Biografía de Carlos I de España (VII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.

¡CUÁN DURO DE PELAR SON ESTOS CASTELLANOS!
Víctor Fernández Correas
Dejábamos en la anterior entrega de este repaso a la vida de Carlos I de España y V de Alemania arreglando las cosas con su madre para ser rey. El camino se lo allanó Chièvres, dicho sea de paso, pero ahí tenía que estar él, ante su madre, mostrando cariño y tal. El trono de Castilla ya era suyo y sólo quedaba refrendarlo en Valladolid, ante sus Cortes. Y eso fue otro percal. Y menudo percal.

Para empezar, Carlos entró en Valladolid a lo grande, exhibiéndose a gusto. Como queriendo decir: “Que os quede claro quién os va a gobernar a partir de ahora”. Él lo tenía claro, desde luego. Los vallisoletanos, en particular, y los castellanos, en general, no tanto. ¿Qué vieron unos y otros? Mucho poderío, sí, pero también demasiados extranjeros. Y todos ellos rodeando la figura de un imberbe Carlos, que apenas sobrepasaba los diecisiete años.


―Así que ése es el hijo del rey Felipe…

―Él es.
―¡Que nuestro Señor nos proteja si es igual de malo que el padre! 

Este diálogo, mantenido por dos vallisoletanos presentes en tan peculiar desfile por las calles de la ciudad, se repetía de boca en boca. Porque ésa era la realidad: Carlos era el hijo de Felipe el Hermoso, del que allí no se guardaba buen recuerdo, precisamente.

―¡Virgen santísima, pero si es un crío!

―Pensaba que sería más mayor…
―¡Que nuestro señor nos proteja si éste es quien ha de gobernarnos! 

Ése era otro detalle que tampoco convencía en demasía a la gente de Castilla: la edad de Carlos. Bisoño, por no decir inmaduro, comparado con los gobernantes a los que estaban acostumbrados: Isabel y Fernando, el cardenal Cisneros… Y que, además, quien caía simpático de verdad era Fernando, su hermano menor.

Total, que gran demostración de poderío del joven Carlos y su entorno, pero poco calor y escasa recepción entre los castellanos. A modo de ejemplo, los pobres arcos triunfales levantados en su honor por las calles que atravesó el desfile. El cronista Lauren Vital, a modo de disculpa, llegó a decir que la gente de Valladolid “no tiene costumbre de estas cosas”. Con un par.

Y así, en medio de tanta pasión mostrada hacia su persona, se enfrentó Carlos a las Cortes de Castilla, que comenzaron el 9 de febrero de 1518. Más calientes que el palo de un churrero, conocedoras de los favores y mercedes concedidos a sus acompañantes flamencos. A destacar dos: el nombramiento de Chièvres como capitán general del mar en la Corona de Aragón y Almirante de Nápoles, amén de señor de distintos territorios; el obispado de Tortosa para Adriano de Utrecht -el futuro Papa Adriano VI, recordemos-; y el arzobispado de Toledo para Guillermo de Croy, de la misma edad que Carlos. O sea, la perla de la Iglesia española en manos de un crío cuyo mayor mérito era ser sobrino de Chièvres. Así que, nada de la otra mejilla. 

Las Cortes de Castilla recibieron a Carlos con tanto calor como el que se estila en la Antártida. Y en ellas, Carlos les dijo lo que esperaba de ellas: que le soltaran la guita para hacer frente a su reinado y las amenazas que se cernían sobre él. Los cortesanos, pues eso, como el palo del churrero. Y la indignación creció conforme avanzaron las sesiones. Que si tratamiento del Rey como si se tratara de una divina majestad que pedía Carlos frente al tradicional trato castellano de Alteza a sus reyes que querían las Cortes; y si era realmente cierto que Juana estaba incapacitada para ocupar el trono que le correspondía, que quién había asegurado eso y tal. Pues eso, las Cortes más mosqueadas que un pavo en Navidad.

No obstante, aquéllas finalizaron de manera favorable para Carlos: 200 millones de maravedíes a pagar en tres años. Eso sí, siempre que se comprometiera -aparte de a aprender castellano- a no conceder más cargos a extranjeros y que el infante Fernando no saliera de España hasta que Carlos tuviera hijos.

Una vez finalizadas las Cortes, Carlos respiró. Y fue cuando decidió dar cumplida respuesta a una de las exigencias de su abuelo Fernando: que alguien cuidara de su mujer, la joven y guapa Germana de Foix, una vez muerto él. Y vaya que se ocupó Carlos de ella. Lo contaremos en el próximo capítulo.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de CITA EN LA GLORIETA, ayúdanos a crecer, siguiendo el blog. Puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

¡Muchas gracias!