«La hora exacta», relato de Francisco Escolano

LA HORA EXACTA
Francisco Escolano
No me gusta leer, y creo que comparto esa desafección con la mayoría de mis invitados. Ocurre, sin embargo, que junto a mi condición heredé de mi padre una suntuosa biblioteca, repleta de volúmenes bellos y raros, que hoy en día concita las fiestas más sinceras en honor a la apariencia de cuantas suceden en esta ciudad.

Así, nuestras sesiones en el Congreso sirven de bronco prólogo a tácitas orgías donde el poder se desliza entre el tacto amable de ediciones antiguas, efluvios de oporto y volutas que escupen caleidoscópicas pipas de espuma.

Siendo la novedad editorial el acicate de nuestro borboteo político cabe imaginar mi disgusto ante los frecuentes fracasos de mi criado. Ayer tuvo la osadía de presentarse ante mí con las manos vacías, aduciendo con gesto patético que los libreros más reputados se ven tan sobrepasados por mis exquisiteces que más les valdría purgar de incunables los anaqueles de la Biblioteca Nacional.

Tenía pues que conseguir un nuevo tesoro y pronto, así que esta mañana salí temprano decidido a recorrer hasta los mercadillos más huraños, en especial aquellos que pueblan las márgenes del río.

Tras horas de intensa búsqueda, reparé por fin en un puestecito sombrío. Allí, herida por los rayos declinantes del ocaso, destacaba la escuálida figura de un niño. Tan andrajoso me pareció que lo habría tomado por un ladronzuello de no ser por la reprimenda que recibió de su padre, un ser aceitoso, sagaz y desgarbado que se afanaba en manosear su mercancía al tiempo que propalaba contraofertas con una voz untuosa y siseante.

El niño fue bruscamente arrancado de su ensimismamiento. Se vio obligado a apartar un volumen de su regazo y posarlo sobre un montón descuidado de novelitas a granel. Aún abierto a la luz mortecina aquel libro despedía un brillo cegador. Al aproximarme descubrí que su caligrafía me era del todo desconocida. Se asemejaba más a un tratado matemático que a una sucesión de fábulas pues sus símbolos eran un arcano para mi domesticada ignorancia.
El tono sumiso del librero mudó abruptamente nada más paseé las yemas de mis dedos por aquellas páginas grabadas en oro. Me espetó un escueto “no está en venta” que no hizo más que excitar mi fetichismo. Golpeé con suavidad su espalda vuelta con un fajo de billetes nuevos pero no obtuve respuesta. Vacié una bolsita de monedas de oro buscando el maridaje del tintineo y la noble fusión de aquellas sustancias tar hermanas en su física como opuestas en su función, y nada cambió. “Recuerdo de familia. Seguro que usted es tan sensible como yo al influjo del pasado”, dijo cerrando con sumo cuidado el libro
.

 Atrapado en la jaula de mi embriaguez comencé a hilvanar un discurso vagamente coherente, como el famoso juego de retruécanos efectistas que despliego en los debates. Pero ese intento fracasó. Así que recurrí a la amenaza, arma utilísima entre la gente sencilla. El librero quedó gravemente impactado por mis acusaciones de brujería, sugeridas por una maldad valientemente inspirada por los signos cabalísticos que había creído identificar en la cubierta, ocluida ahora por la mano tierna y menuda del infante.

Sus ojos, redondos y grises, contenían a duras penas a unas pupilas implorantes que se abrían intermitentemente a la oscuridad como si quisieran dejar salir un mar de tinieblas. Consciente de lo que estaba en juego —la vida de su hijo o el libro— éste último acabó entre mis manos mientras su antiguo dueño no admitía pago o tasa algunos por aquella extraña transacción, al menos no de inmediato: “Si dentro de unos días sigue satisfecho con su compra aceptare, no sin disgusto, esas monedas suyas” — dijo.

