«Champán francés», relato de Estela Chocarro

CHAMPÁN FRANCÉS
Estela Chocarro
Ignoraba de qué se trataba, pero estaba claro que algo grave le sucedía. Era un tipo controlador, amante de las rutinas y de la vida convencional, y ver a Laura escondiéndose por las esquinas del antiguo palazzo donde se celebraba el enlace le estaba sacando de sus casillas. ¿Estaría huyendo de alguien?, se preguntó con el ceño fruncido. Pero rápidamente se convenció de lo estúpido de ese pensamiento. Era una mujer muy atractiva; por eso se casó con ella. Sin embargo se mostraba fuera de sí, con los ojos desorbitados como si hubiese visto un fantasma.
–¿Qué demonios te pasa? –le espetó al oído cuando se reunió con ella tras la gruesa cortina que separaba dos grandes salones.
–Están aquí. Lo noto.
–¿De qué hablas?
–Me vigilan. No sé lo que quieren pero van tras de mí.
–¿Pero quién?
–Ellos. Están en todas partes. ¡Oh, Flavio! –suplicó agarrándose a la manga de su traje de Armani–. No me dejes sola ¡Por favor! ¡Por favor!
Flavio Manccini miró alrededor buscando algo inusual. La mayoría de los invitados estaban ya un poco ebrios y disfrutaban de la velada. Se desasió del agarre que estropeaba la tela de su carísimo traje y, rodeándole la cintura, la condujo hacia la salida.
–Me has arruinado la fiesta, estúpida. Espera que lleguemos a casa.
No hablaron durante los veinte minutos que duró el trayecto, pero una vez traspasado el umbral de su apartamento, Flavio hizo un quiebro y se encaró con su mujer empujándola contra la pared.
–No se te ocurra volver a hacerme algo así ¿está claro? –le puso la mano en el cuello y apretó. Laura apenas podía respirar. Su tez estaba congestionada y sus ojos fuera de las órbitas por el ahogamiento.
–Me has dejado en evidencia y no te lo voy a consentir –se apartó de ella y la miró caer al suelo entre llantos y toses. Enseguida se hizo un ovillo. Como un gusano, pensó él con un gesto de absoluto desprecio. Le propinó una patada en el estómago, escupió sobre ella y se dirigió al salón. Una vez allí, encendió la televisión y se sentó formalmente en el sofá tras quitarse la chaqueta de su frac y dejarla perfectamente colgada en el respaldo de una silla. Laura tardó en moverse pero finalmente se levantó y se acercó titubeante hasta quedar plantada frente a la pantalla.
–¡Apágala! ¡Apágala! –vociferó.
–¿Es que no has tenido suficiente?
–¡Están ahí! ¡Quieren llevarme con ellos!
–¡Estoy empezando a cansarme, Laura! ¡Ve a dormir por el amor de Dios.! ¡Vamos! ¡Muévete!
–¡No! ¡No puedo ir sola a ninguna parte! ¡Me quieren matar! Están ahí. ¿Es que no te das cuenta? ¡Van a matarme!
Aquello pasaba de castaño oscuro. ¿Estaba la inútil de su esposa perdiendo el juicio? La acostó conteniéndose para no alterarse de nuevo. Pegar a Laura le dejaba exhausto, pero a veces era necesario. Cuando volvió al sofá se sentía desalentado, preocupado y solo. Si al día siguiente su mujer continuaba sufriendo aquellas paranoias, alucinaciones o lo que quiera que fuesen, se vería obligado a tomar medidas drásticas.

Cuando se levantó por la mañana, todos los aparatos eléctricos estaban desenchufados y Laura le rogó que se calentase la leche en una perola. ¡Una perola! ¡Por Dios! La radio había ido a parar a un armario, había ocultado la tele bajo una sábana y el ordenador bajo una toalla.
–¿Se puede saber qué es lo que te pasa? –bramó iracundo.
–Están en todas partes. Me vigilan. No podemos usar la radio ni la tele ni el microondas. Y mucho menos el móvil. Ya he llamado a mi jefe para despedirme. No puedo salir de casa. Sería mi final, compréndelo.

