«Microrrelatos escogidos» por Ana Grandal (LI)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Ana Grandal, licenciada en Ciencias Biológicas, traductora científica, escritora y administradora de la página de facebook TOPmicrorrelatos.


A Jorge, su madre le acababa de contar el cuento de un valeroso caballero que derrotó a un dragón haciéndole salir de su cueva. Unos minutos después de apagar la luz, oyó un ruido debajo de la cama. Tapándose la cabeza con las sábanas, pensó: «Si está debajo de la cama, igual es que también tiene miedo».


ATLÁNTIDA
Manuel Moyano
Durante el verano de 1932, mientras nadaba en los bajíos de la isla de Nantucket, fui engullido por una monstruosa ola que me arrastró, inconsciente, hasta el fondo del océano. Desperté en una ciudad submarina, contenida dentro de una gigantesca bóveda de material traslúcido. Sus habitantes eran todos rubios y vestían finísimas dalmáticas de seda. Contemplé con admiración los hermosos edificios, los templos cuyas cúpulas eran de oro puro, los acueductos que medían un millar de pies de altura. Una estatua parlante me habló —en mi propio idioma— de aquella sociedad. Relató que sus miembros vivían en perfecta armonía, y que no existían entre ellos la envidia, la venganza, la violencia ni los celos. En cuarenta siglos, jamás habían conocido la guerra; ni siquiera un simple altercado. Poco después, fui milagrosamente devuelto a la superficie, a la costa de Nantucket. La primera persona que encontré en la playa fue a Wesley, el hijo de la maestra, quien estaba recogiendo mejillones. Cuando le referí los prodigios de que acababa de ser testigo, escupió de medio lado y se limitó a decir: «Eres un ingenuo por creer todo lo que te contó esa estatua, Arnie. Seguro que ahí abajo tendrán también sus problemillas».


Huir de casa, de él, de los niños. Pulpos extraños con ventosas que no dejan respirar. Coge el coche y sale del garaje con prisa, se lleva el guardabarros del vecino. Las ruedas chirrían en la curva. Llueve. El limpiaparabrisas le acompaña, taac tac, taac tac, mientras enfila las calles, semáforo a semáforo. Quiere salir de la ciudad, le da igual la carretera. Empieza a anochecer. Los faros iluminan las gotas como lágrimas que entran en las luces y no pueden salir. Conduce más deprisa justo cuando arrecia una tromba. Da más velocidad al limpiaparabrisas. El agua, una cortina, el coche que llora. Y ella con él. Sus lágrimas entran en ella y la inundan. Acelera más, para huir del agua, del llanto, de la carretera. Hasta que ocurre. Solo queda oscuridad.

Cuestión de tiempo


Alguien me grita que me ponga en la cola como todo el mundo. Sin rechistar, doy la vuelta y me coloco el último. Hay hombres y mujeres, casi todos ejecutivos de mi misma edad. Por mi reloj faltan tres minutos para las ocho y las puertas del edificio aún permanecen cerradas, aunque dentro ya se ve luz. Llevo puesto mi mejor traje. Cuando por fin se abren, la cola se pone en marcha y un bedel nos conduce hasta el ascensor. Subimos en silencio. En el ático, el primero en saltar es el tipo que me gritó. Cae a plomo, sin hacer un solo tirabuzón en el aire.
 
Desahuciados. Crónicas de la crisis

SHARIK
Teresa Pacheco Iniesta
La vi en la biblioteca de los juzgados, concentrada, como el día que tuve el privilegio de que me defendiera. No me expulsaron del país. De eso hace diez años. Me dio un vuelco el corazón. Llevaba puesto el collar que le hice con mis manos. No olvido que siempre me trató con tanto afecto que creí nuevamente en la humanidad. Quise establecer una relación de confianza para hablarle de mis sentimientos. Pero yo no era nadie, por más que ella decía que todos somos iguales. Me enamoré de ella. ¿Y quién no?, pensé al despedirnos. Fui a saludarla sin esperanza de que me reconociera. Alzó sus ojos, se le iluminó la cara y me llamó por mi nombre. Qué bien te queda la toga, Sharik. Como si siempre hubiera esperado que llevara una. Comimos juntos al terminar nuestros respectivos juicios. Ahora cenamos  juntos en casa todos los días.


GÉNESIS
Alba Omil
El soplo dijo sí y fue la vida. Y no hizo falta la palabra.
Con ritmo de jazz

Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce como traductora científica freelance desde 1996. Entre otros, ha traducido los libros de divulgación Los orígenes de la vida (Freeman Dyson, Cambridge University Press, 1999), El comportamiento altruista (Elliott Sober y David Sloan Wilson, Siglo XXI, 2000) e Inteligencia emocional infantil y juvenil (Linda Lantieri, Santillana, 2009) y la compilación de poesía incluida en Mina Loy. Futurismo, Dadá, Surrealismo (La Linterna Sorda, 2016). Cuenta con varios premios literarios, que incluyen el V Concurso de Relato Corto del Ayto. de Monturque (2004) y el XIII Premio de Narrativa Miguel Cabrera (2006). Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme (2015) y Hola, te quiero, ya no, adiós (2017) en Amargord Ediciones.


Coedita con Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (Amargord Ediciones, 2016), en donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales La Ignorancia y La Charca Literaria. En su faceta musical, toca la flauta travesera en los grupos de rock VaKa y Los Vitter del Kas.


Puedes leer una selección de microrrelatos de su primer libro de microrrelatos, «Te amo, destrúyeme», publicado por Amargord Ediciones en 2015, pinchando AQUÍ.