MEDICINA PARA ESCRITORES
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
➤ Lección 1: La bala asesina
➤ Lección 2: Sangre
➤ Lección 3: De abortos y golpes
➤ Lección 4: El dulce veneno del asesinato
➤ Lección 5: El conocimiento es poder
➤ Lección 6: Todo está conectado
➤ Lección 7: No te recuerdo
➤ Lección 8: Conversaciones con la muerte
➤ Lección 9: La huella perdida
➤ Lección 10: El peso del agua
➤ Lección 2: Sangre
➤ Lección 3: De abortos y golpes
➤ Lección 4: El dulce veneno del asesinato
➤ Lección 5: El conocimiento es poder
➤ Lección 6: Todo está conectado
➤ Lección 7: No te recuerdo
➤ Lección 8: Conversaciones con la muerte
➤ Lección 9: La huella perdida
➤ Lección 10: El peso del agua
Lección 1: La bala asesina
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
Hace muchos años, cuando no existía Netflix y las películas se alquilaban en clubes, generalmente en formato VHS, el encargado del local al cual yo acudía me presentó la última película que le había llegado. Se llamaba “El Cuervo” y en ella actuaba el hijo de Bruce Lee, Brandon Lee. Mientras leía la contraportada de la caja, para ver de qué se trataba, el encargado, que sabía que estudiaba medicina, me preguntó: ¿Por qué no lo pudieron salvar?
En ese momento me enteré que Brandon Lee murió durante la filmación de la película. Una de las armas que se usó en una de las escenas iniciales estaba cargada y el actor recibió un disparo en el abdomen de una .44 Magnum Smith & Wesson a solo cuatro metros de distancia. Después de escuchar la noticia, la pregunta regresó. ¿Por qué murió Brandon Lee si todo lo que tenían que hacer en el hospital era remover la bala?
No le encontré lógica a la interrogante, hasta que recordé lo que me rodeaba: películas de cine.
Hagan memoria. De seguro recuerdan la siguiente escena. Un herido de bala llega a un cuarto de urgencias o a un salón de operaciones. El personal médico trata de mantenerlo con vida. El goteo incesante de la sangre sobre el piso. Llega el cirujano. Las máquinas de anestesia repican por todas partes. Gritos y órdenes. En todo ese caos, el cirujano toma su bisturí, hace una incisión, toma una pinza con dientes, la mete en la herida y saca la bala. En el segundo en que esa bala abandona el cuerpo, el sonido de un corazón que había dejado de latir es remplazado por un latido regular y rítmico. La línea plana de la pantalla es ahora una serie de picos y la frecuencia sube de cero a ochenta. En algunos casos, la bala es soltada en una riñonera de acero inoxidable, por lo que sonará un “cling” al golpear metal con metal. Si la película es particularmente mala, el personal del salón de operaciones aplaudirá la hazaña.
¿La recuerdan? Bueno, les informo que esa escena es irreal en tantos niveles que ni siquiera sé por dónde empezar.
Pongamos la escena bajo el lente adecuado. Una bala no solo lesiona en el trayecto que recorre, sino que afecta a los tejidos circundantes. Este daño es mayor con ciertos tipos de municiones y armas. La bala de un rifle de alto poder será mucho más dañina que la de una .22. Independiente del calibre, la bala y su onda expansiva destruirán tejidos, órganos y vasos. Si una arteria es seccionada por una bala, removerla no hará que el vaso regrese a su estado original. Seguirá sangrando y eventualmente morirá, a no ser que el vaso lesionado sea reparado o ligado.
Si van a escribir una escena de este tipo, por favor, no hagan que sus personajes se enfoquen en sacar la bala. El procedimiento habitual es reparar el daño. La bala no es lo más importante. Si su libro exige unas cuantas páginas de drama quirúrgico, pidan ayuda a un cirujano para que puedan darle el realismo necesario a sus páginas (cada pinza o tijera tiene su nombre). Sin embargo, si la escena es corta y piensan que pueden defenderse con sus propios conocimientos, por lo menos eviten la escena de la curación milagrosa por extracción de bala.
En ese momento me enteré que Brandon Lee murió durante la filmación de la película. Una de las armas que se usó en una de las escenas iniciales estaba cargada y el actor recibió un disparo en el abdomen de una .44 Magnum Smith & Wesson a solo cuatro metros de distancia. Después de escuchar la noticia, la pregunta regresó. ¿Por qué murió Brandon Lee si todo lo que tenían que hacer en el hospital era remover la bala?
No le encontré lógica a la interrogante, hasta que recordé lo que me rodeaba: películas de cine.
Hagan memoria. De seguro recuerdan la siguiente escena. Un herido de bala llega a un cuarto de urgencias o a un salón de operaciones. El personal médico trata de mantenerlo con vida. El goteo incesante de la sangre sobre el piso. Llega el cirujano. Las máquinas de anestesia repican por todas partes. Gritos y órdenes. En todo ese caos, el cirujano toma su bisturí, hace una incisión, toma una pinza con dientes, la mete en la herida y saca la bala. En el segundo en que esa bala abandona el cuerpo, el sonido de un corazón que había dejado de latir es remplazado por un latido regular y rítmico. La línea plana de la pantalla es ahora una serie de picos y la frecuencia sube de cero a ochenta. En algunos casos, la bala es soltada en una riñonera de acero inoxidable, por lo que sonará un “cling” al golpear metal con metal. Si la película es particularmente mala, el personal del salón de operaciones aplaudirá la hazaña.
¿La recuerdan? Bueno, les informo que esa escena es irreal en tantos niveles que ni siquiera sé por dónde empezar.
Pongamos la escena bajo el lente adecuado. Una bala no solo lesiona en el trayecto que recorre, sino que afecta a los tejidos circundantes. Este daño es mayor con ciertos tipos de municiones y armas. La bala de un rifle de alto poder será mucho más dañina que la de una .22. Independiente del calibre, la bala y su onda expansiva destruirán tejidos, órganos y vasos. Si una arteria es seccionada por una bala, removerla no hará que el vaso regrese a su estado original. Seguirá sangrando y eventualmente morirá, a no ser que el vaso lesionado sea reparado o ligado.
