Lecciones de Medicina para escritores (5), por Osvaldo Reyes

MEDICINA PARA ESCRITORES 
por Osvaldo Reyes
Lección 1: La bala asesina
Lección 2: Sangre
Lección 3: De abortos y golpes
Lección 4: El dulce veneno del asesinato
Lección 5: El conocimiento es poder
Lección 6: Todo está conectado
Lección 7: No te recuerdo
Lección 8: Conversaciones con la muerte
Lección 9: La huella perdida
Lección 10: El peso del agua

La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp
(Rembrandt)


Lección 5: El conocimiento es poder
por Osvaldo Reyes
¿Recuerdan cuando el programa que parecía estar en boca de todos era CSI (Crime Scene Investigation o En la escena del crimen)? Si no, entonces no son tan viejos como yo. Era un excelente programa, que capturó la imaginación de miles de televidentes en todo el mundo. Eso sin mencionar el efecto que tuvo en juicios, donde se pedían pruebas forenses que no existían en el mundo real, o en jóvenes, que, de la noche a la mañana, querían ser criminalistas.
   
Nunca llegué a ver todas las temporadas. Creo que quedé en la octava. Algunos capítulos me fueron desencantando y al final la dejé, en búsqueda de nuevas series, más cercanas a la realidad.
   
Lo traigo a colación por un caso en particular. El capítulo 22 de la segunda temporada se llamó “Jurisdicciones cruzadas” y fue un episodio muy especial, ya que mezclaba a los personajes de CSI Las Vegas con los de CSI Miami. Lo malo fue que el capítulo no recibió la asesoría médica requerida o, en aras del suspenso, mintieron. No sé qué es peor, pero déjenme explicarme para que sufran conmigo.
   
El escenario no es muy diferente a otras historias de la serie. Un policía aparece asesinado y su esposa y su hija no aparecen. Los equipos persiguen las pistas dejadas por el responsable y un testigo recuerda que el principal sospechoso despedía un olor dulzón. Eso los hace sospechar que sufre de cetoacidosis diabética y, por medio de los registros de medicamentos, ubican a un comprador de insulina que parece ser el hombre que buscaban y a quien capturan justo cuando se preparaba a abandonar el país a bordo de un avión privado, propiedad de su última víctima.
   
¿Les parece que todo está bien? Bueno, lamento ser el portador de malas noticias. El argumento suena sólido y la condición médica del asesino permitió que lo capturarán, pero no deja de ser una ilusión.
   
La cetoacidosis diabética es una complicación grave de la diabetes y una verdadera urgencia. El paciente en cetoacidosis está cansado y/o confuso, puede sufrir de náuseas, vómitos, dolores abdominales y terminar en coma. Alguien con esa condición no estaría paseando por la ciudad cometiendo crímenes como si no tuviera un solo problema en el mundo, siendo su mayor preocupación el oler más dulce de lo normal.
   
Para completar de complicar el asunto, uno de los investigadores, al sospechar que el asesino tiene una cetoacidosis diabética (dato que menciona con la tranquilidad de quien reporta el estado del tiempo), concluye que, si investigan las bases de datos de compradores de insulina, encontrarán al asesino. Hay múltiples casas farmacéuticas que venden insulina y existen formulaciones diversas del mismo producto (insulina rápida, lenta, intermedia). Eso sin contar el hecho de que el asesino podía estarse controlando su diabetes con medicamentos orales.
   
Así que, en su próxima historia, si van a usar una enfermedad como elemento clave de la trama, por favor busquen asesoría, lean bastante sobre la parte científica de la condición y no traten de presentar situaciones ficticias, escritas con el único fin de crear tensión, como si fueran hechos verídicos.


Lección 4: El dulce veneno del asesinato
por Osvaldo Reyes
Paracelso, un alquimista y médico suizo, es considerado por muchos como el padre de la toxicología, la ciencia que estudia las dosis, naturaleza y los mecanismos de acción de los tóxicos o venenos. La razón es que fue el responsable de una frase que se convirtió en la máxima de la disciplina: “Dosis sola dacit venenum”, que podemos traducir por “La dosis hace el veneno” o “Todo es un veneno, lo que cambia es la dosis”.
   
Hay venenos en todas partes. La nuez moscada en pequeñas cantidades es saludable, pero en dosis altas puede provocar alucinaciones y/o convulsiones debido a que contiene una sustancia llamada miristicina. Es por eso que el aceite esencial de nuez moscada está clasificado dentro del grupo de los estupefacientes y narcóticos.
   
