Ejecuciones públicas en la historia de Madrid (X), por Pablo Aguilera

Os ofrecemos un nuevo capítulo de este interesantísimo artículo sobre los métodos y lugares de ejecución pública en Madrid a lo largo de su historia. Lo ha escrito para CITA EN LA GLORIETA Pablo Aguilera, miembro fundador de LA GATERA DE LA VILLA, una iniciativa sin ánimo de lucro que publica una revista gratuita sobre historia y urbanismo de Madrid.

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Un fuerte abrazo,

Javier Alonso García-Pozuelo


Diseño: Pedro López Carcelén

EJECUCIONES PÚBLICAS EN LA HISTORIA DE MADRID (X parte)
Pablo Jesús Aguilera Concepción
LUGARES DE EJECUCIÓN PÚBLICA

1. EL QUEMADERO
2. PLAZA MAYOR
3. PLAZA DE LA CEBADA
4. PUERTA DE TOLEDO
5. CAMPO DE GUARDIAS
6. LA CÁRCEL MODELO
7. OTROS LUGARES DE EJECUCIÓN


5. CAMPO DE GUARDIAS

Fue este el lugar en el que desde 1850 se realizaron las ejecuciones hasta que años más tarde se trasladaron a la Cárcel Modelo. Se trataba de una gran explanada, antaño en las afueras del norte de Madrid entre los cementerios de la Patriarcal y de San Martín, en lo que en la actualidad sería la franja delimitada por las calles Cea Bermúdez, Bravo Murillo e Islas Filipinas. Debido a su emplazamiento, distante del núcleo urbano, muchos madrileños alquilaban carruajes para ir a presenciar las ejecuciones; dada la afluencia de público, en esas ocasiones se ponía en marcha una línea especial de ómnibus con destino el Campo de Guardias.


«¡A dos reales al patíbulo! gritan con voz aguardentosa y lúgubre diez ó doce satélites de otros tantos Aquerontes, que ofrecen sus barcas para cruzar con ellas el río del infierno y el de la muerte y todos los ríos imaginables.

Y las gentes corren y se atropellan por llegar á la boca de aquellos mónstruos para dejar que los traguen y les arrojen en una gran pradera, donde se alza sombrío el patíbulo de los dos reales, entre las carcajadas de la muchedumbre, y las voces de los vendedores que como los dueños del ómnibus, van á ganarse la vida honradamente en aquel lugar de muerte y de horror […]

Acabada la ejecucion el omnibus vuelve á abrir su boca, para irse tragando los espectadores y esta vez dobla la tarifa, porque conoce que todos querrán huir de allí horrorizados y dice:
A la Puerta del Sol cuatro reales».55
***
«Eran las siete de la mañana. La Puerta del Sol y la calle de la Montera estaban cuajadas de gente. Había llovido por la noche, y el cielo, plomizo, tocaba casi en la veleta del Principal. La atmósfera, impregnada de vapor acuoso, y el suelo cubierto de lodo. La muchedumbre levantaba incesante y áspero rumor, sobre el cual se alzaban los gritos de los pregoneros anunciando «la salve que cantan los presos a los reos que están en capilla», y «el extraordinario de La Correspondencia.» Una fila de carruajes marchaba lentamente hacia la Red de San Luis. Los cocheros, arrebujados en sus capotes raídos, se balanceaban perezosamente sobre los pescantes. Otra fila de ómnibus, con las portezuelas abiertas, convidaba a los curiosos a subir. Los cocheros nos animaban con voces descompasadas. Uno de ellos gritaba al pie de su carruaje:

—Eh, eh ¡al patíbulo! ¡dos reales al patíbulo!

Me sentía aturdido, y empecé a subir por la calle de la Montera, empujado por la ola de la multitud [...]

