Reseña de «Soldados de Salamina», de Javier Cercas

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

«SOLDADOS DE SALAMINA», DE JAVIER CERCAS 
José María Velasco
En los talleres de escritura explican que el narrador es la voz que elige el escritor para contar la historia y que conviene tener clara la diferencia entre ambos si no se quiere caer en errores gravísimos. Javier Cercas aparece en Soldados de Salamina como un personaje que narra en primera persona, una voz que desde el primer momento nos atrapa con su credibilidad, que nos engaña, de manera fascinante, con una verosimilitud que es sólo un espejismo de la realidad.
 

El personaje de Javier Cercas en Soldados de Salamina comparte muchos detalles biográficos con el Cercas escritor, pero no son lo mismo. 
“Escribir consiste, entre otras cosas, en fabricarse una identidad, un rostro que al mismo tiempo es y no es el nuestro, igual que una máscara”. 
El autor se inventa un periodista y le traspasa algunos de sus rasgos, incluido su propio nombre, como una excusa para encontrar una voz narradora que modula a la perfección con la intención de contarnos unos sucesos reales en los que participan, entre otros, uno de los fundadores de Falange, Sánchez Mazas, o un novelista a la búsqueda del reconocimiento que se merece, el chileno Roberto Bolaño; pero los verdaderos protagonistas son el escritor fracasado Cercas y el soldado republicano que, después de pelear en muchas guerras y vivir muchos exilios, se sorprende de que alguien se interese por su pasado y quiera contarlo.Soldados de Salamina no cuenta una historia sino muchas y, hasta la propia estructura de la obra, está diseñada para alzar un andamiaje donde quepan todas sin que ninguna chirríe. En la primera parte, Los amigos del bosque, se encuentra el germen de todo: un novelista fracasado, también como persona, descubre unos hechos que le fascinan: al final de la guerra y en pleno derrumbe republicano, el fundador de la Falange, Sánchez Mazas, logra salvarse de un fusilamiento colectivo y, cuando uno de los soldados que participa de su búsqueda lo encuentra, éste decide mirar hacia otro lado.

El autor traza los personajes con una fina ironía que le funciona a lo largo de todo el texto y, a través de detalles minúsculos, produce en el lector una enorme empatía por la mayoría de ellos. Es imposible no enamorarse del periodista depresivo que sueña –y sufre
con esa historia que se convierte en su redención, o sentir animadversión por ese concejal –maravilloso secundario de aparición fugaz más interesado en engullir comida y hablar de la vulgaridad de la política que en facilitar a nuestro héroe la información que solicita. Una posición más ambivalente se produce con el falso protagonista: tras intentar, sin mucho afán, que empaticemos con él, comienza a poner las cosas en su sitio:
“Las guerras se hacen por dinero, que es poder, pero los jóvenes marchan al frente y matan y se hacen matar por palabras, que son poesía, y por eso son los poetas los que siempre ganan las guerras, y por eso Sánchez Mazas, que estuvo siempre al lado de José Antonio y desde ese lugar de privilegio supo urdir una violenta  poesía patriótica de sacrificio y yugos y flechas y gritos de rigor que inflamó la imaginación de cientos de miles de jóvenes y acabó mandándolos al matadero, es más responsable de las armas franquistas que todas las ineptas maniobras militares de aquel general decimonónico que fue Francisco Franco.”
En la segunda parte, titulada como la novela Soldados de Salamina, cuenta la historia de Sánchez Mazas, pero, aunque nuestro escritor consigue acabar su novela, siente que está incompleta. Al principio de la tercera parte, Cita en Stockton, nos confiesa que “los libros siempre acaban cobrando vida propia” porque “uno no escribe nunca acerca de lo que conoce, sino precisamente de lo que ignora”. Entonces decide iniciar la búsqueda del verdadero protagonista: el soldado republicano que le salvó la vida al dirigente de la Falange. Lo hace desde el auténtico germen: una entrevista con el novelista chileno Roberto Bolaño que años atrás, mientras trabajaba en un camping en Castelldefels, conoció a Miralles, un combatiente con una biografía maravillosa.

Es esta tercera parte, sin duda, la mejor. Las conversaciones con Bolaño están repletas de metaliteratura y salpican el texto de frases memorables: 

“Para escribir novelas no hace falta imaginación. Sólo memoria. Las novelas se escriben combinando recuerdos”... “Un escritor de verdad no deja nunca de ser un escritor, aunque no escriba”…”Uno nunca encuentra lo que busca sino lo que la realidad le entrega”… “Todos los buenos relatos son reales, por lo menos para quien los lee, que es el único que cuenta”.
Nuestro escritor fracasado se lanza entonces a la búsqueda de Miralles, pese a la advertencia de Bolaño: “la realidad siempre nos traiciona, lo mejor es no darle tiempo y traicionarla a ella. El Miralles real te decepcionaría; mejor invéntatelo: seguro que el inventado es más real”. Lo acaba encontrando en un geriátrico de una ciudad provinciana en Francia. Hasta allí viaja con el deseo de conocer si fue el miliciano que salvó la vida a Sánchez Mazas. En el tren de vuelta la respuesta permanece abierta para el lector, pero Cercas lo ve entonces todo claro: 
“Allí vi de golpe mi libro, el libro que desde hacía años venía persiguiendo, lo vi entero, acabado desde el principio hasta el final… allí supe que… mientras yo contase su historia Miralles seguiría de algún modo viviendo… Vi mi libro entero y verdadero, mi relato real completo, y supe que ya sólo tenía que escribirlo”.
Los libros maravillosos tienen recorrido más allá de su final y, a veces, lo tienen en el plano de la realidad. Hoy sabemos que, a raíz de la publicación del libro y muchos años más tarde, el auténtico Javier Cercas pudo conocer al hijo del auténtico Miralles. Pese a lo que afirmaba el autor en sus páginas, yo creo por experiencia propia que la realidad no nos traiciona, sólo hay que darle la oportunidad para que nos sorprenda y nos lleve incluso mucho más lejos de lo que la ficción había imaginado.

Para muchos nuestra Guerra Civil es algo olvidado que pertenece a un pasado casi tan remoto como las batallas entre los griegos y los persas, les pilla tan lejos como la batalla de Salamina, pero en la imaginación de algunos, aquellos soldados continúan combatiendo como en las últimas líneas de esta maravillosa novela: 

“llevando la bandera de un país que no es su país, de un país que es todos los países y que solo existe porque ese soldado levanta su bandera abolida… sin saber muy bien hacia dónde va ni con quién va ni por qué va, sin importarle mucho siempre que se hacia adelante”. 
Nada mejor como un final apoteósico para el que lector mantenga la emoción mucho tiempo después de cerrar la última página..


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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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