Cuando llegué a casa me apresuré a exhibir ante mi criado el trofeo de caza que, emergiendo del forro de mi capa revelaba su incompetencia. Desoyendo educadamente los pormenores de mi industria me llevó un caldo a la biblioteca y salió de allí sin mediar palabra, consciente de que el libro era uno más de mis efímeros caprichos.

Así fue como quedé a solas, frente a frente, con ese “libro de libros” que tanta y tan duradera expectación iba a despertar en las solícitas mentes de mis colegas. Tardé más de lo habitual en seleccionar una pipa adecuada a la ocasión y alargando en mi corazón el rítmico tic-tac de mi reloj de pared me sumergí, entre hiladuras coloidales de fina aroma, en la exploración ritual de aquel objeto misterioso.

Suele hacerse de la necesidad virtud cuando no se tiene virtud. De tal guisa era mi rendición incondicional ante aquellos garabatos que cruzaban sus trazos jugando con las leyes asociativas de mi cognición. Ni los signos de nigromancia existían tal como yo había sugerido ni tampoco hallaba epíteto alguno en las configuraciones que poblaban el frontispicio.

Aquello era pura apariencia, mi paraíso mil veces perdido y otras tantas hallado al que ahora me asomaba para quedarme en él, para devorarlo con la fruición eterna de la vida que vampiriza el absurdo para sobrevivirlo.

No entendía absolutamente nada de lo allí consignado, y sin una mínima comprensión no se puede urdir el engaño. Suelen los niños embobarse en diseños laberínticos, intentar descifrarlos e incluso conferir una semántica particular a los caracteres, especialmente si estos son manuscritos. Desdeñada cualquier lengua, muerta o viva, de simbología poco común, tan sólo me quedaba otorgar a la imaginación propia de las primeras edades el reinado sobre aquellos folios.


Al principio encontré sumamente divertida esa característica que permitía al lector identificar su infancia con una determinada cadencia simbólica y en seguida comprendí el poder que tenía entre mis manos: un instrumento de confrontación personal más punzante que un espejo roto, más sincero que las reflexiones de un lunático y al tiempo tan predecible como su colapso.

Dieron las once en el carrillón oblongo traído de la China. Afuera la tormenta arreciaba y la mezcolanza de sones temporales y celestes acribillaba mis sienes atrapadas en un sinsentido, pues al volver la página encontré el resto ¡en blanco!

Pero yo había visto esas hojas escritas…y por tanto no cabía estafa posible. Mi pulso se aceleró y bajo los efectos de una terrible opresión observé descompuesto como la tinta se extinguía al reiniciar la lectura. Aquella obra viva parecía jugar al gato y el ratón con mis esfuerzos, vanos casi siempre y perezosamente fructíferos en ocasiones contadas e impredecibles. Pronto fui capaz de identificar un punto límite más allá del cual el texto se cegaba y huía cobarde del papel.

Medianoche, la una, las dos, tic-tac. Agotado por un esfuerzo mental sin precedentes en mi consciencia cedí al sueño y mi nuca se desplomó sobre el rígido cabezal de mi sillón. En seguida fui atacado por una pesadilla de lo más triste y ominoso. A saber, que aquel niño andrajoso había muerto de pena al separarse de su fiel amigo ilustrado, cordón umbilical inefable de su existencia. Y el padre, hundido en la sima más profunda del desánimo humano había decidido enterrarlo entre sus libros. Aquel rostro inanimado miraba a las estrellas desde unos ojos apagados, asomando su naricita sobre un mar de compendios, manuales, tomos y volúmenes raídos que sustituían a la tierra en su cruel labor de descomponer aquel cuerpo inocente. El viento del otoño barría la escena mientras el padre se alejaba de ella cuando yo me topé con él devolviéndole el maldito objeto de mi deseo. Tomó sudoroso y desencajado el libro sin título y lo hundió en aquel océano de tinta que componía un túmulo singular. Y allí se quedó, envuelto en el viento, a quemar su existencia en la contemplación de su retoño.