Si van a escribir una escena de este tipo, por favor, no hagan que sus personajes se enfoquen en sacar la bala. El procedimiento habitual es reparar el daño. La bala no es lo más importante. Si su libro exige unas cuantas páginas de drama quirúrgico, pidan ayuda a un cirujano para que puedan darle el realismo necesario a sus páginas (cada pinza o tijera tiene su nombre). Sin embargo, si la escena es corta y piensan que pueden defenderse con sus propios conocimientos, por lo menos eviten la escena de la curación milagrosa por extracción de bala.
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Es una escena que podrían encontrar en muchos libros. Lo malo es que incluye el error más frecuente que me he topado en mis lecturas. No solo eso, sino que lo hace en dos ocasiones de maneras distintas.
Para comprender el error es necesario recordar algo de anatomía y fisiología básica. La sangre sale del corazón por medio del sistema arterial para llevar oxígeno a los tejidos del cuerpo. Una vez cumplida su función, la sangre regresa al lado derecho del corazón por medio del sistema venoso. De allí pasará hacia los pulmones, donde volverá a recoger oxígeno, para luego pasar al lado izquierdo del corazón y, por medio de la arteria aorta, al resto del cuerpo, repitiéndose el ciclo.
¿Dónde está el error? Bueno, los vasos del cuello más conocidos son las arterias carótidas y las venas yugulares. Si usted corta la yugular de un lado, la sangre escurrirá, pero no saldrá en “borbotones” o en “chorros” ya que esta sangre se mueve de manera pasiva por medio de un sistema de válvulas de vuelta al corazón. Si usted corta las carótidas, en ese caso la sangre si saldrá con fuerza y en pulsos que irán acordes con los latidos del corazón. Por esta misma razón, el pulso se puede palpar si pone sus dedos sobre la carótida, pero no sobre la yugular.
Como dato adicional, si quiere describir la sangre, recuerde que, si el origen es arterial, por ser rica en oxígeno, tiende a tener un color rojo brillante. La sangre venosa es más oscura. Si la sangre es de una escena del crimen, el tiempo de exposición al medio ambiente será un factor determinante, tornándose chocolate o marrón con el correr del tiempo.
En muchas páginas de internet pueden tener acceso a los diagramas o dibujos de los vasos del cuerpo, según su área de interés. Si no conocen a un médico que les sirva de asesor o si no quieren pasar por el proceso de cometer su propio crimen para tener una visión de primera línea, en aras de la verosimilitud, por lo menos recuerden estos puntos a la hora de escribir su próximo asesinato.
Lección 2: Sangre
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
El asesino se acercó a su víctima. Lo tenía a solo unos pasos y temió que su respiración entrecortada lo delatara. Para su fortuna, el desgraciado estaba ensimismado con la pantalla de su celular y el intercambio de mensajes de texto sin valor con algún desconocido. Sacó el cuchillo y, antes de perder el valor, lo rodeó con el brazo y deslizó la hoja sobre su cuello. La sangre salió en borbotones al cercenar su yugular y apenas hizo el intento de liberarse de su abrazo. Lo sintió perder fuerzas y poco a poco fue cayendo al piso.
Se sentía emocionado. Al ver la sangre salir en pequeños chorros, cada vez con menos fuerza, sintió que su corazón quería salirse del pecho. Tocó su propio cuello y sintió la yugular latir contra su pulpejo como una ola fuera de control.
Es una escena que podrían encontrar en muchos libros. Lo malo es que incluye el error más frecuente que me he topado en mis lecturas. No solo eso, sino que lo hace en dos ocasiones de maneras distintas.
Para comprender el error es necesario recordar algo de anatomía y fisiología básica. La sangre sale del corazón por medio del sistema arterial para llevar oxígeno a los tejidos del cuerpo. Una vez cumplida su función, la sangre regresa al lado derecho del corazón por medio del sistema venoso. De allí pasará hacia los pulmones, donde volverá a recoger oxígeno, para luego pasar al lado izquierdo del corazón y, por medio de la arteria aorta, al resto del cuerpo, repitiéndose el ciclo.
¿Dónde está el error? Bueno, los vasos del cuello más conocidos son las arterias carótidas y las venas yugulares. Si usted corta la yugular de un lado, la sangre escurrirá, pero no saldrá en “borbotones” o en “chorros” ya que esta sangre se mueve de manera pasiva por medio de un sistema de válvulas de vuelta al corazón. Si usted corta las carótidas, en ese caso la sangre si saldrá con fuerza y en pulsos que irán acordes con los latidos del corazón. Por esta misma razón, el pulso se puede palpar si pone sus dedos sobre la carótida, pero no sobre la yugular.
Como dato adicional, si quiere describir la sangre, recuerde que, si el origen es arterial, por ser rica en oxígeno, tiende a tener un color rojo brillante. La sangre venosa es más oscura. Si la sangre es de una escena del crimen, el tiempo de exposición al medio ambiente será un factor determinante, tornándose chocolate o marrón con el correr del tiempo.
En muchas páginas de internet pueden tener acceso a los diagramas o dibujos de los vasos del cuerpo, según su área de interés. Si no conocen a un médico que les sirva de asesor o si no quieren pasar por el proceso de cometer su propio crimen para tener una visión de primera línea, en aras de la verosimilitud, por lo menos recuerden estos puntos a la hora de escribir su próximo asesinato.
Lección 3: De abortos y golpes
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
No hay duda de que, si golpea a una embarazada, según la fuerza y el sitio de impacto, usted podría provocar un aborto o la pérdida de la gestación. Sin embargo, no es tan sencillo como se plantea en las películas o en las páginas de algunos libros.
Primero, la edad gestacional importa. Antes de las 22 semanas hablamos de abortos y después, de fetos. Como una regla básica a recordar, la altura uterina (la distancia en centímetros desde el borde del hueso del pubis hasta el fondo del útero) es igual al tiempo de embarazo (en semanas) hasta cumplir los 5 meses (20 semanas). Para este punto, el fondo del útero debe llegar a nivel de la cicatriz umbilical. Por ejemplo, en un embarazo de 12 semanas (unos 3 meses) el útero debe llegar a nivel de un punto imaginario entre el borde el pubis y el ombligo (12 centímetros). Después de las 20 semanas, la regla ya no es tan precisa.
Hace un tiempo leí una escena que describía a un matón atacando a una pareja. La joven se acababa de enterar que estaba embarazada y festejaba con su novio la noticia. Según la historia, podía tener unos dos meses de embarazo (8 semanas). El matón llegó y (no importan las razones) la golpeó a nivel del ombligo. La joven se dobló del dolor y a los segundos empezó a sangrar. El matón se asustó y huyó. Ella perdió el embarazo.
