«Microrrelatos escogidos» por Ana Grandal (XXXVI)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Ana Grandal, licenciada en Ciencias Biológicas, traductora científica, escritora y administradora de la página de facebook TOPmicrorrelatos.
 

LA ESFINGE DE TEBAS
René Avilés Fabila
La otrora cruel Esfinge de Tebas, monstruo con cabeza de mujer, garras de león, cuerpo de perro y grandes alas de ave, se aburre y permanece casi silenciosa. Reposa así desde que Edipo la derrotó resolviendo el enigma que proponía a los viajeros, y que era el único de su repertorio.
   
Ahora, escasa de ingenio, y un tanto acomplejada, la Esfinge formula adivinanzas y acertijos que los niños resuelven fácilmente, entre risas y burlas, cuando el fin de semana van a visitarla.


Después de Troya

INCOMPRESIÓN
Elena Casero Viana
Anoche me morí en tus brazos. Lo hize sin pensar, por cariño, como lo he hecho todo por ti. Pusiste cara de susto, pero duró poco tiempo. Después, cuando yo ya había cerrado los ojos y creías que no te podía ver, te relajaste y sonreíste feliz. Me abandonaste en el sofá, tal como me había muerto, algo desmadejada. Entonces te escuché hablar con ella. Tu voz sonaba con un timbre pulido, tan diferente del que usas conmigo, que parece hecho de productos abrasivos, de los que arañan el corazón. Te cambiaste de ropa, te perfumaste y saliste de la habitación sin darme siquiera un triste beso. Esta mañana, he decidido no volver a morirme nunca más.


MENSAJE A LA MADRE
David Lagmanovich
No quiero verte como eres, sino como te veía cuando lo eras todo para mí.

Casi el silencio

HISTORIA DECENTE
Luis Buñuel
Carmencita era muy dócil. La inocencia de Carmencita era proverbial. Su madre velaba por ella noche y día y ponía frente a su hija la muralla de su vigilancia, contra las añagazas del mundo. La madre, al llegar Carmencita a los 12 años, se mostraba preocupadísima. «El día que mi hija menstrúe por primera vez», pensaba, «adiós a su dorada inocencia». Pero llegó a resolver el problema. Cuando vio ponerse pálida a Carmencita por primera vez, se echó a la calle como una loca y a poco volvía con un gran ramo de flores rojas. «Toma, hija mía, toma; ahora empiezas a ser mujer». Y Carmencita engañada y contenta con aquellas maravillosas flores rojas se olvidó de menstruar. Todos los meses, doce veces al año, durante muchos años, Carmencita fue así engañada y preservada de la ruin verdad. Con las ojeras precursores del 30 de cada mes, su padre le ponía en las manos flores rojas.

Carmen cumplió los 40 años. Su madre, ya muy anciana, la llamaba aún Carmencita, pero todos la nombraban doña Carmela. A esa edad llegó un mes en que Carmencita ya no tuvo ojeras y entonces su madre le regaló un bouquet de flores blancas. «Toma, hija mía, es el último ramo que te ofrezco, ya has dejado de ser mujer». Carmencita se sublevó. «Pero, mamá, si no me he enterado de que lo he sido». A lo que su madre respondió: «Tanto peor para ti, hija mía». Aquel bouquet blanco, ya marchito, deshojado, esparcido, seco, fue el que pusieron en el ataúd de Carmencita.

 

PARALELISMOS
Rubén Rojas Yedra
Elena se detuvo junto a la mesa del salón, que había dispuesto con esmero para cuatro comensales. Las diez en punto. Guardó silencio y prestó atención a los pasos que llegaban del techo: un nuevo viaje a la cocina; hacían falta más vasos y seguramente… algún cubierto. A su vuelta, alguien iba al baño. Elena se precipitó por el pasillo —al fondo, a la derecha—, se sentó en el váter y meó sin ganas. Esperó para tirar de la cisterna al unísono.

Durante la cena, se oyeron risas dobladas, descorche de botella —pup y pup— y un par de brindis que Elena imitó a dos manos. Cenó poco, sólo lo suyo, y no repitió porque tenía el hambre cambiada. Dos parejas arriba y a continuación una sobremesa de conversaciones cómplices que Elena escuchó con los ojos turbios y mudos. Sobre la mesa se repartía un juego de café y té completo de segunda mano. Sobre la mesa limpia, las tazas vacías.

Finalmente, los invitados se marcharon y la pareja del piso de arriba se quedó a solas. Entonces empezaron los besos, los jadeos, los toqueteos urgentes que se intuían en dirección al dormitorio. Elena sólo pudo restregarse en las paredes del pasillo, arrancarse la ropa, masturbarse —maquinal y exageradamente—, imitando el escándalo del somier, y después llorar: dos lágrimas que hizo coincidir con un orgasmo fingido
. 

La locura de los peces

A CIRCE
Julio Torri
¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí
.
Ensayos y poemas

Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce como traductora científica freelance desde 1996. Entre otros, ha traducido los libros de divulgación Los orígenes de la vida (Freeman Dyson, Cambridge University Press, 1999), El comportamiento altruista (Elliott Sober y David Sloan Wilson, Siglo XXI, 2000) e Inteligencia emocional infantil y juvenil (Linda Lantieri, Santillana, 2009) y la compilación de poesía incluida en Mina Loy. Futurismo, Dadá, Surrealismo (La Linterna Sorda, 2016). Cuenta con varios premios literarios, que incluyen el V Concurso de Relato Corto del Ayto. de Monturque (2004) y el XIII Premio de Narrativa Miguel Cabrera (2006). Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme (Amargord Ediciones, 2015). Coedita con Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (Amargord Ediciones, 2016), en donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales La Ignorancia y La Charca Literaria. En su faceta musical, toca la flauta travesera en los grupos de rock VaKa y Los Vitter del Kas.


Puedes leer una selección de microrrelatos de su libro «Te amo, destrúyeme», publicado por Amargord Ediciones en 2015, pinchando AQUÍ.