Ejecuciones públicas en la historia de Madrid (VII), por Pablo Aguilera

Os ofrecemos un nuevo capítulo de este interesantísimo artículo sobre los métodos y lugares de ejecución pública en Madrid a lo largo de su historia. Lo ha escrito para CITA EN LA GLORIETA Pablo Aguilera, miembro fundador de LA GATERA DE LA VILLA, una iniciativa sin ánimo de lucro que publica una revista gratuita sobre historia y urbanismo de Madrid.

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Un fuerte abrazo,

Javier Alonso García-Pozuelo


Diseño: Pedro López Carcelén

EJECUCIONES PÚBLICAS EN LA HISTORIA DE MADRID (VII parte)
Pablo Jesús Aguilera Concepción
LUGARES DE EJECUCIÓN PÚBLICA

1. EL QUEMADERO
2. PLAZA MAYOR
3. PLAZA DE LA CEBADA
4. PUERTA DE TOLEDO
5. CAMPO DE GUARDIAS
6. LA CÁRCEL MODELO
7. OTROS LUGARES DE EJECUCIÓN PÚBLICOS


1. EL QUEMADERO

Los condenados al fuego eran ejecutados a las afueras de la ciudad, en un lugar dispuesto a tal efecto y en el que se alzaban, en medio de una pila de leña, los postes a los que serían amarrados las víctimas. Este patíbulo recibía el nombre de quemadero o brasero.
«Habia el tribunal mui con tiempo avisado á los jueces seculares para que previniesen en el brasero hasta veinte palos y argollas para poder dar garrote , y atando en ellos como se acostumbra á los reos aplicarles el fuego [...] Era el brasero de sesenta pies en cuadro y de siete pies en alto , y se subia á él por una escalera de fábrica del ancho de siete pies , con tal capacidad y disposicion que á competentes distancias se pudiesen fijar los palos , y al mismo tiempo si fuese conveniente se pudiese sin estorbo egecutar en todos la justicia, quedando lugar competente para que los ministros y religiosos pudiesen asistirles sin embarazo.»43

Existieron en Madrid dos quemaderos. El primero de ellos situado en el terreno comprendido entre las actuales calle de Conde Aranda y la Plaza de la Independencia, donde más tarde se emplazaría la Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá (1749-1874); el segundo quemadero estaba a la salida de la Puerta de Fuencarral, en el lugar en el que hoy en día se encuentra la glorieta de Ruiz Jiménez.
 
Vista de Madrid con la plaza de toros
-Alfred Guesdon-
(1854)