La muchedumbre ascendía con lento paso. El que bajase a la Puerta del Sol en aquel instante y fuese examinando los rostros de los que subíamos, si no tuviera otros datos, no sospecharía ciertamente a qué lugar siniestro nos dirigíamos. Las fisonomías no expresaban ni dolor, ni zozobra, ni preocupación siquiera. Marchábamos todos con la indiferencia estúpida de un pueblo trashumante que va a establecerse a otra comarca. Los que llevaban compañía, charlaban; los que iban solos, echaban pestes de vez en cuando, entre dientes, contra el barro. Sólo el cielo mostraba un semblante sombrío y melancólico, adecuado a las circunstancias.

Recorrimos la calle de Hortaleza, y al llegar cerca del Saladero hallamos un gran montón de gente que invadía los alrededores y que nos detuvo. La muchedumbre hormigueaba delante del sucio y repugnante edificio en espera de algo; ¡un algo bien espantoso por cierto! Yo fui a engrosar aquel gran montón, como una gota de agua que cae en el mar. Allí los rostros ya expresaban algo: la impaciencia. Me parece excusado decir que era plebe la inmensa mayoría de los circunstantes, porque la plebe es la que particularmente se siente atraída hacia los espectáculos cruentos. No obstante, hay también gente de levita y sombrero de copa que se deleita con las emociones terribles; pero en aquella ocasión era una minoría muy exigua. Un coche de plaza sin número esperaba a la puerta: el cochero tenía la cara cubierta con un pañuelo. Crecido número de guardias de orden público se hallaba distribuido en el concurso, y un piquete de soldados, con los fusiles en «su lugar descanso», ceñía la fachada del siniestro caserón, contemplando con ojos distraídos el hervor de aquel mar de cabezas humanas. Algunas aristócratas del comercio pregonaban a gañote tendido «agua y azucarillos, bellotas como castañas, chufas, cacahuetes», y algunos otros artículos de entretenimiento, para los estómagos desocupados. Los balcones de las casas circunvecinas estaban poblados de gente, y no era raro ver en ellos el rostro fresco y sonriente de alguna linda muchacha que, acababa de dejar el lecho, y que con sus menudos dedos blancos y rosados se restregaba los ojos [...]

los guardias de orden público hacían esfuerzos para despejar las avenidas de la cárcel. En la muchedumbre se engendró un movimiento tumultuoso de vaivén. Rumor áspero y confuso salió de su seno, esparciéndose por el aire. El piquete de soldados, que descansaba al pie del muro, obedeciendo a la voz de su jefe, fue a colocarse junto a la puerta, y por ella comenzó a salir alguna gente con semblante triste y asustado: eran dependientes de la prisión, hermanos de la Paz y Caridad y los pocos curiosos que habían tenido influencia para entrar. Por último, aparecio el reo. Venía acompañado de un sacerdote y rodeado de guardias. Seguía a la comitiva bastante gente [...]

El reo y el cura entraron en el carruaje. En la muchedumbre reinó por breves instantes silencio sepulcral; mas así que se cerró la portezuela, levantose nuevamente un insufrible clamoreo. El coche arrancó y emprendió la marcha lentamente; el piquete formó la escolta; los guardias procuraban hacer calle, dejando acercarse al carruaje solamente a los cofrades de la Paz y Caridad [...]

La muchedumbre hormigueaba en tomo del piquete y de los guardias, esforzándose para ver al reo. Algunos civiles de caballería, con el sable desenvainado, caracoleaban para dejar libre el tránsito, atropellando a veces a la gente, que dejaba escapar sordas imprecaciones contra la fuerza pública. Los habitantes de las pobres viviendas que guarnecen por aquellos sitios la carretera, se asomaban a las puertas y ventanas, reflejando en sus rostros más curiosidad que tristeza, y las comadres del barrio se decían de ventana a ventana algunas frases de compasión para el reo, y no pocos insultos para los que íbamos a verle morir. De vez en cuando, el rostro lívido de aquél aparecía en la ventanilla, y sus ojos negros y hundidos paseaban una mirada angustiosa y feroz por la multitud; pero inmediatamente se dejaba caer hacia atrás, escuchando el incesante discurso del sacerdote. El cochero, enmascarado como un lúgubre fantasma, animaba al caballo con su látigo, conduciéndolo hacia el suplicio [...]