La escena no tiene sentido. El feto en desarrollo está rodeado de varias capas de protección (líquido amniótico, placenta y útero, además de los intestinos, músculo, grasa y piel de la madre). Para que un golpe provoque un aborto, debe tener la fuerza suficiente como para atravesar todas esas barreras y llegar de alguna manera a provocar un sangrado placentario, que es lo que causaría la pérdida del embarazo. Un puñetazo en el ombligo de una embarazada con solo ocho semanas de gestación, no llega a rozar el útero. Muy poco probable que un impacto de este tipo provoque un aborto y mucho menos, que ocurra tan rápido como lo describió el autor. Un proceso de ese tipo toma tiempo. Es una escena que funciona bien bajo el lente de la emoción que genera en el lector, pero improbable bajo la perspectiva de la realidad científica.
Nunca sacrifiquen credibilidad en aras de generar un sentimiento. Funciona en principio, pero tarde o temprano pagarán las consecuencias de esa decisión.
Primero, la edad gestacional importa. Antes de las 22 semanas hablamos de abortos y después, de fetos. Como una regla básica a recordar, la altura uterina (la distancia en centímetros desde el borde del hueso del pubis hasta el fondo del útero) es igual al tiempo de embarazo (en semanas) hasta cumplir los 5 meses (20 semanas). Para este punto, el fondo del útero debe llegar a nivel de la cicatriz umbilical. Por ejemplo, en un embarazo de 12 semanas (unos 3 meses) el útero debe llegar a nivel de un punto imaginario entre el borde el pubis y el ombligo (12 centímetros). Después de las 20 semanas, la regla ya no es tan precisa.
Hace un tiempo leí una escena que describía a un matón atacando a una pareja. La joven se acababa de enterar que estaba embarazada y festejaba con su novio la noticia. Según la historia, podía tener unos dos meses de embarazo (8 semanas). El matón llegó y (no importan las razones) la golpeó a nivel del ombligo. La joven se dobló del dolor y a los segundos empezó a sangrar. El matón se asustó y huyó. Ella perdió el embarazo.
La escena no tiene sentido. El feto en desarrollo está rodeado de varias capas de protección (líquido amniótico, placenta y útero, además de los intestinos, músculo, grasa y piel de la madre). Para que un golpe provoque un aborto, debe tener la fuerza suficiente como para atravesar todas esas barreras y llegar de alguna manera a provocar un sangrado placentario, que es lo que causaría la pérdida del embarazo. Un puñetazo en el ombligo de una embarazada con solo ocho semanas de gestación, no llega a rozar el útero. Muy poco probable que un impacto de este tipo provoque un aborto y mucho menos, que ocurra tan rápido como lo describió el autor. Un proceso de ese tipo toma tiempo. Es una escena que funciona bien bajo el lente de la emoción que genera en el lector, pero improbable bajo la perspectiva de la realidad científica.
Nunca sacrifiquen credibilidad en aras de generar un sentimiento. Funciona en principio, pero tarde o temprano pagarán las consecuencias de esa decisión.
Lección 4: El dulce veneno del asesinato
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
Paracelso, un alquimista y médico suizo, es considerado por muchos como el padre de la toxicología, la ciencia que estudia las dosis, naturaleza y los mecanismos de acción de los tóxicos o venenos. La razón es que fue el responsable de una frase que se convirtió en la máxima de la disciplina: “Dosis sola dacit venenum”, que podemos traducir por “La dosis hace el veneno” o “Todo es un veneno, lo que cambia es la dosis”.
Hay venenos en todas partes. La nuez moscada en pequeñas cantidades es saludable, pero en dosis altas puede provocar alucinaciones y/o convulsiones debido a que contiene una sustancia llamada miristicina. Es por eso que el aceite esencial de nuez moscada está clasificado dentro del grupo de los estupefacientes y narcóticos.
Ahora, digamos que lee en alguna parte que las semillas de manzana tienen cianuro (lo cual es cierto) y decide escribir una historia en donde el asesino tritura las semillas de las manzanas del huerto de la víctima. Las razones dependen de la trama que usted haya creado en su cabeza. En el segundo en que su personaje muera de esta forma, usted habrá cometido un error fatal de investigación. La razón es que las semillas de las manzanas tienen dosis muy baja de cianuro. Para alcanzar un nivel tóxico tendría que comerse 200 semillas o masticar muy bien veinte corazones de la fruta. Si su asesino usó solo diez manzanas, lamento decirle que su víctima, en el mundo real seguirá caminando para cometer actos despreciables.
Cada veneno tiene sus peculiaridades. La toxina de la serpiente inyectada matará a su personaje, pero ingerida, no le hará ni cosquillas (a menos que tenga una úlcera estomacal abierta, en cuyo caso se envenenará y morirá). El punto es que, si quieren usar un veneno para cometer su próximo crimen, tiene que leer sobre la droga. No solo el cuadro clínico, que siempre es útil para ese momento crítico en su obra, cuando la víctima debe sucumbir al veneno. Tienen que leer la letra menuda: mecanismos de acción, formas de absorción, medicamentos o sustancias que alteran sus efectos, vida media, dosis letal y todo cuanto puedan sobre su molécula de elección.
Cuando leí “La cajita de rapé” de Javier Alonso García-Pozuelo, tuve un momento de pánico literario, ya que el autor describe el cadáver de una criada que murió asesinada. Cuando el inspector Benítez revisa sus ojos, ve sus pupilas y las describe como unos pequeños puntos. Al morir y el cerebro dejar de funcionar, las pupilas se dilatan, no hacen lo contrario. Casi cierro el libro allí mismo, hasta que recordé que el autor es médico. Por supuesto, no era un error, sino que la víctima había sido drogada con láudano, una tintura alcohólica de opio. La descripción iba acorde con el veneno/droga y esos detalles son los que elevan la calidad de un manuscrito.
