Reseña de “Nunca bombardees Pearl Harbor”, de Javier Hernández Velázquez

RESEÑA de «NUNCA BOMBARDEES PERAL HARBOR» de JAVIER HERNÁNDEZ VELÁZQUEZ, 
por Rafael Guerrero
¡El alquimista! ¡Ha llegado el alquimista literario a sus librerías, bibliotecas y estanterías! ¡Abran las páginas de su última obra publicada y comprobarán que no les miento!

Perdón por comenzar así una reseña que se pretende seria y argumentada, espero que efectivamente lo sea cuando me explique y la lean completa. Alla voy.

Javier Hernández Velázquez, autor de Nunca bombardees Pearl Harbor, la más reciente entrega de la saga protagonizada por el chicharrero detective sin licencia Mat (de Matías) Fernández, ha conseguido cuadrar el círculo, redondear el triángulo y de paso, con muy mala leche y muy certero pulso, convertir la ponzoñosa actualidad patria en material narrativo de alta calidad.

Sí, se habla del monotema catalán, de la turra que llevamos soportando por parte de unos y de otros desde hace años (y lo que nos queda) pero dentro de un contexto aún más tóxico, mafioso, turbio, amoral y criminal que como ocurre igualmente con el humor, casi todo lo mejora o lo hace digerible, incluso apetecible. La alquimia, ya lo advertí. Para vender humo no todos los fanfarrones sirven, ni siquiera todos los humos.

Porque esta es una novela negra, muy negra, con un intencionado y marcado tinte social y político tratado desde el sarcasmo y el escepticismo, descrito más que criticado —cada cual que extraiga sus propias conclusiones y condimente con sus prejuicios—, como se hacía en los títulos clásicos del género, con ricos puteando a otros ricos y por supuesto a los pobres, cómo no, nobleza les obliga. Y es también un western, un sentido homenaje a las películas de rudos y acabados vaqueros solitarios que se baten en duelo al amanecer o al anochecer o cuando no queda más remedio, que se cuecen en bourbon y whisky porque de algo hay que vivir cuando no queda más vida que el trabajo, que están para el arrastre aunque todavía conservan un par de muelas sanas y saben cómo usarlas si de ello depende salir enteros o magullados cuando deberían haber salido muertos. Un Sergio Leone de verdad y mentira lo explica en varios capítulos: no estaba bien visto en Hollywood que se viera al pistolero, la pistola, el disparo, la bala y el disparado en el mismo plano y por eso él lo rodó así, por joder. Y acertó. Sin embargo, Clint Eastwood prefería no aparecer fumando, menudo cobarde, flaco vendehumos.

Por si fuera poco meritorio este cruce de guiños y referencias, se cuelan entre las páginas lo bélico (las guerras sucias, los cadáveres de nadie, las estragegias en las batallas, las trincheras del pasado, las banderas que agitan odios y proporcionan pingües beneficios a los generales que luchan desde el cómodo sofá del salón: ¡nunca bombardees Pearl Harbor, alma de cántaro!); y lo sentimental, esos lazos, nudos y cadenas que hacen parecer la existencia como si fuera un asunto personal, porque donde ni el dinero llega para comprar apoyos, silencios, lealtades o asesinatos a la carta sí alcanzan los recuerdos, el chantaje emocional, el hijo del que nunca se supo que era hijo, el primer amor despiadado, aquella vez que Mat Fernández miró al techo acompañado y sin miedo a que se le derrumbase encima, un padre que por fin ejerce como tal revólver en mano, una prometedora carrera profesional en la policía truncada a saber por qué o por quién, una terrible desazón por la pérdida de aquella mujer que podría haber hecho de él alguien mejor. O menos jodido.

Mención especial a los geniales diálogos que se gastan los personajes. Frases lapidarias más cinceladas en piedra que entonadas con las cuerdas vocales, chascarrillos de dudoso gusto en el momento menos indicado, sentencias que son ases en la manga y faroles en sí mismas, palabras de más y palabras calladas cuando ya nada resta por decir y toca actuar con público o sin él.

Quizá no sean las interpelaciones más realistas, por agudas, quirúrgicas, cínicas e igneniosas, pero resultan verosímiles en el ámbiro de la ficción y se agradecen pues así suenan los detectives y los malos y las mujeres fatales en nuestro imaginario colectivo. Son puro humo, del bueno, el de los alquimistas con callo y oficio.

Iba a recomendar, para concluir estas notas con forma de aplauso, que estuvieran muy atentos al desenlace del relato aunque no sería justo: permanezcan atentos desde el principio, vale la pena, mucho.

Es solo alquimia literaria, es solo una novela redonda, es solo un tinerfeño baqueteado en la Barcelona del procés, es lo que hay: la escala de grises jugando al blanco y negro, y me gusta.


Esta reseña ha sido escrita por Rafael Guerrero la IV SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2018. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.

 
es Detective Privado y Criminólogo por la Universidad Complutense de Madrid, Director de Seguridad por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Máster en Servicios de Inteligencia por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de Madrid. Miembro de World Association of Detectives de Estados Unidos, a la Asociación Profesional de Detectives Privados de España, ASIS International, Asociación Nacional de Criminalistas y Expertos en ciencias forenses y es socio colaborador de la International Police Association. Es autor de Un guerrero entre halcones, Diario de un detective privado (Editorial Círculo Rojo, 2010), Muero y Vuelvo (Editorial Círculo Rojo, 2013) y Ultimátum (Editorial Círculo Rojo, 2015).