«Historias de Ciconia», de Francisco Rodríguez Criado

Os ofrecemos a continuación un fragmento de Historias de Ciconia (De la Luna Libros, Mérida 2008), el cual publicamos por cortesía de su autor, el escritor extremeño Francisco Rodríguez Criado.


HISTORIAS DE CICONIA  (fragmento)
(De la Luna Libros, Mérida, 2008)
Francisco Rodríguez Criado
La Sidrería es un lugar acogedor, hechizante, quizá porque es asaltado a menudo por personajes literarios en potencia. Los más singulares, los más cercanos a la novela, al drama, al cómic, van cogiendo querencia al lugar y acuden a él con religiosidad sui géneris. Un ejemplo: Luis Señor, a quien todo el mundo llama Ruiseñor. Por la similitud fonética, se entiende.

Ruiseñor, escritor en ciernes desde que nació –y nació hace mucho–, es en sí una novela, una novela decimonónica. Vive en un pueblo a diez kilómetros de Ciconia, en un piso de alquiler que bien le paga la Providencia o bien le pagan sus familiares cuando la primera se encuentra en suspensión de pagos. Ruiseñor pasa la mitad del día pensando en qué podría trabajar y la otra media argumentando motivos para no trabajar en nada. Es un escritor en toda regla: habla de libros, de su experiencia vital respecto a la literatura y se levanta al alba para desayunar –cuando tiene dinero– en un bar próximo a su casa, donde lee el periódico y mezcla café, churros e ideas. Cultiva la imagen de escritor maldito –se encuentra a gusto en ese papel– y dice pasar hambre –“Como arroz todos los días”–, pero luce el físico orondo de un terrateniente rico harto de guisos sabrosos y buen vino. Escribe a diario, piensa a diario, se fustiga a diario. Lo curioso es que nadie –nadie que se sepa– ha leído una sola línea escrita por él. Ruiseñor recuerda al Henry Miller de los primeros tiempos, cuando todos sus amigos lo apreciaban como escritor –quizá porque hablaba con entusiasmo de la escritura– aunque aún no hubiese empezado a escribir.
 

El Sueco y Ruiseñor son viejos amigos. Les une la afición por los libros y el hecho de que nadie se dirija a ellos por sus nombres de pila.

Ruiseñor es un mentiroso compulsivo, tanto que uno nunca puede saber cuándo dice la verdad y cuándo miente. Pero el Sueco siempre le escucha con atención y respeto, como si tuviera enfrente al mismísimo Dostoievski desvelando las claves de la escritura de Los hermanos Karamazov.

–Ayer me echó la casera a la calle. Dice que le debo tres meses de alquiler. Miente: le debo cuatro –se echa a reír.
–¿Y dónde has pasado la noche?
–En la calle, como un vagabundo. Qué quieres: la necesidad obliga –Las cursivas son de Ruiseñor–. Y además tengo todas mis cosas en la pensión, que no podré recuperar hasta que pague lo que le adeudo.

El Sueco, que a su manera es profundamente conservador, nunca entendió eso de mezclar bohemia y penurias económicas. La autodestrucción no va con él, una autodestrucción de la que Ruiseñor –aun sin emplear esta palabra– se jacta muy a menudo.

–¿No has pensado nunca en buscarte un trabajo? –pregunta el Sueco.
–Pensarlo, sí, lo he pensado. Alguna vez... Pero, claro, si trabajo no puedo escribir.
–¡Hombre, puedes hacer las dos cosas! Todos los escritores que frecuentan esta librería, además de escribir, trabajan.
–Así les va, que no triunfan ni en su trabajo ni en la literatura.
 

El Sueco está a punto de expresar en voz alta el pensamiento de que al Ruiseñor le pasa exactamente lo mismo, es decir, fracasa en ambos ámbitos, con la circunstancia agravante de que, además, tiene que dormir en la calle.
 

–He pedido una beca. Y le he enviado un manuscrito a un editor hace unos días.
–Ya.
 

Ruiseñor siempre está en lo mismo. En la beca que ha solicitado –que nunca le conceden–, en el manuscrito que le va a publicar un editor –que nunca acaba por ver la luz– y en lo mal que está el mundo literario, donde no eres nada si no tienes un padrino.
 

–En el mundo de la literatura –remata Ruiseñor–, si no tienes un padrino no eres nadie.
–Entiendo.
–Y así ando: en la indigencia.

El Sueco está harto de escritores que sufren el síndrome Van Gogh, esos que se creen genios por el mero hecho de ser pobres. Así que para cambiar de tema, le cuenta al Ruiseñor que hace unos días leyó en la novela Memorias de una geisha, de Arthur Golden, que algunas geishas usan una crema facial fabricada a partir de excrementos de ruiseñor.

–Qué cosas.

Una joven de unos diecisiete años entra en la librería. Es alta, rubia y pecosa, bastante resultona. Ruiseñor retuerce el cuello para clavar la mirada en su trasero.
–¿Tienes Mazurca para dos muertos?
–Hummm… Espera.
 

El Sueco sale del mostrador y empieza a buscar diligentemente en las estanterías mientras un rijoso Ruiseñor examina de arriba abajo a la chica, que sufre el examen algo molesta.
 

–Lo siento, no me queda ningún ejemplar. Si quieres puedo pedirle uno al distribuidor.
–¿Cuándo lo tendrás aquí?

En La Sidrería todos tutean al Sueco, porque es como de la familia. Y él, a su vez, tutea a la clientela, independientemente de su edad y su estatus social.