Una experta en el tema era la Dama del Crimen, Agatha Christie. “El misterioso caso de Styles”, el primer libro donde aparece el grandioso Hercule Poirot, es una cátedra en la química de la estricnina. Sus descripciones eran tan exactas y bien construidas que, y esto es una historia real, en junio de 1977 una enfermera llamada Marsha Maitland, mientras cuidaba a una niña de 19 meses que estaba hospitalizada por una rara enfermedad, le llamó la atención que los síntomas de la pequeña eran muy similares a los de las víctimas del libro que leía en ese momento: “El misterio de Pale Horse”. En esta obra, el asesino usaba talio, un metal usado en venenos para ratas en el Medio Oriente. Gracias a la descripción de Agatha Christie, la pequeña empezó a recibir el tratamiento indicado para su condición y en cuatro meses se pudo ir a casa.
Un buen trabajo siempre recibe sus recompensas.
Hay venenos en todas partes. La nuez moscada en pequeñas cantidades es saludable, pero en dosis altas puede provocar alucinaciones y/o convulsiones debido a que contiene una sustancia llamada miristicina. Es por eso que el aceite esencial de nuez moscada está clasificado dentro del grupo de los estupefacientes y narcóticos.
Ahora, digamos que lee en alguna parte que las semillas de manzana tienen cianuro (lo cual es cierto) y decide escribir una historia en donde el asesino tritura las semillas de las manzanas del huerto de la víctima. Las razones dependen de la trama que usted haya creado en su cabeza. En el segundo en que su personaje muera de esta forma, usted habrá cometido un error fatal de investigación. La razón es que las semillas de las manzanas tienen dosis muy baja de cianuro. Para alcanzar un nivel tóxico tendría que comerse 200 semillas o masticar muy bien veinte corazones de la fruta. Si su asesino usó solo diez manzanas, lamento decirle que su víctima, en el mundo real seguirá caminando para cometer actos despreciables.
Cada veneno tiene sus peculiaridades. La toxina de la serpiente inyectada matará a su personaje, pero ingerida, no le hará ni cosquillas (a menos que tenga una úlcera estomacal abierta, en cuyo caso se envenenará y morirá). El punto es que, si quieren usar un veneno para cometer su próximo crimen, tiene que leer sobre la droga. No solo el cuadro clínico, que siempre es útil para ese momento crítico en su obra, cuando la víctima debe sucumbir al veneno. Tienen que leer la letra menuda: mecanismos de acción, formas de absorción, medicamentos o sustancias que alteran sus efectos, vida media, dosis letal y todo cuanto puedan sobre su molécula de elección.
Cuando leí “La cajita de rapé” de Javier Alonso García-Pozuelo, tuve un momento de pánico literario, ya que el autor describe el cadáver de una criada que murió asesinada. Cuando el inspector Benítez revisa sus ojos, ve sus pupilas y las describe como unos pequeños puntos. Al morir y el cerebro dejar de funcionar, las pupilas se dilatan, no hacen lo contrario. Casi cierro el libro allí mismo, hasta que recordé que el autor es médico. Por supuesto, no era un error, sino que la víctima había sido drogada con láudano, una tintura alcohólica de opio. La descripción iba acorde con el veneno/droga y esos detalles son los que elevan la calidad de un manuscrito.
Una experta en el tema era la Dama del Crimen, Agatha Christie. “El misterioso caso de Styles”, el primer libro donde aparece el grandioso Hercule Poirot, es una cátedra en la química de la estricnina. Sus descripciones eran tan exactas y bien construidas que, y esto es una historia real, en junio de 1977 una enfermera llamada Marsha Maitland, mientras cuidaba a una niña de 19 meses que estaba hospitalizada por una rara enfermedad, le llamó la atención que los síntomas de la pequeña eran muy similares a los de las víctimas del libro que leía en ese momento: “El misterio de Pale Horse”. En esta obra, el asesino usaba talio, un metal usado en venenos para ratas en el Medio Oriente. Gracias a la descripción de Agatha Christie, la pequeña empezó a recibir el tratamiento indicado para su condición y en cuatro meses se pudo ir a casa.
Un buen trabajo siempre recibe sus recompensas.
Lección 5: El conocimiento es poder
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
¿Recuerdan cuando el programa que parecía estar en boca de todos era CSI (Crime Scene Investigation o En la escena del crimen)? Si no, entonces no son tan viejos como yo. Era un excelente programa, que capturó la imaginación de miles de televidentes en todo el mundo. Eso sin mencionar el efecto que tuvo en juicios, donde se pedían pruebas forenses que no existían en el mundo real, o en jóvenes, que, de la noche a la mañana, querían ser criminalistas.
Nunca llegué a ver todas las temporadas. Creo que quedé en la octava. Algunos capítulos me fueron desencantando y al final la dejé, en búsqueda de nuevas series, más cercanas a la realidad.
Lo traigo a colación por un caso en particular. El capítulo 22 de la segunda temporada se llamó “Jurisdicciones cruzadas” y fue un episodio muy especial, ya que mezclaba a los personajes de CSI Las Vegas con los de CSI Miami. Lo malo fue que el capítulo no recibió la asesoría médica requerida o, en aras del suspenso, mintieron. No sé qué es peor, pero déjenme explicarme para que sufran conmigo.
El escenario no es muy diferente a otras historias de la serie. Un policía aparece asesinado y su esposa y su hija no aparecen. Los equipos persiguen las pistas dejadas por el responsable y un testigo recuerda que el principal sospechoso despedía un olor dulzón. Eso los hace sospechar que sufre de cetoacidosis diabética y, por medio de los registros de medicamentos, ubican a un comprador de insulina que parece ser el hombre que buscaban y a quien capturan justo cuando se preparaba a abandonar el país a bordo de un avión privado, propiedad de su última víctima.
¿Les parece que todo está bien? Bueno, lamento ser el portador de malas noticias. El argumento suena sólido y la condición médica del asesino permitió que lo capturarán, pero no deja de ser una ilusión.
La cetoacidosis diabética es una complicación grave de la diabetes y una verdadera urgencia. El paciente en cetoacidosis está cansado y/o confuso, puede sufrir de náuseas, vómitos, dolores abdominales y terminar en coma. Alguien con esa condición no estaría paseando por la ciudad cometiendo crímenes como si no tuviera un solo problema en el mundo, siendo su mayor preocupación el oler más dulce de lo normal.
Para completar de complicar el asunto, uno de los investigadores, al sospechar que el asesino tiene una cetoacidosis diabética (dato que menciona con la tranquilidad de quien reporta el estado del tiempo), concluye que, si investigan las bases de datos de compradores de insulina, encontrarán al asesino. Hay múltiples casas farmacéuticas que venden insulina y existen formulaciones diversas del mismo producto (insulina rápida, lenta, intermedia). Eso sin contar el hecho de que el asesino podía estarse controlando su diabetes con medicamentos orales.
