Biografía de Carlos I de España (VIII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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¡GERMANA, ¡AY, MI GERMANA! MANOJITO DE CLAVELES…
Víctor Fernández Correas
Acabamos la anterior entrega con Carlos resoplando tras superar las Cortes de Castilla reunidas en Valladolid. Lo más parecido a ir al dentista. De ellas salió indemne, dentro de lo que cabe. No obstante, Carlos tuvo que acudir a ellas en más ocasiones, con resultados no siempre tan positivos para sus intereses. Pero no adelantemos acontecimientos.
   
Porque, una vez superado aquel trámite, trató de cumplir con una de las últimas voluntades de su abuelo Fernando: que, a su viuda, la joven Germana de Foix, no le faltara de nada y que, en la medida de lo posible, alguien se apiadara de tan joven y desvalida muchacha. «No le queda, después de Dios, para su remedio sino solo a vos», le rogó Fernando. En consecuencia, tenía que volcarse con Germana. Y a conciencia.

Recordemos que Carlos, a estas alturas, frisaba la tierna edad de 18 años y Germana le sacaba 11. Y es que fue verla… Y eso. Chiribitas en los ojos, unos ardores repentinos y la entrepierna gritando libertad sin ira. Las crónicas de la época revelan que, ya en su primer encuentro, Carlos «besó y saludó a la Reina», lo que equivale a decir que le entró por los ojos, pero bien. De hecho, su cronista, Laurent Vital, dejó escrito que “oí decir que había conquistado entonces el amor de una dama”.

En definitiva, que le pegó fuerte. Germana aún estaba de muy buen ver, lejos de sufrir la obesidad que la traería por la calle de la amargura en sus últimos años de vida, y Carlos le demostró lo enamorado -y mucho- que estaba de ella: ordenó organizar torneos en su honor, celebrar banquetes… “Y no era maravilla, porque a gentes enamoradas nada les es imposible”, escribió Vital al respecto. ¿Estaba o no estaba enganchado a Germana el bueno de Carlos? Bien, pero esto no ha hecho más que empezar.

Carlos estableció su residencia en el Palacio de Valladolid. ¿Y Germana? Siguió viviendo en su casona. ¿Lejos? Nada, a tiro de piedra uno de otra. Por lo tanto, huelga decir que se vieron, y bastante. Tanto, que Carlos ordenó que se alzase un puente de madera que uniese palacio y casona. Casi 18 años él y 29 años y viuda ella. Blanco y en botella tiene que ser leche. Aunque Laurent Vital prefiere adornar su relato de un aire bucólico que enternece. Y así habla del levantamiento del citado puente: “Para que el Rey y su hermana pudiera ir en seco y más cubiertamente a ver a la dicha reina”. Un puente aéreo en condiciones, porque Germana lo uso tanto como Carlos. Vital lo asegura: “Y también la dicha Reina iría al palacio del Rey…”.

Pues eso, que hubo tema. Y Carlos se volcó en Germana sin parar, preocupándose de que nunca estuviera sola ni tampoco tuviera ocasión para el afligimiento. Y que, desde donde estuviera, Fernando se sintiera satisfecho de haber confiado el cuidado de su esposa a tan cumplidor muchacho.

Para ir concluyendo el capítulo, la consecuencia de tanta preocupación de Carlos para con Germana se llamó Isabel. Sí, así es: dejó embarazada a su abuelastra. Con un par, el amigo.

Huelga decir que la cosa no cuajó y que cada uno tiró por su camino. Prueba de ello es que Carlos acompañó a Germana hasta Barcelona, donde se casó con el Marqués de Brandemburgo, miembro de su séquito, en 1519. Fin del asunto y cada mochuelo a su olivo.    

Vale, ¿e Isabel? ¿Qué pasó con ella? Isabel creció en la corte de la Emperatriz Isabel, esposa de Carlos -ya emperador-, alejada de su madre.

Perfecto. Segunda cuestión: ¿se supo en algún momento que Carlos era el padre de Isabel? No hasta la muerte de Germana, en 1538, y de manera muy sibilina. Eso lo sabemos gracias al denuedo de Regina Pinilla Pérez de Tudela, una profesora valenciana que andaba en Simancas recopilando información para escribir su Tesis Doctoral sobre Germana. Regina se topó con el documento en el que Germana legaba un collar de 133 perlas gruesas  “a la serenísima doña Isabel, Infanta de Castilla, hija de su Majestad, el Emperador, mi señor e hijo…”. Bingo: el padre de la niña era Carlos. ¿Y la madre? Por la boca de Germana no salió ni una palabra, pero sí por la de la persona con la que se esposó de nuevo tras quedarse viuda -otra vez- en 1525: el Duque de Calabria. Éste decidió enviar el ya famoso collar a la Emperatriz Isabel, en cuya corte -recordemos- vivía la Infanta. Y conocedor del percal como era, Fernando -sí, así se llamaba el Duque. Ganas de reincidir las de Germana, desde luego- se lo expuso a la Emperatriz por carta de la siguiente manera: “Vea V.M el legado de perlas que dexa a la serenísima Infanta Doña Isabel, su hija. V.M. mandará screvirme si es servida que se le embién con hombre propio…”. Hija. E Isabel tuvo dos con Carlos: María y Juana. No hay nada más que decir sobre el asunto.

Así que, una vez contada la cuestión de Germana, es el momento de acompañar a Carlos en uno de los momentos más gloriosos de su existencia: la coronación como Emperador. Eso será en el próximo capítulo.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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