Biografía de Carlos I de España (XX Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.

LA LUNA DE MIEL
Víctor Fernández Correas
Una vez casada la parejita, y tras pasar unos días en Sevilla, no tardó en poner rumbo a Granada, donde disfrutó de una luna de miel a lo grande; una ciudad muy querida por Carlos —se dice que fue la que más amó—, la última ciudad conquistada por sus abuelos, Isabel y Fernando; un paraíso al pie de Sierra Nevada, con esa Alhambra que quita el sentío. Pues en esa ciudad permanecieron Carlos e Isabel hasta finales de 1526. ¿Es o no una luna de miel en condiciones? ¡Ni la que cantaba Gloria Lasso!
   
Allí les dio tiempo a encargar al heredero de todos los vastos dominios del Emperador —Felipe— y también a planificar la construcción de un espléndido palacio renacentista, a cargo de Pedro Machuca, pero que
Carlos no pudo ver terminado por lo de siempre: las malditas perras.
   
¿Qué pasó para que la parejita diera por finalizada su luna de miel en Granada cuando su deseo era permanecer allí, incluso, el invierno? Por resumir la cuestión, jaleos caseros y foráneos. Entre los primeros, el levantamiento de los moriscos granadinos. Nada de unos desarrapados como los rústicos valencianos que se alzaron contra él unos años antes —las Germanías, recuerdo—, no; se trataba de los descendientes de quienes habían parido tanta maravilla.
 

Carlos los recibió para escuchar de su propia voz los problemas y afrentas que sufría tal colectivo. Escalofriante, por lo que se determinó constituir una comisión de investigación que, posteriormente, dio paso a una Junta presidida por el Arzobispo de Sevilla e inquisidor general, Alonso de Manrique, y García de Loaysa, confesor del mismo Emperador. Su conclusión, palmatoria: imposible adoctrinar a la población granadina adulta. En consecuencia, había que fiarlo todo a la evangelización de la juventud a través de los colegios donde se educara a los niños moriscos. “Porque de los padres ninguna esperanza se tenía”, dejó escrito Sandoval, cronista del Emperador. Más claro, el agua.

Un proceso lento y costoso, y más si tenemos en cuenta que la educación, en especial la primaria, no constaba entre las atribuciones de la Monarquía. Hubo sobornos de por medio —se habla de 80.000 ducados para
Carlos, y algunos más que cayeron en los bolsillos de ciertos consejeros imperiales, como los del Conde de Nassau— para que los granadinos pudieran seguir usando la lengua y ejerciendo sus usos y costumbres. Cuarenta años de plazo para que la situación se asimilara, eso acordó Carlos, que estaba enamorado hasta las trancas —además de Isabel— de Granada.

Resuelto el entuerto, el pueblo granadino se mostró fiel al Emperador. A modo de ejemplo, se cuenta que, perdido en una jornada de caza en las abruptas montañas de Sierra Nevada, solo y desamparado, un guía morisco le sacó del apuro y le devolvió sano y salvo en compañía de su amada. Así que, entre unas cosas y otras, de los 80.000 ducados recibidos dispuso de 16.000 para la construcción del palacete al que nos habíamos referido líneas más arriba. Para algunos, un pegote, un adefesio; un pecado de consideración, una herejía en ese paraíso que es la Alhambra. Para otros, signo de la admiración que sentía
Carlos por esta tierra, de su deseo de tener allí un lugar de paz al que volver siempre que quisiera.

Total, que
Carlos e Isabel abandonaron Granada el 10 de diciembre de 1526 para no volver jamás a ella. Cinco meses de pura felicidad los vividos por la pareja interrumpidos por el problema morisco; y muy especialmente por ese dolor de cabeza que era Europa. A saber: Francia lamiéndose las heridas de Pavía y valiéndose de la diplomacia para arrinconar al Emperador en el tablero de ajedrez que era el Viejo Continente, Solimán el Magnífico desperezándose y con cuerpo de jarana —lo cual daba mucho miedo—, Venecia y Roma —y con ella, el Papa, Clemente VII— dándole la espalda…

Por delante, una nueva guerra con los franceses, algunos de los episodios más lamentables de la historia, y un hijo en camino.

Todo eso, repito, en la siguiente entrega
.

© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de CITA EN LA GLORIETA, ayúdanos a crecer, siguiendo el blog. Puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

¡Muchas gracias!