Así que, en su próxima historia, si van a usar una enfermedad como elemento clave de la trama, por favor busquen asesoría, lean bastante sobre la parte científica de la condición y no traten de presentar situaciones ficticias, escritas con el único fin de crear tensión, como si fueran hechos verídicos.
Nunca llegué a ver todas las temporadas. Creo que quedé en la octava. Algunos capítulos me fueron desencantando y al final la dejé, en búsqueda de nuevas series, más cercanas a la realidad.
Lo traigo a colación por un caso en particular. El capítulo 22 de la segunda temporada se llamó “Jurisdicciones cruzadas” y fue un episodio muy especial, ya que mezclaba a los personajes de CSI Las Vegas con los de CSI Miami. Lo malo fue que el capítulo no recibió la asesoría médica requerida o, en aras del suspenso, mintieron. No sé qué es peor, pero déjenme explicarme para que sufran conmigo.
El escenario no es muy diferente a otras historias de la serie. Un policía aparece asesinado y su esposa y su hija no aparecen. Los equipos persiguen las pistas dejadas por el responsable y un testigo recuerda que el principal sospechoso despedía un olor dulzón. Eso los hace sospechar que sufre de cetoacidosis diabética y, por medio de los registros de medicamentos, ubican a un comprador de insulina que parece ser el hombre que buscaban y a quien capturan justo cuando se preparaba a abandonar el país a bordo de un avión privado, propiedad de su última víctima.
¿Les parece que todo está bien? Bueno, lamento ser el portador de malas noticias. El argumento suena sólido y la condición médica del asesino permitió que lo capturarán, pero no deja de ser una ilusión.
La cetoacidosis diabética es una complicación grave de la diabetes y una verdadera urgencia. El paciente en cetoacidosis está cansado y/o confuso, puede sufrir de náuseas, vómitos, dolores abdominales y terminar en coma. Alguien con esa condición no estaría paseando por la ciudad cometiendo crímenes como si no tuviera un solo problema en el mundo, siendo su mayor preocupación el oler más dulce de lo normal.
Para completar de complicar el asunto, uno de los investigadores, al sospechar que el asesino tiene una cetoacidosis diabética (dato que menciona con la tranquilidad de quien reporta el estado del tiempo), concluye que, si investigan las bases de datos de compradores de insulina, encontrarán al asesino. Hay múltiples casas farmacéuticas que venden insulina y existen formulaciones diversas del mismo producto (insulina rápida, lenta, intermedia). Eso sin contar el hecho de que el asesino podía estarse controlando su diabetes con medicamentos orales.
Así que, en su próxima historia, si van a usar una enfermedad como elemento clave de la trama, por favor busquen asesoría, lean bastante sobre la parte científica de la condición y no traten de presentar situaciones ficticias, escritas con el único fin de crear tensión, como si fueran hechos verídicos.
Lección 6: Todo está conectado
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
Imaginen el siguiente escenario: Un hombre va caminando por la calle. Se detiene en una esquina a fumarse un cigarrillo, su rostro apenas iluminado por la luz de una farola lejana y del encendedor. Aspira con lentitud y evidente placer. Al soltar el humo, una mano cae con fuerza, tumbando el cigarrillo de sus labios. No tiene tiempo de gritar. La mano tapa su boca y por el lado contrario, un filoso cuchillo se apoya sobre su cuello. La farola ilumina en un destello el metal deslizándose y las gotas de sangre saltando de la herida. El hombre trata de defenderse, pero no tiene fuerzas. Su asesino lo deja caer al piso. Mira la hoja serrada manchada de sangre. Sus dedos tiemblan. Sintió el filo deslizarse sobre el borde de la columna, de lo profundo que cortó. Temió que se fuera a trabar, pero fluyó como un cuchillo caliente sobre mantequilla. Clavó sus ojos en el cuerpo en el piso. Sus ojos abiertos, sus manos tratando de detener el flujo de sangre. Con un gorgoteo acompañando cada sílaba, escuchó al hombre en el piso decir: No te saldrás con la tuya. El asesino limpia el cuchillo en su ropa y le responde: Ya lo hice.
Una escena como cualquier otra que podrían encontrar en un libro. Lo malo es que no puede ser cierta. No sigan leyendo. Si no vieron el error, regresen y vuelvan a leer el párrafo. Si lo encuentran o se rinden, pasen a la siguiente línea.
Al describir una escena, pensamos en términos independientes y se nos olvida que todo está conectado. Un cuchillo que corta tan profundo como para llegar a la columna, cortaría todas las estructuras aledañas. Eso incluye los vasos del cuello (ya tocamos el tema en otro módulo), los nervios y, según el nivel del corte, la tráquea y las cuerdas vocales. La víctima no debió tener la capacidad de hablar, ya fuera por la lesión de los nervios que controlan las cuerdas vocales o por una injuria directa a las vías respiratorias.
Al describir una escena médica o un pasaje donde se menciona la lesión de un órgano, es bueno revisar que otro órgano hay cerca y preguntarse cómo afectaría mi actuar el funcionamiento de esta estructura. Es como cuando hablamos de las heridas de bala. Lo que daña una parte del cuerpo, generalmente afecta a toda la zona.
Un ejemplo más reciente lo pueden encontrar en la serie Juego de Tronos (Game of Thrones). Si la vieron, recordarán la escena. Arya Stark quiere regresar a Invernalia (Winterfell), después de entrenarse como asesino de los Hombres sin Rostro. Al desobedecer una orden, Jaqen H'ghar ordena a su acólita que mate a Arya. Haciéndose pasar por una viejecita, se logra acercar a ella y le entierra un puñal de unos veinte centímetros varias veces en el abdomen. Al final, incluso lo retuerce en su interior. Arya logra escapar, llegar a la casa de la persona que debió matar y ella logra curar todas sus heridas. En menos de 24 horas, debe escapar nuevamente de la acólita y logra enfrentarse a ella, derrotándola sin mayores problemas. Para cuando le hace frente a su mentor Jaqen H’ghar, está completamente curada y sale del templo caminando como si nada hubiera pasado.
