Reseña de «Entre la lluvia» de Alberto Pasamontes

RESEÑA DE «ENTRE LA LLUVIA», DE ALBERTO PASAMONTES (Ediciones Beta, 2014), por
Manu López Marañón
Para «Entre la lluvia», primer caso protagonizado por el inspector jefe Goyo     –odia que lo llamen Gregorio– Barral, ha elegido Alberto Pasamontes (Madrid, 1970) el absorbente esclarecimiento de la muerte de un transexual, cuyo cuerpo aparece desfigurado por una brutal paliza en un descampado cercano al puente de Andalucía.

Llama mucho la atención la importancia que el autor otorga a la comisaría donde pasan buena parte del día no solo el protagonista principal, también su jefe (el comisario Ricardo Quiroga) y sus principales subordinados (la inspectora Carmen Alonso y los subinspectores Rafael Márquez y Emilio Salgado). Esta comisaría que no existe («su distribución y organización está totalmente sacada de mi cabeza», aclara
Alberto en la nota introductoria del libro) pero que vamos a ubicar en la zona centro de Madrid, aun no teniendo demasiado en común con las norteamericanas, por el alto porcentaje de capítulos en que aparece y, sobre todo, por los acontecimientos que tienen lugar entre sus paredes –de capital importancia para la resolución de la trama– nos trae a la memoria aquella comisaría de Manhattan que casi protagonizaba la película «Brigada 21» («Detective story», William Wyler, USA 1951) y también la de la inolvidable serie de los años 80 «Canción triste de Hill Street».

Al igual que en la película y en la serie, considero un acierto de «Entre la lluvia» saber atrapar la rutina diaria de una comisaria, acomodando el realismo cotidiano de aquellas épocas pasadas a las vicisitudes y adelantos propios del siglo XXI: las reuniones del equipo de investigación, los interrogatorios de sospechosos, las entrevistas con periodistas, la llegada de informes forenses y de atestados de los peritos sobre la escena del crimen, el visionado de lo grabado por cámaras de seguridad, la redacción de informes... Incluso en esta comisaría madrileña (en la que el café es horrendo hasta que los policías compran, poniendo un bote, una cafetera de cápsulas) el laboratorio de la policía científica se encuentra en su planta inferior.

Igualmente certero se encuentra
Alberto Pasamontes a la hora de reflejar diversos escenarios de importancia para su narración. Así, ámbitos laborales como la selecta clínica estética Magerit o los gélidos departamentos de Siviscoa; espacios domésticos como el propio hogar del inspector jefe Barral o el apartamento donde vivió Sonia y –sobre todo– esas asépticas urbanizaciones de lujo en las que nadie se conoce y donde el único ser vivo que uno halla es el guardia de seguridad.

Como Kirk Douglas en «Brigada 21» Goyo Barral tiene una complicada situación familiar: los problemas inherentes a la adolescencia de su hija Adriana y la situación laboral de su mujer Marta, una enfermera de hospital pendiente de saber si va a quedarse en la calle por un ERE, lo acompañan malamente durante la resolución de este caso. Menos violento que Jim McLeod (aunque bastante temperamental como lo prueban sus frecuentes ataques de cólera), pero igual de estricto en el cumplimiento de sus funciones, corresponde Barral a ese tipo de inspectores capaces de olvidarse hasta de dormir mientras lo que les ocupa sigua sin resolverse.

El equipo de investigación que asiste a Goyo Barral queda muy bien perfilado. Los subinspectores Márquez y Salgado colaboran con su experiencia y eficacia a desentrañar los complicados crímenes, pero es la inspectora Alonso, una treintañera que añade a su atractivo físico capacidad de iniciativa e intrepidez, quien jugará un papel trascendente. Destacar también a ese buen puñado de secundarios como el elocuente chapero Jorge Gil, la sufrida esposa de Carlos Maldonado (Marina Vergara) y Sandra Blasco, la cínica ex mujer del director general de Siviscoa.
 
A la muerte del transexual sigue el asesinato (de un tiro en la cabeza) de Carlos Maldonado, vicepresidente e ingeniero jefe en Siviscoa, empresa puntera especializada en el diseño y fabricación de sistemas de navegación y comunicaciones para aeronaves, buques y vehículos terrestres. Al descubrirse que el transexual Sonia García se dedicaba a la prostitución de lujo, y de cómo visitó un apartamento que la empresa Siviscoa tiene dispuesto de forma permanente para las visitas que hacen noche, las principales sospechas recaen sobre sus directivos, principalmente sobre Maldonado.

Con el asesinato sin resolver de un chapero, allá por 1993, la trama se diversifica, pero siempre sin perder su norte, bien guiada por el autor, quien, gracias al innato sentido del ritmo y a una hábil dosificación de las evidencias que arroja la investigación, nos lleva de su mano hasta la misma detención del culpable, en unos capítulos finales –eso sí, explosivos– en los que se mezclan unos importantísimos documentos de la OTAN, la embajada iraní en Madrid, el aeropuerto de Cuatro Vientos, y hasta unos certeros disparos que la inspectora Carmen Alonso efectúa sobre el tren de aterrizaje de un avión impidiendo así que el culpable huya
.


Esta reseña ha sido escrita por Manu López Marañón para la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo