El asociacionismo obrero al comienzo del reinado de Isabel II, por Eduardo Montagut

–Aún necesitamos recabar más información, pero sospechamos que podía tener escondido en su cuarto a alguien.
–¿Y en qué sustentan esa sospecha?
–En su habitación se oía con frecuencia hablar quedo a dos personas, aunque luego nunca se ha visto salir de ella a nadie que no fuese Vilanova. Además varios vecinos nos han dicho que últimamente se le veía bajar a descargar el orinal a las letrinas que hay en el patio con mucha frecuencia y a horas poco habituales.
–De acuerdo, había alguien escondido en su cuarto. Tal vez uno de los cómplices del robo.
–Pensamos que podía tratarse de alguien perseguido por motivos políticos, concretamente alguno de los cabecillas que consiguieron escapar de Andalucía tras los sucesos de Loja. Por las fechas en que comenzaron a oírse las voces, varios prófugos de la revuelta entraron en Madrid. Que Vilanova simpatiza con su doctrina parece más que probable. Por sus lecturas, porque frecuenta lugares donde se suelen reunir miembros del partido democrático y porque en la misma vecindad dicen que en cuanto tiene ocasión se pone a perorar sobre las sociedades de socorros mutuos, la unión de los obreros y cosas por el estilo.
–Pueden darse los dos extremos, inspector, que tuviese escondido a algún agitador socialista y que entre ambos hayan organizado un golpe para financiar su secta. Si mañana a primera hora no está de vuelta, registraremos su cuarto a ver qué se encuentra.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo
Os ofrecemos un nuevo artículo de historia escrito por Eduardo Montagut. Puedes acceder a todos los artículos del profesor Montagut publicados, con su permiso, en CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.
 

El asociacionismo obrero al comienzo del reinado de Isabel II
Eduardo Montagut
Además del ludismo -movimiento de lucha contra el paro y la bajada de salarios que ocasionaba la introducción de la tecnología en las fábricas- y la lucha por las mejoras salariales, los trabajadores españoles comenzaron a movilizarse por el reconocimiento del derecho de asociación en la década de los años treinta del siglo XIX. Al calor de los cambios de signo aparentemente progresista que parecía traería la promulgación de la Constitución de 1837, los obreros de Barcelona solicitaron al gobernador permiso para poder asociarse, junto con la petición de que interviniese para conseguir un aumento salarial. La Comisión de Fábricas se opuso a lo uno y lo otro. Los patronos catalanes respondieron con el argumento arquetípico del liberalismo económico sobre las relaciones individuales entre el empresario y el trabajador. El primero era libre de poder despedir al obrero, como éste de dejar su trabajo. El asociacionismo, la creación de una organización obrera, de un sindicato, lógicamente distorsionaba esta relación, como ya habían puesto de manifiesto las legislaciones británica y francesa al respecto. Pero los trabajadores de Barcelona siguieron insistiendo en su solicitud. Al año siguiente se dirigieron al capitán general, aunque con el mismo resultado negativo.


Fábrica de tejidos Sert hermanos y Solá, Barcelona
- Grabado siglo XIX-

Estas experiencias motivaron que la clase trabajadora comprendiese que debía tomar la iniciativa y que no servía de nada hacer peticiones a las autoridades, en un capítulo más de la toma de conciencia de clase. A partir de 1839 y hasta la época de la Primera Internacional, el naciente movimiento obrero español se movilizó por la lucha por el reconocimiento del derecho de asociación en sus tres vertientes: la creación de sociedades de socorros mutuos (mutualismo), cooperativas de producción consumo (cooperativismo) y sociedades de resistencia (sindicalismo). Los obreros comprendieron que debían ayudarse mutuamente, dado el desmantelamiento de los sistemas de asistencia social de los antiguos gremios y de la Iglesia, con una beneficencia pública cicatera y poco eficaz. Al mismo tiempo, los trabajadores pensaron que podían imponer un nuevo sistema de producción y consumo que, por su eficacia y sentido ético, terminaría por arrinconar al naciente capitalismo, ineficaz e injusto. Por fin, el sindicato era la clave de la lucha contra el capitalismo.

Ante estas iniciativas, el naciente Estado Liberal optó por terminar de aceptar, no sin reticencias, las dos primeras opciones, es decir, la mutualista y la cooperativista, siendo radicalmente contrario a la segunda por su intrínseco carácter revolucionario. Pero los obreros españoles no se amilanaron y, aprovechando las autorizaciones y reconocimientos legales de las sociedades de socorros mutuos y de las cooperativas, lucharon para conseguir el reconocimiento de los sindicatos, aunque esto tardara bastante.

La primera norma que reconoció las sociedades de socorros mutuos fue la Real Orden de 28 de febrero de 1839. Al año siguiente, en Barcelona se creó la Sociedad de Mutua Protección de Tejedores de Algodón. Sus líderes, entre los que destacaron Juan Munts, José Sugrañés y Pedro Vicheto, redactaron unos estatutos, en los que se incluía que, si se reducían los jornales, los trabajadores se declararían en huelga. Esto no gustó al jefe político de Barcelona, ya que, como vemos, en realidad, encubría una sociedad de resistencia. A pesar de que no fueron autorizados los estatutos, la Sociedad siguió existiendo. El forcejeo entre los obreros y las autoridades continuó en los siguientes años. La represión de los obreros después del levantamiento de Barcelona contra Espartero en el otoño de 1842 -que había estallado por las pretensiones del Regente de firmar un acuerdo con Inglaterra para importar manufacturas de algodón- fue especialmente dura con los obreros, a pesar de que patronos y trabajadores habían marchado unidos en la protesta.


Baldomero Espartero
- José Casado del Alisal -
(1872)

 La Sociedad de Tejedores fue disuelta por un Bando de enero de 1843, prohibiéndose además todas las sociedades que existían. Pero la prohibición definitiva de la Sociedad no se dio hasta 1844, cuando Narváez llegó al poder, un personaje que se involucraría intensamente en la represión del movimiento obrero en los siguientes años, intentando que España no se incorporase a la oleada revolucionaria, ya con claros tintes democráticos y sociales, de 1848.


Puedes acceder a todos los artículos del profesor Montagut publicados, con su permiso, en CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.