Reseña de «La captura del Cancerbero», de Agatha Christie

RESEÑA DE «LA CAPTURA DEL CANCERBERO», DE AGATHA CHRISTIE, por Miguel Izu
1. Introducción.
 

El duodécimo y último de los trabajos de Poirot es La captura del Cancerbero. De los doce relatos que compuso Agatha Christie sobre los trabajos de Hércules es el que tiene la historia más curiosa. La escritora se había comprometido con Strand Magazine a completar la serie de los doce trabajos, pero cuando remitió su último relato la revista lo rechazó, probablemente porque las circunstancias políticas lo hacían poco oportuno, era 1940 y acababa de iniciarse la II Guerra Mundial. Así que la colección quedó incompleta, con solo once relatos, hasta que en 1947 se procedió a reunirlos en un libro. Entonces Agatha Christie escribió un prólogo e hizo una nueva versión de The Capture of Cerberus, la cual se publicó también como relato independiente en la revista norteamericana This Week en marzo de 1947 con el título de Meet Me in Hell.

El relato original, rechazado por Strand Magazine, quedó olvidado en el archivo de la escritora y fue publicado en 2009 por John Curran como apéndice de su libro Agatha Christie. Los cuadernos secretos, junto con otro relato inédito de Poirot, El incidente de la pelota del perro, escrito hacia 1933 y que, con algunas variaciones, acabó formando parte de la novela El testigo mudo, de 1937.

Conforme nos relata la mitología griega, Cerbero o Cancerbero, hijo de Equidna y Tifón y hermano de Ortro, era el guardián de la puerta del Hades (el inframundo griego), un perro monstruoso con tres cabezas (en alguna versión hasta con cincuenta) y con una serpiente en lugar de cola. Cerbero aseguraba que los muertos no pudieran salir del Hades y que los vivos no pudieran entrar. Hércules estuvo en el santuario de Eleusis para expiar sus pecados y ser iniciado en los misterios eleusinos aprendiendo cómo entrar y salir vivo del Hades. Atenea y Hermes le ayudaron a cruzar su entrada y a convencer a Caronte (el barquero del Hades encargado de llevar a los difuntos a cambio de un óbolo, razón por la que los cadáveres en la antigua Grecia se enterraban con una moneda bajo la lengua) a que le llevara en su barca a través del río Aqueronte. Al llegar a la otra orilla, donde se hallaba Cerbero, algunas versiones cuentan que Hércules pide permiso al dios Hades para llevárselo y este accede con la condición de que no use armas y no le haga daño; el héroe se muestra amable con el fiero perro y este, al ser tratado así por primera vez, lo acompaña fuera dócilmente; pero en otras versiones Hércules lucha contra el perro solo con sus manos y logra arrastrarlo fuera del Hades. Cuando se lo entrega a Euristeo, este le tiene tanto pavor que se lo devuelve, considerando que ya ha cumplido con todos sus trabajos, y Hércules puede llevarlo de nuevo al Hades.


Hércules y Cerbero
(Palacio Hofburg, Viena)

2. Sinopsis.
ADVERTENCIA DEL EDITOR: Esta sinopsis contiene un spoiler completo del relato que reseñamos. Si aún no lo has leído o hace tanto tiempo que no recuerdas el argumento, te recomendamos que lo leas antes de disfrutar del excelente análisis que nos ofrece el escritor Miguel Izu.

2.1. Versión de 1940.

Poirot se halla en Ginebra, en un momento de grave riesgo de que se declare una guerra en Europa. Tomando el aperitivo en la terraza de su hotel se encuentra con la condesa Vera Rossakoff. Le presenta a su acompañante, un tal doctor Keiserbach, al que dice que el detective sería capaz de cualquier cosa, hasta de devolver un muerto a la vida. El doctor, al día siguiente, invita a una copa a Poirot y le revela que su verdadero nombre es Lutzmann. Era el padre de Hans Lutzmann, un estudiante acusado de atentar mortalmente contra el dictador nazi del Imperio de Centroeuropa, August Hertzlein, el mayor peligro para la paz en el continente. Fue linchado por la multitud tras el atentado, pero su padre afirma que en realidad era inocente, que había sido un ferviente admirador de Hertzlein. Le ruega que descubra al verdadero asesino.

Poirot viaja a Baviera y pide la ayuda del doctor Otto Schultz, luego regresa a Londres. Schultz se desplaza a un lugar cercano a Estrasburgo para visitar un sanatorio mental, Villa Eugenie, custodiado por un feroz perro encadenado, y que está dirigido por el doctor Weirgartner, pero al estar este ausente habla con su segundo, el doctor Neumann, y muestra su interés por uno de sus pacientes aquejados de paranoia. Poirot, tras recibir información de Schultz, contrata los servicios del señor Higgs, experto ladrón de perros, y de otro joven ladrón. Con ellos se desplaza al sanatorio y logra entrar clandestinamente para liberar a Hertzlein, que está recluido allí.