–Si está en almacén, tardará dos días en llegar. Si no lo tienen, entonces una semana como mínimo. ¿Es lectura obligatoria?
–Sí, es para el instituto.
–Ah, entonces pediré varios ejemplares –el Sueco, a quien le cuesta sustraerse de emitir veredicto de muchos libros que vende, da su opinión–. Tu profesor podría haber elegido otro título. La familia de Pascual Duarte, La rosa, Café de artistas, La colmena... De los libros de Cela, Mazurca para dos muertos es el que menos me gusta. De hecho no fui capaz de leerlo hasta el final.
–Ya me han hablado de él. Me han dicho que es duro de digerir. Por eso, cuanto antes lo lea mejor.
–Curiosa observación que refleja lo que es la lectura obligada –dice Ruiseñor con la mirada fija aún en el trasero de la joven.
–¿Dos días, entonces?
–Yo diría que sí. Lo más seguro.
–Vale. Pasaré dentro de dos días. A ver si hay suerte.
–¿A qué hora vas a venir? –le pregunta Ruiseñor, impertinente.

Ella le dedica una mirada de asco y se gira en dirección a la puerta.
 

Ruiseñor escolta con la mirada a la chica, que sale de la librería preguntándose por qué habrá tantos moscones en este mundo.

–¿Te han dicho alguna vez que eres un descarado? Deberías cortarte un poco, joder, que este es mi puesto de trabajo.
–Perdona, Sueco. No te enojes. No he podido evitarlo.
–Si no me enojo. Pero piensa en mí, que soy padre de familia.
–Vale, vale. Entono el mea culpa… Pero es que estaba muy buena… No he podido resistirlo. Tú me entiendes.

Pero el Sueco no entiende, faltaría más. En la librería él no distingue entre clientas guapas y feas, quizá porque inconscientemente piensa que ellas, en un acto de reciprocidad, no distinguirán entre libreros guapos y feos. (Ahora soy yo quien se pregunta si me entenderá el lector).

–Desde luego… –musita. Cuando quiere abroncar a alguien, nunca le salen los discursos y tiene que conformarse con alguna frase que siempre deja a medias. En estos asuntos le falta mano dura y le sobran puntos suspensivos.
–Bueno, te libero de mi compañía, que ya va siendo hora de marcharme –anuncia Ruiseñor.
 

El Sueco, a quien le duran poco los enfados, recupera el tono maternal.
 

–Búscate un trabajo, Ruiseñor. Y una mujer… Te vendrá bien estar ocupado. Hazme caso –insiste de buena fe.
–Sí, tendré que hacer algo –afirma Ruiseñor con poca convicción–. Me marcho. He quedado con mi hermana. Voy a alojarme un tiempo en su casa.
–¿Y qué sabes de tu hija?
–Que es alta y morena y le debo mil euros. Aparte de eso, poca cosa.

Como Ruiseñor no amplía detalles, tendré que hacer una vez más de narrador cuasi omnisciente. Veamos: Ruiseñor tiene una hija de dieciocho años, Vega, con la que ha intercambiado los papeles: él hace el papel de hijo y ella, el de padre. Y, muy a menudo, ella hace también el papel de prestamista. Es ella quien le recomienda que no beba, que no fume, que se busque un trabajo y una mujer.

–Mi hija quiere que me case, ¿qué te parece?
–Me parece un consejo sensato. Pero casarte… ¿con quién?
–Ahí está el asunto. Si encontrara una mujer rica que me costeara los gastos, podría dedicarme a escribir.
–¿No decías que solo se puede escribir desde el sufrimiento personal?
–¿Te parece poco sufrimiento estar casado?
–Ya.

Es ahora Ruiseñor quien da un giro a la conversación. No le gusta que el Sueco le ponga contra las cuerdas.

–Y el jefe, ¿qué tal anda? No lo veo hoy aquí –pregunta.
–Está en casa, con gripe.
–Últimamente siempre está enfermo. Es de porcelana este hombre. ¿Sigue escribiendo?
–Lo dejó ya, tengo entendido. Que yo sepa solo escribe la columna semanal para el periódico.
–Buen tipo, aunque algo neurótico.
–Suerte que puede permitirse esas neuras. Si tuviera tres hijos que alimentar, como yo, se le acabarían todos los problemas.
–Sería cambiar unos problemas por otro, en cualquier caso. Bueno, yo me marcho. Hasta luego.
–Cuídate.

Ruiseñor sale de la Sidrería con paso marcial. A simple vista parece feliz. ¿Lo es o solo lo parece? Se diría que la procesión va por dentro
.

Francisco Rodríguez Criado (Cáceres, 1967) es autor de la novela Historias de Ciconia (De la Luna Libros, Mérida, 2008) y de los libros de relatos: Un elefante en Harrods (De la Luna Libros, Mérida, 2006), Siete minutos (La bolsa de pipas, Palma de Mallorca, 2003) y Sopa de pescado (ERE,  Mérida, 2001). Su obra ha sido incluida en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español; Velas al viento; La quinta dimensión; Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español; Histerias breves; Relatos relámpago y Literatura en Extremadura
 

Colabora en EL PERIÓDICO de Extremadura, donde mantiene desde diciembre de 2005 la columna semanal de opinión "Textamentos". 

Es corrector de estilo, labor que compagina con la docencia en diversos talleres literarios y con la administración del blog www.NarrativaBreve.com
 

Sus últimos libros son la novela Mi querido Dostoievski (La Discreta, Madrid, 2012), el reportaje novelado Oficios perdidos de Extremadura (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2013, el ensayo novela Raros (Punto de Encuentro, 2013, libro digital) y El Diario Down (Tolstoievski, 2016) un diario descarnado donde narra su experiencia como padre de un bebé con el síndrome de Down.


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