Habíamos llegado, en efecto, al Campo de Guardias y veíamos a lo lejos alzarse el lúgubre armatoste sobre el mar de cabezas humanas que lo circundaba. El clamor era cada vez más alto; la agitación se convertía en tumulto. Los gritos penetrantes de los pregoneros apenas se oían entre aquel rumor tempestuoso. La agitación de la muchedumbre continuaba en aumento.

El caracoleo de los civiles y los esfuerzos de los agentes apenas bastaban a contenerla y a impedir, sobre todo, que turbase la marcha del carruaje. El piquete de soldados que lo escoltaba tenía que estrecharse más de lo que exige la táctica, para poder caminar [...].» 56

EL CURA MERINO

«La lúgubre comitiva se puso en movimiento. Abria la marcha un escuadron del regimiento del Rey, con espada en mano ; despues marchaban dos filas abiertas de soldados del mismo cuerpo : entre estas filas iba la hermandad de la Paz y Caridad; uno de los hermanos llevaba una gran cruz con la dulce imagen de Nuestro Señor Crucificado, é inmediatamente despues iba el reo rodeado de varios sacerdotes. Marchaban luego á caballo el gobernador de la provincia, de uniforme y con la banda de Isabel la Católica, con varios oficiales, los ministros del tribunal y otros auxiliares da la justicia , y á continuacion una compañía de infantería que cerraba las dos filas de caballería formando cuadro. Despues marchaban otro escuadron de caballería y un fuerte piquete de guardia civil de la misma arma, que cerraba la comitiva.

El reo, montado sobre el burro, con las manos sujetas por esposas, llevaba en ellas un papel, en que estaba grabada la imagen de la Santísima Virgen. [...] Su rostro estaba algun tanto pálido, y sobre él resaltaba su barba canosa, que no se habia afeitado en cinco días. De cuando en cuando fijaba la vista en la sagrada imagen, y movía los labios como si estuviese en oracion. Despues miraba á un lado y á otro para ver, sin duda, al inmenso pueblo que se apiñaba en la carreta; pero no había en su mirada ni odio, ni temor, ni alardes de valor y de tranquilidad, sino la mas completa indiferencia hacia todo lo que sucedía, esa indiferencia de todo y por todo, que parece haber formado la base del carácter de ese criminal.

A veces se incorporaba un poco sobre su montura, para mirar el cadalso, que se veia á lo lejos, por encima de las tropas que formaban otro cuadro alrededor de él, y por encima del inmenso pueblo que ocupaba el campo. Pero no lo miraba con terror ni repugnancia, y al instante volvia la vista con la mayor naturalidad, ya á la imagen que tenia delante de sus ojos, ya á uno y otro lado del camino. Parecia un mecanismo insensible, y no un hombre con la conciencia de su crimen y del inmediato fin de su existencia, y en nada de lo que hacia podia descubrirse el menor rastro de afectación.

En lo que iba diciendo no fue menos notable su brutal serenidad. Una vez se quejó de que la comitiva marchase con demasiada lentitud, y manifestó el deseo de que avivase el paso. A uno de los eclesiásticos que lo asistían, le dijo: «déjeme Vd.; Vd. esta aqui para auxiliarme cuando lo necesite; yo me auxilio á mí mismo, tengo mis ratos de meditacion, y cuando esto no baste se lo diré á Vd.» Tambien se dirigió una vez al criado del verdugo, que llevala la caballería del diestro, diciéndole: eres tan bárbaro que ni sabes guiar un burro; si te tuviera aqui cerca te daria una patada que te habrias de acordar de mí.» Y como uno de los eclesiásticos, que iban dolorosamente afectados, le dijese: «Sr. D Martin, ¿son estos momentos oportunos para expresar semejantes sentimientos?» replicó el reo: «ya ve Vd, que es broma; aunque estuviera cerca de mi , soy incapaz de hacerle daño, todo lo toman Vdes. por lo serio.»