Ahora, digamos que lee en alguna parte que las semillas de manzana tienen cianuro (lo cual es cierto) y decide escribir una historia en donde el asesino tritura las semillas de las manzanas del huerto de la víctima. Las razones dependen de la trama que usted haya creado en su cabeza. En el segundo en que su personaje muera de esta forma, usted habrá cometido un error fatal de investigación. La razón es que las semillas de las manzanas tienen dosis muy baja de cianuro. Para alcanzar un nivel tóxico tendría que comerse 200 semillas o masticar muy bien veinte corazones de la fruta. Si su asesino usó solo diez manzanas, lamento decirle que su víctima, en el mundo real seguirá caminando para cometer actos despreciables.
   
Cada veneno tiene sus peculiaridades. La toxina de la serpiente inyectada matará a su personaje, pero ingerida, no le hará ni cosquillas (a menos que tenga una úlcera estomacal abierta, en cuyo caso se envenenará y morirá). El punto es que, si quieren usar un veneno para cometer su próximo crimen, tiene que leer sobre la droga. No solo el cuadro clínico, que siempre es útil para ese momento crítico en su obra, cuando la víctima debe sucumbir al veneno. Tienen que leer la letra menuda: mecanismos de acción, formas de absorción, medicamentos o sustancias que alteran sus efectos, vida media, dosis letal y todo cuanto puedan sobre su molécula de elección.
   
Cuando leí “La cajita de rapé” de Javier Alonso García-Pozuelo, tuve un momento de pánico literario, ya que el autor describe el cadáver de una criada que murió asesinada. Cuando el inspector Benítez revisa sus ojos, ve sus pupilas y las describe como unos pequeños puntos. Al morir y el cerebro dejar de funcionar, las pupilas se dilatan, no hacen lo contrario. Casi cierro el libro allí mismo, hasta que recordé que el autor es médico. Por supuesto, no era un error, sino que la víctima había sido drogada con láudano, una tintura alcohólica de opio. La descripción iba acorde con el veneno/droga y esos detalles son los que elevan la calidad de un manuscrito.

Observando al profesor que, sentado en una silla desvencijada, a la luz de un candil de aceite, hablaba con el hombre aprisionado con grilletes de hierro en las muñecas y los tobillos, tirado sobre un viejo jergón puesto en el suelo y con un mal vendaje en torno a la cintura. Aquel rumor de palabras en voz baja, susurros casi siempre, mientras la llama aceitosa hacía brillar la piel grasienta del jabonero y relucía en sus pupilas dilatadas por una gota de láudano —una sola— vertida en un vaso de agua. Quiero tenerlo lúcido y sin demasiado dolor, había explicado Tizón. Capaz de razonar. Sólo un rato y para que ustedes charlen. Después dará lo mismo que le duela o no.

El asedio, Arturo Pérez Reverte (Alfaguara, 2010)
Una experta en el tema era la Dama del Crimen, Agatha Christie. “El misterioso caso de Styles”, el primer libro donde aparece el grandioso Hercule Poirot, es una cátedra en la química de la estricnina. Sus descripciones eran tan exactas y bien construidas que, y esto es una historia real, en junio de 1977 una enfermera llamada Marsha Maitland, mientras cuidaba a una niña de 19 meses que estaba hospitalizada por una rara enfermedad, le llamó la atención que los síntomas de la pequeña eran muy similares a los de las víctimas del libro que leía en ese momento: “El misterio de Pale Horse”.  En esta obra, el asesino usaba talio, un metal usado en venenos para ratas en el Medio Oriente. Gracias a la descripción de Agatha Christie, la pequeña empezó a recibir el tratamiento indicado para su condición y en cuatro meses se pudo ir a casa.
   
Un buen trabajo siempre recibe sus recompensas.

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Osvaldo Reyes (Panamá, 1971)
estudió medicina en la Universidad de Panamá y luego se especializó en Ginecología y Obstetricia en la Maternidad María Cantera de Remón. Actualmente labora como médico especialista en la Maternidad del Hospital Santo Tomás, donde también ejerce funciones como Coordinador de Investigaciones. Es profesor de la Cátedra de Obstetricia de la Universidad de Panamá y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
 

Ferviente lector y escritor del género negro, con ocho libros (El Efecto Maquiavelo, En los umbrales del Hades, Pena de muerte, La estaca en la cruz, Sacrificio, El canto de las gaviotas, El cactus de madera y Asesinato en Portobelo) y dos colecciones de cuentos (13 gotas de sangre y 13 candidatos para un homicidio) publicados a la fecha. Sus relatos forman partes de diferentes antologías (Escrito en el agua, Pólvora y sangre, Círculo de Lovecraft # 9) y es ganador del Primer Premio de Narrativa Corta (2017) del Panama Horror Film Fest. Osvaldo Reyes coordina la jornada dedicada al género negro en Latinoamérica de nuestra Semana Negra en la Glorieta