«Una mujer vuelta al revés», libro de microrrelatos de Patricia Nasello

Patricia Nasello (Córdoba, Argentina, 1959) obtuvo el título de Contadora Pública por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC, 1983), profesión que nunca ejerció. Es editora de contenidos de  MICROFILIAS (Revista Electrónica Trimestral de los Géneros Breves en Español) y miembro del Comité de Redacción de BREVILLA (revista de Minificción). Edita los blogs «Patricia Nasello microrrelatos» (textos propios),  «Piedra y nido» (antología de microrrelatos) y «REY ARTURO, el hombre, el mito» (análisis de los núcleos históricos y literarios que disparan —dan nacimiento y nutren—  la leyenda artúrica).
 


En 2001 publicó el libro de cuentos breves y microcuentos “El manuscrito” (Edición de autor, Córdoba, Argentina), en 2015 el e-book de microficciones «Nosotros somos eternos» (Ediciones Libros al Albur, Sevilla, España) y en 2017 "Una mujer vuelta al revés" (Macedonia, Morón), del cual os ofrecemos cinco microrrelatos.

Retrato de mujer con paraguas
Patricia Nasello
Aterida de frío, mientras las gotas repiquetean sobre su paraguas, observa azorada el gallinero. En el nido hay un huevo dorado.

—Brilla como un huevo de… —no se atreve a decir la palabra, no se atreve a pensarla siquiera.

Felizmente agradecida a un Dios en el que hace tiempo no cree, ríe una risa de terror.

Exaltada como está, teme acercarse a recogerlo. Teme que, hecho el primer movimiento, su tesoro desaparezca.

De pronto una ráfaga de viento se enreda en sus piernas y da vuelta su paraguas. Se trata de un viento seco, cálido, que baja apurado por la cordillera y,  en pocos minutos, apaga la garúa que parecía no tener fin. Entonces, desde el fondo de la memoria llega  la  voz de su abuela: “Ande advertida m’hija que el clima es machito, cambia de opinión sin dar aviso”. ¿Será que su destino cambió de opinión? Continúa inmóvil, partida por este reflejo al que su mirada se aferra. La que se mueve es su mente. Se imagina bien vestida, pagando la deuda en el Banco; se ve haciéndose servir platos finos en un restaurante de la ciudad —restaurante al que, sin duda, habrá ido en su propio auto—. Planea telefonear a su hermana, decirle que vuelva, que traiga a los chicos, que hay para todos.

Ante tanto proyecto luminoso, es bueno tener presente que sobre el barrial del patio, por ahora, lo único que se ve es un paraguas con el esqueleto expuesto al aire y una mujer vuelta al revés
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Retrato de mujer con enemigo 
Patricia Nasello
Cada noche, mi hombre sale a arrebatarle provecho al mar.

—Por los dos —dice, me mira a los ojos y se aleja.

Entonces yo hago lo que debo hacer, me tiendo en la arena y sueño que mi cuerpo es el lecho oceánico. Sueño que ni siquiera las tormentas más horribles me tocan.


Cuando amanece él regresa,  seguro y hermoso, entonces comienza el ritual.

Primero llena sus bolsillos con los cristales marinos que ahora abundan sobre el suelo, luego besa mis párpados todavía cerrados y acaricia mis pechos, por último cura las heridas que dejaran en mi piel tanto caparazón de tortuga, tanto tentáculo de calamar, tanto diente de tiburón, tanto
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Retrato de mujer con riesgo
Patricia Nasello
Toma palabras como foso, púa, espino, y las planta alrededor de sí.

Al momento siguiente, un árbol, florecido en ángeles guerreros, se despliega frente a sus ojos. Ramilletes de ángeles, a cual más bello a su modo marcial. Sembrar palabras abismales, filosas, es una tarea insegura. Ella aceptó tal peligro para obtener este resultado: una guardia armada. De ahora en más, nadie volverá a acercarse lo suficiente como para lastimarla. Y así será, siempre y cuando la soldadesca que ahora la protege no vuelva las espadas contra su pecho, sus convicciones, o su memoria
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Banquete 
Patricia Nasello
Cuando el arroyo se equivoca y trae agua de mar, se escuchan cantos de ballenas.

Cantos remotos, angustiosos.

Los serranos, gente humilde persignándose agradecidos, carnean a los ballenatos, que están, como flores gigantes, varados sobre los espinillos
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Cuarto menguante
Patricia Nasello
Él y la luna discuten. Enfurecido, hiere con su puño ese cuerpo redondo que de pronto detesta.

Durante días la ve sangrar blancura, reducirse.

—Va a morir —piensa complacido
—Va a morir —piensa la luna, que ahora es una garra
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