Una herida con un cuchillo de veinte centímetros en el sitio donde se ve que la acólita entierra la hoja, debió matar a Arya. Debió puncionar la arteria aorta (lo que debió hacer que muriera desangrada) o la vena cava (igual de mortal). De haberse salvado de una lesión vascular, por lo menos debió perforar un intestino y la muerte por sepsis ser su destino final.
¿Cuál era la solución? Hacer que la herida fuera en el costado, donde la posibilidad de una lesión vascular o intestinal es menor. Un brazo o una pierna sangran igual. Es solo cuestión de adaptar la realidad con el efecto que se busca.
Y no pretender que un herido de muerte se autorepare (a no ser que sea Wolverine o un ente cibernético).
Una escena como cualquier otra que podrían encontrar en un libro. Lo malo es que no puede ser cierta. No sigan leyendo. Si no vieron el error, regresen y vuelvan a leer el párrafo. Si lo encuentran o se rinden, pasen a la siguiente línea.
Al describir una escena, pensamos en términos independientes y se nos olvida que todo está conectado. Un cuchillo que corta tan profundo como para llegar a la columna, cortaría todas las estructuras aledañas. Eso incluye los vasos del cuello (ya tocamos el tema en otro módulo), los nervios y, según el nivel del corte, la tráquea y las cuerdas vocales. La víctima no debió tener la capacidad de hablar, ya fuera por la lesión de los nervios que controlan las cuerdas vocales o por una injuria directa a las vías respiratorias.
Al describir una escena médica o un pasaje donde se menciona la lesión de un órgano, es bueno revisar que otro órgano hay cerca y preguntarse cómo afectaría mi actuar el funcionamiento de esta estructura. Es como cuando hablamos de las heridas de bala. Lo que daña una parte del cuerpo, generalmente afecta a toda la zona.
Un ejemplo más reciente lo pueden encontrar en la serie Juego de Tronos (Game of Thrones). Si la vieron, recordarán la escena. Arya Stark quiere regresar a Invernalia (Winterfell), después de entrenarse como asesino de los Hombres sin Rostro. Al desobedecer una orden, Jaqen H'ghar ordena a su acólita que mate a Arya. Haciéndose pasar por una viejecita, se logra acercar a ella y le entierra un puñal de unos veinte centímetros varias veces en el abdomen. Al final, incluso lo retuerce en su interior. Arya logra escapar, llegar a la casa de la persona que debió matar y ella logra curar todas sus heridas. En menos de 24 horas, debe escapar nuevamente de la acólita y logra enfrentarse a ella, derrotándola sin mayores problemas. Para cuando le hace frente a su mentor Jaqen H’ghar, está completamente curada y sale del templo caminando como si nada hubiera pasado.
Una herida con un cuchillo de veinte centímetros en el sitio donde se ve que la acólita entierra la hoja, debió matar a Arya. Debió puncionar la arteria aorta (lo que debió hacer que muriera desangrada) o la vena cava (igual de mortal). De haberse salvado de una lesión vascular, por lo menos debió perforar un intestino y la muerte por sepsis ser su destino final.
¿Cuál era la solución? Hacer que la herida fuera en el costado, donde la posibilidad de una lesión vascular o intestinal es menor. Un brazo o una pierna sangran igual. Es solo cuestión de adaptar la realidad con el efecto que se busca.
Y no pretender que un herido de muerte se autorepare (a no ser que sea Wolverine o un ente cibernético).
Lección 7: No te recuerdo
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
Uno de los primeros lugares en mi listado de situaciones literarias que me desesperan es estar disfrutando un buen libro, devanar mi cerebro tratando de analizar las pistas de la historia, para así ganarle al autor y descubrir la verdad antes de la última página, tan solo para llegar al esperado desenlace y descubrir… que el asesino es el héroe de la trama, solo que sufría de amnesia.
He perdido la cuenta de cuantos libros recurren a ese artilugio. En algunos, la trama está bien justificada y sobrevive el juicio científico. En otros, bueno, en otros deja mucho que desear.
La tendencia no es nueva. Muchas películas noir de la década de los cuarenta usaron a la amnesia como herramienta dramática en la trama. Algunos clásicos incluyen a Alfred Hitchcock con “Recuerda” (Spellbound, 1946), la historia de un hombre (Gregory Peck) que se hace pasar por el doctor que no recuerda haber matado, y a “En algún lugar de la noche” (Somewhere in the night, 1946), donde un soldado que regresa de la II Guerra Mundial, sufriendo de amnesia debido a las heridas de una explosión, se ve involucrado en la búsqueda de un tesoro nazi. En esta década tenemos ejemplos como “La chica en el tren” de Paula Hawkins, la “Identidad Bourne” de Robert Ludlum, “No recuerdo si lo hice” de Alice LePlante o “El imperio de los lobos” de Jean-Christophe Grangé.
¿Cuál es el problema? La amnesia es una condición verdadera y la gente pierde la memoria. No hay nada malo en eso, ¿verdad?
Sería cierto, si no fuera porque la amnesia, como es representada en estos libros, muchas veces está completamente equivocada.
Veamos algunos ejemplos. Una mujer se golpea la cabeza al chocar su auto contra un árbol y pierde la capacidad de recordar eventos a partir de ese punto. Se acuerda perfectamente de todo lo que pasó antes, pero al dormir, su memoria del día desaparece y despierta como si fuera el día del accidente. Si les suena familiar, es porque lo es. Lo malo, el sueño no es el momento donde los recuerdos se borran. En realidad, es el momento donde se consolidan. Además, una vez la persona pierde la memoria de esta manera, su capacidad de recordar eventos del pasado se verá afectada también.
Y los problemas no se detienen allí. La posibilidad de perder la memoria por culpa de un golpe en la cabeza es minúscula y la de recuperarla con otro golpe, casi imposible. El tipo de trauma con la capacidad de producir este daño dejaría muchas otras secuelas. La víctima de un accidente menor puede perder, a lo sumo, los recuerdos de un par de días antes del evento, pero no quedará con una secuela permanente.
Otro caso. Un hombre se ve involucrado en un accidente y al ser rescatado de las frías aguas de un lago, es incapaz de recordar quién es. Tiene una vida normal a partir de ese punto, hasta que un misterioso equipo de asesinos lo empieza a perseguir y él no sabe la razón. Lo sé, también suena familiar. Lo malo, la pérdida de la memoria a largo plazo se asocia más con traumas psicológicos que físicos. Un niño sometido a las torturas de un padre abusivo podría olvidar su pasado, en un mecanismo de defensa para olvidar el terror vivido, pero la extensión podría alcanzar hasta su habilidad de hablar.