En el tren que lleva a Hertzlein y a Poirot a París este le relata cómo le ha encontrado. Dado que a la primera fila de los mitines a los que asistía el dictador, perfectamente organizados, solo podían acceder personas de absoluta confianza, supuso que hubo un complot para cometer el atentado y culpar a Hans Lutzmann. Dedujo que a Hertzlein lo habían suplantado porque su voz sonaba diferente. Habían corrido rumores de que últimamente Hertzlein había caído bajo la influencia del padre Ludwig, después de haber perseguido a la Iglesia se había convertido al catolicismo, y que había rectificado sus ideas volviéndose partidario de la paz. Por eso dedujo que fueron los dirigentes de su propio país quienes le secuestraron y simularon su asesinato, para evitar el cambio de rumbo y explotar el recuerdo de su martirio. Poirot supuso que podía estar recluido en un sanatorio mental, no muy lejos del Imperio, donde su afirmación de que era Hertzlein sonara tan normal y poco creíble como si dijera que era Napoleón. Por eso contrató a varios médicos que fueron visitando sanatorios hasta descubrir aquel donde estaba ingresado.

Se difunde la noticia de que Hertzlein, en realidad, no ha muerto, y se presenta en público para retomar el liderazgo de su país y conducirlo por la senda de la paz. Poirot vuelve a Ginebra y se encuentra de nuevo con Vera Rossakoff, que se muestra escéptica sobre que realmente triunfe la paz. Poirot le regala un enorme perro, que le encanta a la condesa, al que deciden llamar Cerbero.

2.2. Versión de 1947.

Poirot sube las escaleras mecánicas, abarrotadas de gente, del metro de Londres cuando ve a la condesa Vera Rossakoff que baja. “¿Dónde la podré encontrar...?”, exclama en el momento en el que se cruzan. “En el infierno...”, responde ella. Poirot intenta encontrarla entrando de nuevo al metro, pero no lo consigue. Queda confuso por su respuesta, hasta que miss Lemon le dice que si quiere encontrarla en El Infierno lo mejor es que reserve una mesa. El Infierno es un club nocturno muy de moda, propiedad de una rusa. El local está decorado en coherencia con su nombre y tiene hasta un enorme y fiero perro guardián. La condesa se alegra mucho de verle, tantos años después, y le presenta al profesor Liskeard, un arqueólogo que le ha ayudado en la decoración, y a la doctora Alice Cunningham, psicóloga interesada en la conducta criminal, prometida del hijo de la condesa y de aspecto poco elegante. Poirot advierte la presencia del detective inspector Charles Stevens entre los clientes.

Al día siguiente Poirot visita al inspector Japp en Scotland Yard, que le informa que vigilan El Infierno, sospechan que no pertenece a la condesa Rossakoff, que solo hace de pantalla, sino probablemente a un sujeto llamado Paul Varesco dedicado a la distribución de estupefacientes a gran escala que se pagan con joyas de aristócratas en apuros, pero pese a haberlo registrado no han conseguido nada. Japp pide la ayuda de Poirot, que acepta.

Poirot habla con la condesa Rossakoff, que niega estar implicada en el tráfico de drogas y asegura que el club es suyo. Más tarde Japp le anuncia que se prepara una redada para una noche próxima. Han descubierto una salida camuflada detrás de la parrilla por la que entra y sale la droga. La noche de autos Poirot está sentado en el club con el profesor Liskeard y la doctora Cunningham cuando llega la policía y se apaga la luz. Cuando se enciende de nuevo, Poirot sale a la calle y se encuentra con el señor Higgs, experto en perros.

Al siguiente día Poirot habla con Japp por teléfono. No encontraron drogas, pero sí unas esmeraldas en el bolsillo de Liskeard, que negó que fueran suyas. Poirot le confirma que hubo drogas, y que fue él mismo quien las sacó del club. Cuelga el teléfono y abre la puerta a la condesa Rossakoff, a quien había citado en su casa. Él le pregunta por qué puso las esmeraldas en el bolsillo de Liskeard; ella responde que porque Paul Varesco, su socio, se las puso a ella en el bolso cuando se apagó la luz, e intentó deshacerse de ellas poniéndolas en el bolsillo de Poirot, pero con la oscuridad se confundió. Poirot la conduce a una habitación donde está el señor William Higgs con el perro, y le pide que le ordene que suelte el paquete que lleva en la boca, que está lleno de un polvo blanco. La condesa niega tener nada que ver con la droga; Poirot la tranquiliza diciendo que sabe que ella, en realidad, era solo la cabeza de turco. Desde el primer momento sospechó de la doctora Cunningham, que llevaba unos amplios bolsillos, demasiado amplios para una dama. Ella fue la que llevaba la droga y la escondió en la boca del perro.



