La playa de la ignominia, por José María Velasco

A lo largo de los últimos meses hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

LA PLAYA DE LA IGNOMINIA
José María Velasco
En enero de 1939, tras el derrumbe del frente cercano a Barcelona y el avance de las tropas franquistas, comenzó la mayor diáspora de la historia española. Centenares de miles de republicanos derrotados emprenden entonces una desesperada huida hacia Francia en medio de un paisaje desolador: coches sin gasolina abandonados en las cunetas, mujeres que pierden  sus maletas, familias enteras caminando a pie en el barro, niños que soportan el frío del invierno bajo las mantas, hombres harapientos cargados con fardos, soldados a la deriva, taciturnos y abatidos, que tras abandonar sus fusiles sobre pirámides de armas amontonadas en la frontera, parecen muñecos de trapo, derrotados. A todos ellos les espera el gesto feroz de los gendarmes franceses, las bayonetas caladas de las tropas coloniales senegalesas, los alambres de espino, el frío y el hambre.

El 5 de febrero, el gobierno francés de Edouard Daladier, ante la presión de la opinión pública internacional, se ve obligado a abrir la frontera y permitir el paso de los refugiados. Apenas un mes más tarde, el informe Valière, realizado a petición del propio gobierno, estimaba la presencia de casi medio millón de exiliados españoles en territorio francés, la mitad de los cuales eran soldados, pero el resto eran mujeres, heridos, ancianos y niños. La población del departamento de los Pirineos Orientales casi se había doblado en pocas semanas. El desastre humano no tuvo la respuesta adecuada y las autoridades galas, impotentes y desbordadas ante la situación, decidieron internar a los republicanos en las playas de Argelés, a solo treinta y cinco kilómetros de España.

Cercaron el perímetro con alambres de púas, dejando una única salida al mar. Sin electricidad ni agua, sin barracones, letrinas, enfermerías, cocinas…, tuvieron que sobreponerse a las desgracias y excavar refugios en la tierra -las llamadas “conejeras”- y levantar tiendas de lona, que les protegieran del viento invernal que azotaba la orilla. Los víveres que habían conseguido transportar se habían agotado por el camino y la alimentación era muy escasa, apenas consistía en mendrugos de pan que les arrojaban desde camiones y sacos de legumbres que tenían que cocinar con el agua salada del mar. La potable, que se distribuía en camiones cisterna, tan solo alcanzaba para apagar la sed. Se vieron obligados a asearse y defecar en la orilla, convertida en estercolero. Escarbaron pozos en busca de un agua contaminada que rápidamente extendió la disentería y el tifus.



El campo de refugiados de Argelés

Los escasos médicos españoles trataban de curarlos con unas pocas aspirinas y pastillas de caldo de pollo. Con la bajada de las temperaturas empezaron a morir los más débiles. Bajos las carpas, las madres parían a sus hijos sobre la arena húmeda y luego los protegían del frío en cajas de cartón. Las mujeres jóvenes tuvieron que soportar el acoso y en ocasiones las violaciones de gendarmes franceses y los soldados senegaleses. Muchas de esas personas repetían diariamente el mismo gesto: levantaban el puño en señal de protesta por el maltrato y las malas condiciones. Con ese ademán aparece inmortalizado su sufrimiento en algunas de las fotografías que les tomaron.

En marzo el fotógrafo Robert Capa, que había sabido reflejar a través de su cámara el sufrimiento de los republicanos durante la guerra civil, visitó el campo que en aquel momento albergaba a más de ochenta mil personas. La descripción que hizo del mismo fue muy dura: "...un infierno sobre la arena: los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento". Federica Montseny, la primera mujer que fue ministra en nuestro país hizo una descripción desalentadora: “un rebaño de parias, una inmensa legión de esclavos sin ninguno de los derechos reconocidos”.

Pese a las penurias, consiguieron alzar algunos barracones e incluso realizar actividades culturales que trataban de levantar el ánimo colectivo. La solidaridad era lo único que les quedaba para mantener una mínima dignidad. Finalizada la guerra civil, las autoridades francesas persuadieron a la mitad de los refugiados, que dieron credibilidad a la promesa de perdón de Franco y regresaron a España. La mayoría lo pagó con la vida o con la cárcel.

El resto permaneció en la playa hasta que, seis meses después de la apertura del campo, estalló la Segunda Guerra Mundial y los nazis invadieron Francia. Las instalaciones fueron acondicionadas entonces para recibir a prisioneros judíos, gitanos y apátridas. Muchos de los hombres fueron obligados a alistarse en los batallones de trabajo. Otros se alistaron en la Legión extranjera francesa y empuñaron de nuevo las armas. Volverían a enfrentarse al fascismo, pero ésa ya es otra historia que también merece ser contada.

El último invierno fue el más duro. Un frío glacial y la acumulación de penalidades elevaron la mortandad, especialmente entre los niños. La lucha por la supervivencia y la dignidad no decayó. Cuando trataron de deportar a los brigadistas internacionales que aún quedaban a África, las mujeres comenzaron una protesta que duró varios días. Poco tiempo después, las autoridades cerraban el campo.

TV3 emitió en diciembre de 2009 un documental sobre el campo de concentración de Argelés. Los noventa minutos de duración reflejan el drama que miles de personas sufrieron allí. Merece la pena verlo.

La arena y el mar de la playa de Argelés llena de turistas en verano, aún guarda el sufrimiento, pero la memoria no puede ser sepultada y pervive en el recuerdo de los escasos supervivientes y a través de las palabras de sus hijos. Hoy vemos cómo centenares de miles de desesperados tratan de llegar a la próspera Europa. No hace mucho tiempo la desesperación era española. Los pueblos libres son los que aprenden de su historia.

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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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