«Dana», relato de Alberto Pasamontes

DANA
Alberto Pasamontes
La inmensa negrura de la boca del cañón de un 45 emergió de forma fantasmal entre la bruma que se formaba cada noche en la orilla del río. Al revolver le siguió un tipo que lo sujetaba con fuerza mientras me apuntaba al pecho sin ningún miramiento. Levanté las manos. Al hacerlo solté a Frank, que cayó al suelo rompiéndose la nariz contra un pedrusco lleno de aristas. Quedó boca abajo, con los dientes desperdigados por el suelo y el torso colgando del maletero de mi Studebaker, de donde todavía no habían salido sus piernas. Pobre Frank, primero un tiro en la sien,  y ahora la nariz achatada, como la de un boxeador retirado. Supuse que a ella, algún día hace mucho tiempo, quizá desde antes de casarse con él, debía de haberle gustado esa nariz. O quizá no, teniendo en cuenta la cantidad de ceros de su cuenta corriente que ahora iban a pasar a formar parte de la de Dana. La miré, inmóvil a tres metros de mí, a medio camino entre el Studebaker y el río Hudson. Por un instante, la luz de la luna encontró un resquicio por el que abrirse camino entre dos jirones de niebla e hizo brillar su melena rubia revuelta por la húmeda brisa nocturna; sus ojos verdes como la hierba en primavera saltaron asustados del tipo del revólver a mí, de mí a Frank, de Frank al tipo del revólver, y luego otra vez a mí, donde se quedaron fijos implorando alguna idea que yo, por desgracia, no atinaba a encontrar. Se acercó despacio, sin dejar de mirarme, aun a riesgo de doblarse un tobillo cada vez que los interminables tacones de sus zapatos se colaban entre las piedras del suelo. Llegó hasta mí en el mismo momento en que la sirena de una gabarra de basura que pasaba río abajo traspasó la niebla, acompañada de un hedor que, sin embargo, no me impidió percibir el olor a lavanda y manzanilla de su pelo. Con una mano la agarré del hombro y la aproximé aún más a mi pecho.

—Suéltala —gritó el tipo del revólver.

Lo miré al tiempo que obedecía, componiendo mi mejor cara de póker mientras comprobaba que sus ojos pequeños y estúpidos, semejantes a los de una oveja camino del matadero, no parecían desconfiar. Hacía mal, porque podía sentir la mano de Dana entrando con suavidad en el bolsillo de mi americana para coger mi Smith & Wesson, la misma Smith & Wesson con la que apenas una hora antes yo había practicado un agujero junto a la oreja del pobre Frank. Entonces ella levantó la cabeza y me miró. Sus labios rojos temblaron, se abrieron un segundo, y a continuación esbozaron una sonrisa helada fría como la escarcha. Cuando se separó de mí, la sonrisa se contagió a sus ojos verdes, brillantes de malicia. Me fijé en sus manos; empuñaba la pistola con un pañuelo que, supuse, en algún momento había sacado de su pequeño bolso de noche.

—¿Es esa? –preguntó el tipo del 45 con un tono de burla que no me gustó nada—. ¿La ha disparado él?

Dana asintió sin dejar de mirarme. Entonces giró la cabeza hacia el tipo, levantó el brazo y apretó el gatillo. Un trueno retumbó en el aire denso. El tipo se tambaleó un instante, y al momento una mancha oscura comenzó a extenderse por la pernera izquierda de sus arrugados pantalones grises. Aprovechando que había bajado el arma eché a correr hacia él pero, apenas hube dado un par de zancadas, la voz autoritaria y fría de Dana –y mi propia pistola encarada de nuevo hacia mí—, me dejaron clavado al suelo.

—Quieto ahí, Harry.

No lograba comprender nada, aunque un rápido vistazo a sus ojos brillantes me dejó claro que no dudaría en dispararme a mí también si no hacía lo que decía. Miré de nuevo hacia el tipo del revólver. Apretaba los dientes a causa del dolor que le traspasaba la pierna, pero había recobrado la compostura y otra vez apuntaba directamente a mi pecho. Aquello parecía haberse convertido en una especie de obsesión esa noche.

—¿Pero qué coño está pasando aquí? –acerté a preguntar con voz ahogada tras unos segundos.

Dana sonrió de nuevo.

—¿De verdad no lo has entendido todavía, Harry?
 

No tenía un espejo a mano para comprobarlo, pero estoy seguro de que la expresión de mi cara andaba a saltos entre la incomprensión más lastimera y la estupidez más bochornosa.

—Has disparado al inspector Flannagan, Harry. Has matado a mi marido y ahora pretendías hacer lo mismo conmigo para luego tirarnos a ambos al fondo del Hudson –la voz de Dana sonaba tan irreal, tan lejana—. Por fortuna, el inspector ha sospechado de ti al verte meter un bulto en el maletero en plena noche, nos ha seguido hasta aquí, y ha llegado a tiempo para impedir que acabases también con mi vida. Ha habido un tiroteo, él ha resultado herido, pero ha conseguido acabar contigo.

Tiró la Smith & Wesson a mis pies y dejó caer el pañuelo sobre las piedras. La brisa nocturna se lo llevó volando en dirección al río y en un segundo había desaparecido entre la niebla cada vez más espesa, junto con las pruebas de que sus manos delicadamente femeninas hubiesen empuñado el arma, cualquier arma, por un solo instante de su vida.

—¿Quién se va a creer semejante patraña? –atiné a decir con poca confianza.

—¿Quién no se la va a creer, Harry? –preguntó ella mucho más segura de su posición que yo de la mía mientras se acercaba a Flannagan, alias el tipo del revólver—. Es la declaración de un inspector de policía. Además, te recuerdo que en tus manos todavía hay restos de pólvora de cuando disparaste a Frank, lo que no hará otra cosa que confirmar su versión. Versión que, además, coincidirá con la mía, y no con la tuya –su sonrisa se transformó en una mueca tan compungida como falsa—. ¡Ah, no! Que tú no podrás dar ninguna versión.
 

Cuando llegó junto a él, rodeó sus hombros con sus brazos y le mordió el lóbulo de la oreja. Lo retuvo unos segundos entre sus labios y por fin lo soltó con un chasquido de la lengua. A mí nunca me había hecho eso. Luego me miró por última vez.

—¿Crees en Dios, Harry? –preguntó el inspector Flannagan—. Porque harías bien en rezar algo.
 

Supe que Dana nunca se iba a largar conmigo a México, que no se convertiría en mi esposa ni allí ni en ninguna otra parte, y que yo nunca llegaría a disfrutar de la cuenta corriente de Frank junto a ella. Supe que, en realidad, todos esos planes nunca habían sido para mí, sino para Flannagan. También tuve claro que, a pesar de lo que dijera el inspector, de haber creído en Dios ni siquiera él me habría podido salvar el pellejo en esta ocasión.


© Alberto Pasamontes, II Semana Negra en la Glorieta, mayo 2017.

«Dana» ha sido expresamente escrito por Alberto Pasamontes para la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este texto en la Red que cite su fuente.


Alberto Pasamontes (Madrid, 1970) estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, «Entre la lluvia», adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con «La muerte invisible», una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.