Su mirada penetrante la dirigía, generalmente, á derecha é izquierda, y entre muchas de las observaciones que hizo á los sacerdotes que le asistían fue la de que algunos sembrados de los que veia por las orillas del camino necesitarían pronto de los beneficios del riego. Circunstancia que la hubiéramos tenido por increíble y fabulosa, si no la hubiéramos escuchado de la boca de una persona respetable que se la oyó al reo.

Cuando pasó por frente de la iglesia de Chamberí miró á este edificio, y con la mayor sangre fria dijo á los sacerdotes: efectivamente, está desnivelado.
 

Entra en el cuadro, y dirige una penetrante mirada al tablado. Oye al pasar que algunos decían, lleva túnica amarilla con manchas encarnadas, y vuelve la cabeza para decir, si, amarilla y con manchas.

Llegada la comitiva al pie del patíbulo, hizo alto. Allí el reo se reconcilió, y recibió la absolución de uno de los eclesiásticos que lo acompañaban. Terminado este acto, quiso subir la escalera del patíbulo; pero se le detuvo, porque se quería que la ejecución se verificase á la misma hora en que cometió el atentado, y aun faltaban algunos minutos. Preguntó Merino que por qué se detenían, y habiéndosele contestado que habia aun algo que hacer, replicó: «Si es por Vdes., bien; pero yo por mi parte estoy enteramente listo.»

Llegado el instante fatal, [...] subió por la escalera sin querer apoyarse en nadie. Acompañabanlo tres sacerdotes, entre ellos el Sr. Cordero, teniente cura de Santa Cruz. Colocado sobro el tablado, hizo ademan de querer hablar, y el pueblo que lo comprendió lanzo con entusiasmo un grito de Viva la reina. Entonces el regicida con voz alta dijo: «No voy a decir nada que injurie á la reina: quiero solo repetir que en el delito que he cometido no he tenido ningún cómplice.» Si los tuvo, ha llevado su secreto consigo á la tumba, y de hoy mas toda averiguación es imposible.

Dichas las palabras que hemos copiado, Merino se dirigió al banquillo fatal, sin prisa, pero sin que le flaquearan las piernas, sin que en su impasible fisonomia se pudiese descubrir la mas leve alteración. Sentóse con la mayor naturalidad, como si no hiciese mas que ejecutar la parte del programa que le correspondía; se dejó atar por el verdugo, á quien dijo: «aprieta» y un instante después la argolla fatal dió suelta alma para que vaya á ser juzgada ante el trono del Omnipotente.

En este instante terrible se oyó el murmullo de la multitud que decía: Dios le haya perdonado, e inmediatamente un grito atronador de ¡viva la reina! [...]

Terminada la ejecución, el Sr. Cordero, teniente de Santa Cruz, con grande energía y unción, dirigió su voz al pueblo, y en un breve discurso, protestó en nombre de los españoles y del clero, contra el horrible crímen que su autor acababa de expiar en el cadalso, y que solo debía servir en lo futuro para que la España toda diese nuevas pruebas de su amor a la reina, concluyendo con varios vivas á la religión, á S. M. y á la familia real, que fueron contestados con efusión indescriptible por el pueblo.

En seguida, la multitud empezó á dirigirse hacia Madrid, sin que por ninguna parte ocurriese el mas pequeño desorden.

El cadáver del ejecutado quedó expuesto en el cadalso, custodiado por la tropa necesaria, hasta las cinco y media de la tarde en que se le bajó por la hermandad de la Caridad para darle sepultura en uno de los cementerios inmediatos.»57


Ejecución del cura Merino en el Campo de Guardias
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55. “Ayer, hoy y mañana, ó, La fé, el vapor y la electricidad: cuadros sociales de 1800, 1850 y 1899”, de Antonio Flores. 
56. “El hombre de los patíbulos”, Armando Palacio Valdés. Describe una ejecución en el Campo de Guardias.

57. “La Época”, 8 de febrero de 1852. 

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es aficionado a la música y a la historia, socio fundador de la desaparecida asociación "Amigos del Foro Cultural de Madrid" y de la revista cultural "La Gatera de la Villa". 

Además de diversos artículos sobre la historia de Madrid, es autor del libro El levantamiento del 2 de mayo de 1808.