La tumefacción emocional se trasladó a mi cerviz y me desperté dolorido y sobresaltado, como si el sudor seboso de aquel hombre se hubiera destilado en la emulsión de mi alma ruinosa.

Hallé el pasmoso libro sobre la alfombra en tal estado que el desconcierto dio paso al horror pues de las níveas páginas había emergido una especie de confesión escrita en sangre azul. Sí, aquel olor acre era inconfundible y por una vez la caligrafía era perfectamente comprensible. Tanto era así que me señalaba como el autor del crimen que acababa de soñar. ¿Puede la realidad camuflarse en el fondo del espíritu, agazapada hasta hacerse corpórea en el instante más vil? Puede, y la vileza favorece tanto más este estado de cosas cuanto mayor suponemos nuestra inmunidad. 


Y la confesión era más una compresión de la historia de aquella obra extraña que una diatriba contra mí. Al parecer el verdadero sentido de aquel texto era absorber el saber adquirido a lo largo de siglos de tradición librera y compendiarlo de tal forma que recompensase a quien lo hubiera paladeado o amado sinceramente. Así, aquel instrumento antiquísimo mitigaba las miserias terrenales dando pábulo a un particular sentido de la vida que pretendía triunfar sobre la apariencia más que ser un sucedáneo de ella. Cuando yo aparté a ese miembro de su cuerpo, cuando cercené la conquista de las gentes sencillas, cuando fundé la ciudad de mis deseos sobre los escombros de los inocentes su vida cayó en el absurdo de la muerte.

Dicen que el odio se cura antes que el desprecio. Entonces me sentí yo en aquel punto inestable que media con dificultad entre ambos extremos. Difícil equilibrismo que llevó a transmutar mis lágrimas en ácido humeante, la corrosión del ser cuando ese verbo nos queda demasiado ancho. Y el libro se defendió como pudo: su conocimiento intrínseco se masificó como un magma caliente que quemó las palmas de mis manos y lo arrojé al suelo entre imprecaciones hondas y dignas a mi parecer.

Un halo de tejido chamuscado se extendió en derredor del libro infame. Y al punto las voces multiligües y mudas soterradas en los exquisitos volúmenes de mi biblioteca más preocupados por su doliente colega que celosos de mí vinieron a materializarse en corrientes caligráficas que volaron hacia mí penetrando en mi seres como estiletes purificadores.

Y mis sentidos todos se saturaron de una energía tan doliente como breve, pues aquellos rayos antinaturales atravesaron con presteza mi cráneo cuya base carnal se descomponía en jirones putrefactos. La letra entró con sangre una vez más y lo hará siempre que el imbécil palpitante, aquel ser que manosea y desprecia tanto al conocimiento como a sus pretendientes, se erija en juez y parte del sentido de la vida.

En cuanto a mí sólo me queda contemplar cenitalmente la escena en la que ese portento ejerce de vórtice y concede cierta libertad a mi espíritu, toda vez que el reloj oblongo aceleró su ritmo, tic-tac, y marcó la hora exacta de mi muerte.
 

FIN DE “LA HORA EXACTA” Max Ent 

Este relato ha sido escrito por Francisco Escolano para la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original.


es científico y divulgador (visión artificial, robots, sistemas complejos). La obra de Edgar Allan Poe inspiró su gusto por la ciencia ficción y le abrió las puertas de la literatura fantástica. Prefiere el “what if” (“¿qué pasaría si...?”) al aproximarse a un personaje y aplicar sobre él un mimetismo cinematográfico. La música rock también juega un papel esencial. “El Desafío Poe”, su primera novela, guarda un estrecho paralelismo con la versión musical de la obra del escritor, tal como se cuenta en “Tales of Mistery and Imagination”, primer disco de “The Alan Parsons Project”. Así, jugando con el arte total, Escolano construye un universo posible sobre lo que podría haber sido la novela póstuma de Edgar Allan Poe.