enfermedad no era menos evidente. Llevaba una indumentaria desaliñada y el pelo revuelto le caía sobre la frente, dándole un aire raro y peculiar. Más parecía que debía estar internado que en libertad, pero internado en un hospital.
   
Sin un propósito definido me levanté y me encaré con él. Alzó la cabeza y me miró a la cara. No tengo palabras para describir el horrendo cambio que sufrió su semblante; su mirada reflejaba un terror indescriptible. Creía que estaba frente a un fantasma. Pero era un hombre valiente. «¡Maldito seas, John Stevens!», exclamó. Alzó un brazo tembloroso, me asestó un débil puñetazo y se precipitó de bruces sobre la gravilla al mismo tiempo que yo me marchaba.
   
Alguien lo encontró allí muerto. No se sabe nada más de él, ni siquiera su nombre. Aunque si lo que se sabe de un hombre es que está muerto, eso debería bastar.
 


Traducción: Ana Grandal, 2017

Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce como traductora científica freelance desde 1996. Entre otros, ha traducido los libros de divulgación Los orígenes de la vida (Freeman Dyson, Cambridge University Press, 1999), El comportamiento altruista (Elliott Sober y David Sloan Wilson, Siglo XXI, 2000) e Inteligencia emocional infantil y juvenil (Linda Lantieri, Santillana, 2009) y la compilación de poesía incluida en Mina Loy. Futurismo, Dadá, Surrealismo (La Linterna Sorda, 2016). Cuenta con varios premios literarios, que incluyen el V Concurso de Relato Corto del Ayto. de Monturque (2004) y el XIII Premio de Narrativa Miguel Cabrera (2006). Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme (Amargord Ediciones, 2015). Coedita con Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (Amargord Ediciones, 2016), en donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales La Ignorancia y La Charca Literaria. En su faceta musical, toca la flauta travesera en los grupos de rock VaKa y Los Vitter del Kas.



Puedes leer una selección de microrrelatos de su libro «Te amo, destrúyeme», publicado por Amargord Ediciones en 2015, pinchando AQUÍ.