Aquel fue el día más largo y vergonzoso de su vida. No dio pie con bola en toda la jornada. Laura lo llamaba al teléfono fijo de la sucursal cada diez minutos, aterrada, histérica, sufriendo por él, que estaba fuera de casa, y temiendo también por ella misma, que estando como estaba sola en el apartamento era una presa fácil para aquella gente. Antes de abandonar la oficina, Flavio llamó a Madrid y habló con su cuñada para ponerla al corriente de la situación y avisarle de que Laura llegaría a Barajas a las cuatro de la tarde del día siguiente. Aquello tenía que terminar ya o ambos acabarían en un psiquiátrico. Desde luego él no estaba dispuesto.
 

Cuando Laura vio a su hermana esperándola en el aeropuerto sintió que el cielo se abría para ella. Se abrazaron, se besaron y con las manos entrelazadas caminaron hasta el coche de Ángela. Pese a la alegría, Laura se mostraba taciturna e inquieta.
–Los he visto en el avión. Sé que eran ellos. Me han seguido hasta aquí.
–Pero ¿quiénes?
–Esa gente. Van a por mí, Ángela.
–Te voy a llevar directamente a ver a un amigo mío. Estoy segura de que puede ayudarte. Debes estar tranquila ¿de acuerdo?
–No sé. Es mejor no poner en peligro a nadie más. Se enteran de todo. Me vigilan a través de las cámaras. De tu móvil ahora mismo. Es mejor que lo apagues ¡Por favor!

El diagnóstico del psiquiatra no dejaba lugar a dudas: se trataba de una manía persecutoria de libro. Debía de haber algún problema subyacente; algo que no había compartido con nadie y que había ocasionado esa reacción. Quedaron en comenzar las sesiones diarias inmediatamente. Laura no debía pasar mucho tiempo sola y desde luego había que desconectar todos los aparatos electrónicos; hacer todo lo necesario para que se sintiera lo más segura posible.
   
Apenas había pasado una semana cuando una noticia espeluznante les llegó desde Roma: Flavio acababa de morir atropellado en un paso de cebra en pleno centro. El conductor se dio a la fuga con un coche robado y al parecer no había modo de localizarlo. El coche fue encontrado a pocas calles de distancia del lugar del siniestro.
Laura no pareció comprender la trascendencia de aquella información. Estaba perdida en otro mundo y apenas comentó nada.

Pasó un mes en el que no faltó ni un solo día a su cita con el psiquiatra. No preguntó por su marido ni habló de su vida en Italia. Tan sólo se dejó cuidar por su hermana y comenzó a salir de vez en cuando con antiguos amigos de la universidad.
–¡Cómo me alegro de que estés tan recuperada! –dijo Ángela viendo a su hermana salir de casa del brazo de un joven muy atractivo. Un compañero de la carrera con el que al parecer había mantenido el contacto durante todos los años transcurridos.
–No me esperes levantada. Volveré tarde.
La botella de champán francés llegó pronto a la mesa:
–Por que Flavio Manccini se queme en el infierno. Maldito capullo maltratador.
–Gracias Alejandro. Me has salvado la vida. Sólo espero que mi marido sufriera mucho antes de morir.
–Creo que durante un instante sintió verdadero pánico. Nunca olvidaré su expresión al ver que el coche se le venía encima a tanta velocidad –levantó la copa–: has demostrado ser una gran actriz, ¡enhorabuena por tu nueva vida!
Brindaron haciendo resonar el cristal y bebieron.
Laura volvió a levantar la mano:
–Por la libertad.
–Por tu libertad.
Bebieron una vez más, pero Laura no llegó a dejar su copa en la mesa sino que la mantuvo suspendida, la mirada fija en un punto detrás de su amigo, el gesto tenso; en pocos instantes, descompuesto.
–¡Están ahí! ¡Han vuelto! ¡Vienen a por mí!

Este relato ha sido escrita por Estela Chocarro la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirlo, total o parcialmente, que cite su fuente original.

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Estela Chocarro (Pamplona, 1973)
creció en Cárcar, un pequeño pueblo de la ribera alta de Navarra escuchando relatos y leyendas de boca de su padre, un gran contador de historias. Se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Durante sus años de estudiante hizo también varios cursos de Realización y Producción audiovisual, siempre con la ficción en el punto de mira. Trabajó en varias empresas de comunicación en Madrid y Pamplona antes de estabilizarse laboralmente y comenzar a escribir. En sus inicios se interesó también por el teatro y escribió varias obras. La idea para su primera novela El próximo funeral será el tuyo surgió indagando en viejas historias locales. Con Nadie ha muerto en la catedral sigue explorando los misterios de su tierra, Navarra.