Los marginados en la España del siglo XIX, por Eduardo Montagut

El señor López Corella no es mucho más flaco que el remendón del portal, pero su misérrima delgadez resulta incomparablemente más desoladora que la de su vecino. Su famélico, menudo y encorvado cuerpo, el purulento parche con el que cubre la cuenca del ojo que perdió en las sangrientas jornadas que siguieron al levantamiento de O’Donnell en Vicálvaro, las largas y grasientas greñas que le caen a ambos lados de la mugrienta gorra escocesa con la que va tocado, la agujereada manta con la que va envuelto, el tosco cayado al que aferra su descarnada mano, ofrecen un cuadro más penoso, incluso, que el de los mendigos recogidos en el cercano asilo de San Bernardino.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo
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Los marginados en la España del siglo XIX, por Eduardo Montagut
La frontera que separa a las clases humildes urbanas y rurales de los marginados no es nada fácil de trazar en la España decimonónica. Podemos establecer algunas categorías, pero con reservas ya que muchas personas con trabajo vivían en situaciones extremadamente calamitosas. En tiempos de la Restauración borbónica se calcula que el 3% de los españoles eran marginados claramente, pero el porcentaje aumentó con la crisis finisecular. La prensa obrera no dejaba de denunciar la clara expansión de la pobreza en esa época.

En primer lugar, podemos hablar de los denominados “pobres naturales”, “pobres de solemnidad” y mendigos. En el sur de España podían superar el 4% de la población total, y había más mujeres que hombres. Eran los mendigos a las puertas de las Iglesias, los expósitos de las inclusas, los huérfanos de los hospicios, viudas que no recibían pensión alguna y, en muchos casos, con hijos a su cargo, ancianos abandonados, enfermos crónicos, que no podían trabajar, y personas con algún tipo de minusvalía física o psíquica sin atención o muy mal atendidos en los hospitales o en los establecimientos de beneficencia.

Otro amplio grupo era el conocido como el de los “vagos”, “vagabundos” o “maleantes”. La línea de separación con el anterior grupo no es fácil, ya que algunos mendigos o pobres podían delinquir para poder sobrevivir. En este grupo se podía incluir al amplio número de alcohólicos que había en España, fruto de la extrema dureza de la vida en un país donde el alcohol siempre ha tenido una gran aceptación social, y cuya adicción les impedía encontrar trabajo más o menos estable. Las autoridades incluían en este amplio grupo a los gitanos, y lo venían haciendo desde el Antiguo Régimen, especialmente desde los tiempos del despotismo ilustrado. Los gitanos eran considerados vagabundos, es decir, sin domicilio fijo, algo que el poder no toleraba, y también se les tildaba de delincuentes. Fueron perseguidos constantemente sin plantear nunca una política de integración que se basara en sus peculiaridades en relación con sus modos de vida. Los homosexuales y prostitutas también eran considerados maleantes y eran perseguidos, aunque la prostitución femenina se podía ejercer de forma regulada desde una concepción higienista y de evidente hipocresía moral. Por fin, habría que mencionar a la población reclusa.

La ausencia del concepto de Estado del Bienestar, de la falta del reconocimiento de los derechos sociales y, por lo tanto, de su garantía dejaba a su suerte a muchos españoles y españolas que podían quedarse sin trabajo, enfermar gravemente, sufrir accidentes de trabajo, o llegar a una edad en la que ya no se puede trabajar.

Tradicionalmente, la Iglesia ha sido la institución que más atención ha prestado a marginados de todo tipo en sus instituciones, aunque desde los tiempos del despotismo ilustrado, el Estado fue adquiriendo más protagonismo en esta tarea, con una filosofía mayoritariamente utilitarista. Si la Iglesia practicaba la caridad a través de hospitales, distribuciones de alimentos (“sopa boba”) y limosnas, ya que era uno de los valores fundamentales del catolicismo, especialmente remarcado desde los tiempos de la Contrarreforma, el Estado quería convertir al mayor número posible de pobres, vagabundos y excluidos en personas útiles al servicio de la sociedad, por lo que, además de encarcelar a los que delinquían, intentaba emplear al resto en obras públicas o los reclutaba en el ejército. También conviene destacar que durante el siglo XIX adquirieron importancia los establecimientos de beneficencia municipales. No olvidemos, por otra parte, que las desamortizaciones privaron a la Iglesia de muchos medios para seguir ejerciendo la caridad, y la beneficencia pública nunca desarrolló un sistema eficaz de ayuda, dada la constante escasez de fondos de las administraciones públicas decimonónicas.



Asilo de San Bernardino, Madrid
- Grabado del siglo XIX -

Por su parte, el movimiento obrero luchó por los derechos sociales y se crearon sociedades de socorros mutuos. Habría que esperar al final del siglo XIX para que comenzara a pensarse en la necesidad de que el Estado interviniese en esta materia. Conviene, eso sí, citar a la Comisión de Reformas Sociales, creada por un decreto de 1883 y reformada en 1890. Su secretario Gumersindo de Azcárate elaboró un exhaustivo cuestionario para que se realizase una investigación sobre la situación de las clases trabajadoras. Dicha información es valiosísima para el historiador, pero, lamentablemente, influyó muy poco en los gobiernos liberales y conservadores a la hora de tratar los graves problemas que afectaban a la mayoría de la población y que podían llevar a muchos al sufrimiento de la marginación. Habría que esperar al nuevo siglo.

A continuación, os ofrecemos los artículos sobre Historia del Siglo XIX publicados en los últimos meses en CITA EN LA GLORIETA.
 

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Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo.

HISTORIA DEL SIGLO XIX
Eduardo Montagut


Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

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