¿Quieren algo real? En agosto de 1953, Henry Molaison (quien sería conocido a partir de ese momento como el sujeto HM), es sometido a una cirugía experimental para reducir sus frecuentes convulsiones. Con 27 años de edad, el neurocirujano removió el área conocida como hipocampo de sus dos lóbulos temporales. Al despertar, HM no recordaba nada de su pasado en un periodo de tiempo de 11 años. Para él, sus recuerdos terminaban a los 16 años. A partir de ese punto, todo había desaparecido, aunque los previos no escaparon indemnes. HM fue sujeto de estudios por décadas y murió a los 82 años, con una inteligencia conservada, amable y agradable, pero incapaz de formar nuevos recuerdos. Si conocía a alguien nuevo, lo olvidaba apenas la persona desaparecía de su campo visual. Perdió la capacidad de recordar bien fechas importantes, como su propio cumpleaños, pero si mantuvo la capacidad de aprender habilidades motoras nuevas, aunque después no recordara como las había adquirido. Y todo esto fue el resultado de la remoción quirúrgica completa de su hipocampo (una cirugía que desde ese día, cuando se descubrió su papel en la formación de los recuerdos, está proscrita).
Si van a usar el argumento de la pérdida de la memoria, por favor recuerden que las cosas no son tan sencillas como las pintan en las películas. Hay muchas formas de adaptar la realidad a la trama de su libro, sin tener que recurrir a un golpe en la cabeza para borrar el pasado de su personaje.
He perdido la cuenta de cuantos libros recurren a ese artilugio. En algunos, la trama está bien justificada y sobrevive el juicio científico. En otros, bueno, en otros deja mucho que desear.
La tendencia no es nueva. Muchas películas noir de la década de los cuarenta usaron a la amnesia como herramienta dramática en la trama. Algunos clásicos incluyen a Alfred Hitchcock con “Recuerda” (Spellbound, 1946), la historia de un hombre (Gregory Peck) que se hace pasar por el doctor que no recuerda haber matado, y a “En algún lugar de la noche” (Somewhere in the night, 1946), donde un soldado que regresa de la II Guerra Mundial, sufriendo de amnesia debido a las heridas de una explosión, se ve involucrado en la búsqueda de un tesoro nazi. En esta década tenemos ejemplos como “La chica en el tren” de Paula Hawkins, la “Identidad Bourne” de Robert Ludlum, “No recuerdo si lo hice” de Alice LePlante o “El imperio de los lobos” de Jean-Christophe Grangé.
¿Cuál es el problema? La amnesia es una condición verdadera y la gente pierde la memoria. No hay nada malo en eso, ¿verdad?
Sería cierto, si no fuera porque la amnesia, como es representada en estos libros, muchas veces está completamente equivocada.
Veamos algunos ejemplos. Una mujer se golpea la cabeza al chocar su auto contra un árbol y pierde la capacidad de recordar eventos a partir de ese punto. Se acuerda perfectamente de todo lo que pasó antes, pero al dormir, su memoria del día desaparece y despierta como si fuera el día del accidente. Si les suena familiar, es porque lo es. Lo malo, el sueño no es el momento donde los recuerdos se borran. En realidad, es el momento donde se consolidan. Además, una vez la persona pierde la memoria de esta manera, su capacidad de recordar eventos del pasado se verá afectada también.
Y los problemas no se detienen allí. La posibilidad de perder la memoria por culpa de un golpe en la cabeza es minúscula y la de recuperarla con otro golpe, casi imposible. El tipo de trauma con la capacidad de producir este daño dejaría muchas otras secuelas. La víctima de un accidente menor puede perder, a lo sumo, los recuerdos de un par de días antes del evento, pero no quedará con una secuela permanente.
Otro caso. Un hombre se ve involucrado en un accidente y al ser rescatado de las frías aguas de un lago, es incapaz de recordar quién es. Tiene una vida normal a partir de ese punto, hasta que un misterioso equipo de asesinos lo empieza a perseguir y él no sabe la razón. Lo sé, también suena familiar. Lo malo, la pérdida de la memoria a largo plazo se asocia más con traumas psicológicos que físicos. Un niño sometido a las torturas de un padre abusivo podría olvidar su pasado, en un mecanismo de defensa para olvidar el terror vivido, pero la extensión podría alcanzar hasta su habilidad de hablar.
¿Quieren algo real? En agosto de 1953, Henry Molaison (quien sería conocido a partir de ese momento como el sujeto HM), es sometido a una cirugía experimental para reducir sus frecuentes convulsiones. Con 27 años de edad, el neurocirujano removió el área conocida como hipocampo de sus dos lóbulos temporales. Al despertar, HM no recordaba nada de su pasado en un periodo de tiempo de 11 años. Para él, sus recuerdos terminaban a los 16 años. A partir de ese punto, todo había desaparecido, aunque los previos no escaparon indemnes. HM fue sujeto de estudios por décadas y murió a los 82 años, con una inteligencia conservada, amable y agradable, pero incapaz de formar nuevos recuerdos. Si conocía a alguien nuevo, lo olvidaba apenas la persona desaparecía de su campo visual. Perdió la capacidad de recordar bien fechas importantes, como su propio cumpleaños, pero si mantuvo la capacidad de aprender habilidades motoras nuevas, aunque después no recordara como las había adquirido. Y todo esto fue el resultado de la remoción quirúrgica completa de su hipocampo (una cirugía que desde ese día, cuando se descubrió su papel en la formación de los recuerdos, está proscrita).
Si van a usar el argumento de la pérdida de la memoria, por favor recuerden que las cosas no son tan sencillas como las pintan en las películas. Hay muchas formas de adaptar la realidad a la trama de su libro, sin tener que recurrir a un golpe en la cabeza para borrar el pasado de su personaje.
Lección 8: Conversaciones con la muerte
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
Hay escenas que no deberían aparecer en un libro o película. Una simple asesoría evitaría momentos embarazosos o la posibilidad de que su obra se convierta en un meme (o varios) por toda la eternidad.