2. PLAZA MAYOR

Se tiene constancia de que la primera ejecución pública que tuvo lugar en la Plaza Mayor fue la de Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, el 21 de octubre de 1621.
«RODRIGO CALDERÓN
  Al llegar cerca de la plaza no le metieron por la calle de la Amargura como á los otros ajusticiados, sino por la de los Boteros, lo que se tuvo á distincion por don Rodrigo. Al llegar al cadalso, sin dejar el Cristo de la mano, se apeó con mucho aire, y á la puerta de una contravalla que habia, se animó, recojió el capuz sobre el hombro derecho, subió seis gradas en donde le esperaba el padre Pedrosa, y así que le vió mostró tanto regocijo que se alteró y le dijo:
—Déme la mano, padre, para subir.
Y en subiendo, como vió el cadalso sin luto dijo al padre:
—Yo no he sido traidor. ¿Me quieren degollar por detras? ¿Cómo está este cadalso sin luto?
El padre Pedrosa le dijo que no le habian de degollar sino por delante, como á caballero y fiel ministro del rey, y que si no fuese así, se lo demandase delante de Dios, y que el estar el cadalso sin luto, era estilo para con todos, y que no se divirtiese, que el demonio andaba listo para inquietarle. Se tranquilizó don Rodrigo y dijo á su confesor:
—Descansaremos un poco.
Sentáronse don Rodrigo, su confesor y el padre Pedrosa en una tarima en que estaba clavada la silla donde debian degollar á don Rodrigo, y entretanto estuvieron de rodillas los otros doce religiosos en continua oracion. Don Rodrigo hizo algunos actos religiosos, se reconcilió y rozó las letanías, en todo lo cual pasaron ya tres cuartos de hora. Y como el verdugo, avisado por un alguacil á quien habia dado la órden el alcalde de córte que asistia á la ejecucion, dijese á don Rodrigo que ya era hora, don Rodrigo se levantó y dijo á su confesor:
—Padre mio; muy contento estoy de ver que hace Dios en mí su voluntad: bueno será darle gracias y que nos confesemos para morir, y me absuelva por la bula que aqui traigo conmigo.
La cual sacó de un bolsillo, y se la entregó con la fé de bautismo y protestacion de la fé. Hecho esto, se persignó y dijo la confesion postrado de rodillas en tierra, y aunque en todas las confesiones que hizo en la prision se postraba, manifestó que en aquel momento no quería postrarse por temor de que lo tomasen los que lo veían á vanagloria. El confesor le respondió que se postrase, que por su cuenta tomaba el no ser vanagloria. Acabada la confesion se reconcilió, y al tiempo de la absolucion se volvió á postrar, y luego besó la mano á su confesor, y se fué á sentar en la silla del suplicio. Al sentarse se mejoró de asiento, volviéndose á levantar y sentar, y echó el capuz detrás de la silla, y se volvió á mirar si estaba mal puesto, y dijo al verdugo:
—¿Estoy bien?
—Sí señor, respondió el verdugo; y perdóneme usia por amor de Dios, que bien sabe que soy mandado.
—Si, amigo de mi alma, dijo don Rodrigo.
Y le llamó y le abrazó, prosiguiendo en actos de contricion oraciones para la hora de la muerte.
—Ea, señor, dijo el padre Pedrosa; esta es la hora en que usía muestre su ánimo y valentía; pues ya hemos llegado al último trance de la batalla.
—Padre mio, respondió don Rodrigo; nunca he estado más contento ni más animoso.
Despues llegó el verdugo á atarle los piés, y le preguntó don Rodrigo:
—¿Qué haces, amigo?
Los religiosos le respondieron que era costumbre hacer aquello, y don Rodrigo dijo dirigiéndose al verdugo:
—Pues haz tu oficio.
Atóle los brazos el verdugo á los de la silla, y don Rodrigo le pidió de nuevo que le abrazase. Hizólo asi el verdugo, y no pudiendo don Rodrigo echarle los  brazos por tenerlos atados, inclinó la cabeza cuanto pudo con grande humildad, y le dió un beso de paz en el carrillo izquierdo.
—Cuando sea tiempo, dijo don Rodrigo al verdugo, alza el capuz y quítame una venda que traigo puesta al cuello, que es con la que me has de vendar los ojos.
Quitóle el verdugo el tafetan y se lo puso en la pretina, y luego le desabotonó y puso el cuello á un lado y le vendó los ojos. Pero estándoselos vendando, como era preciso atarle el tafetan por la espalda, dijo don Rodrigo al verdugo, temeroso de que le ajusticiasen por traidor:
—¿Qué haces, amigo? Mira que no ha de ser por ahí.
Atóle la venda el verdugo, y don Rodrigo dijo:
—No temas, que yo me estaré quedo.
En seguida dijo dirigiéndose á los religiosos:
—Padres mios, no se me vayan por Dios de aquí.
—Aqui estamos, señor, lo respondieron: diga usia Jesús. Don Rodrigo invocó el nombre del Salvador con grande espíritu, y al punto le degolló el verdugo. Despues de degollado, los religiosos más próximos le oyeron invocar de nuevo el nombre de Jesús. Causó una sensacion terrible en la inmensa multitud que llenaba la plaza aquel lamentable espectáculo, y se levantó un alarido general de conmiseracion y espanto. Pocas veces habla resplandecido tan terrible v tan severa la justicia. Apenas muerto don Rodrigo, el verdugo y el muñidor de la cofradía piadosa de los Ajusticiados, que en aquellos tiempos hacia los oficios de la Hermandad de la Caridad, desataron al cadáver, y le pusieron en un ángulo del patibulo sobre una bayeta negra con un crucifijo sobre el pecho, con el rostro descubierto, y á los cuatro ángulos del tablado cuadro hachas amarillas en hacheros de madera.
Después el pregonero dijo á voces desde el pié del patíbulo:
—Nadie toque al cuerpo de este hombre ajusticiado bajo pena de vida
Quedaron de guardia junto al cadáver algunos alguaciles”.»
44
Ejecución de Don Rodrigo Calderón en la Plaza Mayor
-Jesús Evaristo Casariego (1966)-
MHM

Como nota curiosa, hasta para situar el patíbulo en esta plaza existían distingos según fuera el estamento al que perteneciera el condenado. Para nobles e hidalgos el cadalso se situaba frente a la Casa de la Panadería; para plebeyos, frente a la Casa de la Carnicería.
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43.“Relación histórica del auto general de fe que se celebró en Madrid este año de 1680”, por Iosep del Olmo. 
44. “El marqués de Siete iglesias (Memorias del tiempo de Felipe III y Felipe IV)“, de Manuel Fernández y González . 

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es aficionado a la música y a la historia, socio fundador de la desaparecida asociación "Amigos del Foro Cultural de Madrid" y de la revista cultural "La Gatera de la Villa". 

Además de diversos artículos sobre la historia de Madrid, es autor del libro El levantamiento del 2 de mayo de 1808.