Reseña de «La mirada de los peces», de Sergio del Molino

RESEÑA DE «LA MIRADA DE LOS PECES», DE SERGIO DEL MOLINO (Literatura Random House, 2017), por
Manu López Marañón
Tras conocer el éxito con La mirada violeta (Mondadori, 2013) y La España vacía (Editorial Turner, 2016), el periodista Sergio del Molino (Madrid, 1979) acaba de publicar La mirada de los peces, sarcástico título –como se descubre en su quinto capítulo– para un libro que trata de forma explícita y directa, no excluyendo sus dosis de comprensión y ternura, lo que bien podría denominarse (sin temor a caer en el spoiler, ya que las cartas están boca arriba desde el reparto) «la crónica de un suicidio anunciado».

Participando tanto de los hitos que conforman una novela de formación como de los que sustentan la autobiografía (novelada o no), es el propio Sergio, autor y narrador de La mirada de los peces, quien explica: «de más está aclarar que cada recuerdo es una ficción y que cada ficción se transforma en un recuerdo». Dentro de la opción autobiográfica empieza a haber abundancia de géneros, pero no nos engañemos: todos acaban en la crónica de uno mismo.

Dejó escrito Albert Camus que «no hay sino un problema filosófico serio, el suicidio» y el profesor de instituto Antonio Aramayona, protagonista de este libro, desde luego que se lo tomó muy en serio. A su suicidio llega no por una enfermedad incurable o una profunda depresión. No. Este «perroflauta motorizado», sin perro ni flauta, como gustaba definirse, pese a haber sufrido operaciones a corazón abierto, un ictus, perdido una pierna y necesitar trasladarse en silla de ruedas, llevó hasta el final una vida intelectualmente plena: socio de ATTAC (Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana), Derecho a Morir Dignamente y Europa Laica, entre otras, la defensa de sus postulados tuvo su tribuna en diarios como El Periódico o El Diario.es (en ambos terminó siendo censurado). El Huffington Post acogió generosamente sus escritos. Su columna Diario de un perroflauta motorizado tenía miles de fieles seguidores.

En 1995 Sergio es un adolescente de 1,80 de estatura, mal vestido, torpe, miope y de caminar corvado, como pidiendo perdón por su presencia. El autor-narrador de La mirada de los peces coincide en 3º de BUP con el profesor de filosofía Aramayona, uno de esos maestros que trata a sus alumnos como adultos, siendo capaz de desvelarles los inexplorados talentos que llevan adentro. Todos hemos tenido alguno, aunque por desgracia no abunden (en mi caso, en 12 años de colegio tuve 2; y en mi deambular por las universidades españolas, privadas y públicas, tan solo 1 en 6 tediosos e inanes cursos). Antonio se hacía amigo de sus alumnos, los invitaba a casa a sus tertulias y animaba, a aquellos en los que la vocación de escribir era imparable, para presentarse a concursos.

La adolescencia de Sergio viene pautada por avatares propios de la época, vivida en San José, un barrio pobre de Zaragoza. Conciertos del grupo Barricada, incendiarios deseos de destrucción, borracheras caóticas y aquellos primeros amores inevitablemente desgraciados, muy lejos de consumarse, constituyen el día a día de este estudiante dotado para los estudios, en especial para la literatura. A sus 17 años manda sus primeros cuentos, muy influenciados por Cortázar. Siendo miembro de un jurado, Antonio Aramayona premia el relato de su alumno (las 5.000 pesetas del premio las ha puesto él mismo). El Gran Amor llega de la mano de Andrea, una joven guapa y con inquietudes quien, aunque escucha a Sergio, no tiene la menor intención de ir más allá con él. La intensa amistad salva del tedio al literato, lo que no es poco.

Metódico en la preparación de su suicidio, Aramayona se tiñe el pelo e ingiere 31 pastillas diarias para asegurarse de llegar sano al día que él ha designado para acabar con su vida. Por las fechas del entierro del hijo de Sergio –2011– el profesor ya ha tomado esa drástica decisión, pero no será hasta 2016 cuando avise al triunfante escritor de cómo quiere terminar.

Sin llegar a comprender las razones del suicidio, Sergio anota que «Antonio me gustaba más de cerca que de lejos. Por eso le prefería en el aula antes que en la calle, en el café antes que en la tribuna, en la conversación antes que en los libros. Me gustaba donde me podía dar ejemplo y no donde quería darnos ejemplo. Donde se dan los abrazos y no caben los aplausos.»

La mirada de los peces consigue sus mejores logros tanto en la composición de sus protagonistas (Sergio y Antonio) como en su relación, que no deja de ser humanísticamente dialéctica hasta la premeditada muerte de uno de ellos. Acompañándolos, una surtida y no pequeña galería de secundarios entre los que destaca –aparte de AndreaRober, ese infaltable amigo de exquisitos gustos musicales (Motorhead, Judas Priest, Manolo Kabezabolo), o personajes de la vida real como el periodista Jon Sistiaga o la consejera de educación del gobierno aragonés –Dolores Serrat–, la misma que suprimió becas escolares y «padeció» durante años el escrache al que la sometió el ínclito Antonio Aramayona.


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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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Javier Alonso García-Pozuelo