3. La condesa Vera Rossakoff


Como en otros tantos aspectos de su obra, al crear al personaje de la condesa Rossakoff, Agatha Christie sigue la pauta de Conan Doyle. Vera Rossakoff es a Hércules Poirot lo que Irene Adler a Sherlock Holmes. Esta fue la única mujer capaz de engañar y vencer a Holmes por lo que este, que normalmente menosprecia a las mujeres, se refería a ella con gran respeto. Como cuenta Watson en Escándalo en Bohemia, “él solía hacer bromas acerca de la inteligencia de las mujeres, pero últimamente no le he oído hacerlo. Y cuando habla de Irene Adler o menciona su fotografía, es siempre con el honroso título de la mujer”. Hay quienes suponen un sentimiento amoroso o atracción sexual de Holmes por ella, pero parece que, en realidad, lo que había era algo mucho más importante en un frío y desapasionado solterón sin remedio como él, una sincera admiración por sus facultades intelectuales. Lo mismo sucede a Poirot con la condesa Vera Rossakoff. En La captura del Cancerbero (1947), al final, Poirot envía flores a la condesa Rossakoff, lo que sorprende mucho a miss Lemon: “—¡Válgame Dios! —murmuró—. Quisiera saber... Pero en realidad, ¡a sus años...! Seguramente no...”.

La
condesa Rossakoff es, como Poirot, una refugiada en Inglaterra, una aristócrata rusa con la que coincide en tres historias. Su primera aparición es en el relato Doble pista, donde es descrita como “una rusa encantadora, miembro del antiguo régimen”, mientras que Hastings dice que “tenía una personalidad turbadora”. Es una de las personas sospechosas del robo de unas joyas y, al final, resulta ser culpable. Poirot acude a su hotel a pedirle que devuelva las joyas si quiere evitar ser detenida, cosa que ella hace de inmediato. “¡Vaya mujer! —gritó Poirot entusiasmado mientras descendíamos las escaleras—. ¡Mon Dieu, quelle femme! ¡Ni una palabra de protesta, ni una exclamación de protesta! Una mirada, y ya ha sabido cuál era su situación. Hastings, una mujer que encaja la derrota con una sonrisa, llega muy lejos”, relata el capitán.

Poirot se reencuentra con la condesa años más tarde en Los Cuatro Grandes (posiblemente uno de los peores libros de Agatha Christie, una novela confeccionada de forma apresurada como refrito de varios relatos cortos para salir de los apuros económicos en que se hallaba tras su divorcio). En esta novela el detective, ayudado por Hastings y Japp, se enfrenta a una siniestra organización criminal que se supone dirigida por cuatro personas: un político chino, un multimillonario norteamericano, una científica francesa y alguien conocido solo como Número Cuatro. Tras entrevistarse con la científica en París, ven a la condesa Rossakoff llegar a su casa y se enteran de que trabaja como su secretaria con el nombre supuesto de Inez Véroneau, haciéndose pasar por española. La condesa, al ver a Poirot y Hastings, queda desolada, sabiéndose descubierta. Acepta facilitar que un secuestrado al que buscan sea liberado de inmediato a cambio de poder desaparecer. No aclara su participación en los hechos, aunque Poirot da por supuesto que trabaja para los Cuatro Grandes.

Más adelante, la condesa aborda a Hastings en la calle y le recomienda que abandonen el caso. Posteriormente, Hastings y Poirot (que ha fingido su muerte y se hace pasar por su hermano Aquiles) son secuestrados y llevados a la sede secreta de los Cuatro Grandes. Encuentran allí a la
condesa Rossakoff, que de nuevo queda consternada de ver a Poirot, “¡Oh, hombrecito, hombrecito! ¿Por qué se mezcló en esto?”, exclama. Es presentada por el Número Cuatro como su lugarteniente. Nuevamente les ayuda, permitiendo que escapen a cambio de que Poirot la reúna con su hijo perdido y supuestamente muerto. Pese a haber sido enemigos, ambos mantienen una mutua admiración.

El último encuentro de Poirot y la
condesa Rossakoff es en La Captura del Cancerbero, veinte años después, y luego ya no sabemos nada más de ella. Tras finalizar Los Trabajos de Hércules, Poirot asegura que va a retirarse, aunque como en todas las anteriores ocasiones en que lo anunció no cumplirá su palabra y se publicará todavía una quincena de libros más, entre novelas y colecciones de relatos, con sus aventuras.


es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: https://mizu38.wixsite.com/miguelizu