En algún momento vi un capítulo de ER, el programa de televisión que narraba las peripecias de un grupo de médicos en un cuarto de urgencias de un hospital de Estados Unidos. No lo veía con frecuencia, pero un día me topé con una escena que hizo que mi dedo se congelara a milímetros del control remoto. El resultado de esta parálisis fue que tuve que presenciar una situación “médica” digna de un programa de “cámara escondida”.
Llega la ambulancia con un paciente en paro cardiorrespiratorio. El médico le aplica las compresiones necesarias para mantener el corazón latiendo. Mientras ejecuta el procedimiento, el paciente empieza a hablarle. La conversación continúa, con el médico apretando su pecho periódicamente, hasta que… bueno, ya para ese punto no importa en realidad. Una persona cuyo corazón se detuvo no tendrá la capacidad de hablar, mucho menos mantener una conversación coherente.
Otra variante, fue ver a un experto cirujano cardiaco dirigir su propia operación. Mientras los que una vez fueron sus estudiantes tratan de realizar un bypass cardiaco, el médico critica sus decisiones. A pesar de que sus intervenciones fueron precisas y acordes con la realidad de una cirugía de ese tipo, un paciente que va a ser sometido a una cirugía mayor estaría anestesiado y, por ende, incapaz de quejarse de las malas decisiones de sus colegas.
Punto para llevarse a casa: por más adecuado que sea para su trama, si el paciente está anestesiado o en paro, no puede hablar. Cuando se recupere, pasara mucho tiempo antes de una enfermera o médico le permita interrogarlo.
Ahora, si necesita que hable, NUNCA pretenda despertarlo dándole de bofetadas. Además de no ser efectivo en realidad (y ser causal de una potencial demanda si hay alguien cerca filmando el evento), los médicos tienen formar más “sutiles” de verificar el estado de conciencia de alguien que no responde. Las maniobras pueden incluir frotar con mucha fuerza en el área del esternón, apretar la punta de un dedo, presionar en la zona por encima del ojo o, en casos muy extremos, comprimir un pezón o el lóbulo de la oreja.
Sé cómo suena, pero son maniobras reales aprobadas por organismos científicos internacionales, como la Sociedad Americana de Medicina Crítica, para evaluar muerte cerebral.
Y son más verdaderas que escuchar recitar “El cuervo” de Edgar Allan Poe a un paciente en paro cardiorrespiratorio.
En algún momento vi un capítulo de ER, el programa de televisión que narraba las peripecias de un grupo de médicos en un cuarto de urgencias de un hospital de Estados Unidos. No lo veía con frecuencia, pero un día me topé con una escena que hizo que mi dedo se congelara a milímetros del control remoto. El resultado de esta parálisis fue que tuve que presenciar una situación “médica” digna de un programa de “cámara escondida”.
Llega la ambulancia con un paciente en paro cardiorrespiratorio. El médico le aplica las compresiones necesarias para mantener el corazón latiendo. Mientras ejecuta el procedimiento, el paciente empieza a hablarle. La conversación continúa, con el médico apretando su pecho periódicamente, hasta que… bueno, ya para ese punto no importa en realidad. Una persona cuyo corazón se detuvo no tendrá la capacidad de hablar, mucho menos mantener una conversación coherente.
Otra variante, fue ver a un experto cirujano cardiaco dirigir su propia operación. Mientras los que una vez fueron sus estudiantes tratan de realizar un bypass cardiaco, el médico critica sus decisiones. A pesar de que sus intervenciones fueron precisas y acordes con la realidad de una cirugía de ese tipo, un paciente que va a ser sometido a una cirugía mayor estaría anestesiado y, por ende, incapaz de quejarse de las malas decisiones de sus colegas.
Punto para llevarse a casa: por más adecuado que sea para su trama, si el paciente está anestesiado o en paro, no puede hablar. Cuando se recupere, pasara mucho tiempo antes de una enfermera o médico le permita interrogarlo.
Ahora, si necesita que hable, NUNCA pretenda despertarlo dándole de bofetadas. Además de no ser efectivo en realidad (y ser causal de una potencial demanda si hay alguien cerca filmando el evento), los médicos tienen formar más “sutiles” de verificar el estado de conciencia de alguien que no responde. Las maniobras pueden incluir frotar con mucha fuerza en el área del esternón, apretar la punta de un dedo, presionar en la zona por encima del ojo o, en casos muy extremos, comprimir un pezón o el lóbulo de la oreja.
Sé cómo suena, pero son maniobras reales aprobadas por organismos científicos internacionales, como la Sociedad Americana de Medicina Crítica, para evaluar muerte cerebral.
Y son más verdaderas que escuchar recitar “El cuervo” de Edgar Allan Poe a un paciente en paro cardiorrespiratorio.
Lección 9: La huella perdida
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
Un argumento que me he encontrado en alguna de mis lecturas es el del hombre acusado de un crimen que no cometió. Nada nuevo, si no fuera porque sus huellas dactilares aparecen en el arma homicida. El acusado asegura nunca haber puesto pie en la casa de la víctima, un arquitecto que era modelo de rectitud. Es llevado a juicio y, en una maniobra bien planeada, el fiscal muestra el video de una cámara de seguridad donde se ve al hombre entrando en la propiedad, en su mano claramente visible el cuchillo que se usó para asesinar al arquitecto.
Como es de esperar, el jurado lo declara culpable. El hombre escapa en el traslado a la prisión y el resto del libro es él tratando de demostrar su inocencia.
Asumamos que la huella dactilar en el arma homicida sí parece corresponder a nuestro fugitivo. ¿Cuáles son las probabilidades de que algo así ocurra y aun así nuestro hombre sea inocente? Solo hay dos opciones y una es más factible que la otra.
La primera es que dos personas, por puro azar, tengan las mismas huellas dactilares. Para entender que tan poco probable es esa posibilidad, debo explicarles como se forman esas pequeñas rugosidades en sus pulpejos.
Una vez aparecen los dedos (sexta semana posconcepción u ocho semanas posmenstruación) empieza el proceso. Cada movimiento de los dedos en el líquido amniótico, cada vez que tocan una superficie o el simple movimiento de los fluidos a su alrededor va haciendo aparecer en la piel esos intricados patrones de valles y crestas que conocemos como huellas dactilares. La posibilidad, por ende, de dos huellas idénticas debería ser ínfima. No hay una forma segura de verificar el dato, pero un geógrafo y antropólogo inglés llamado Francis Galton estableció que esta posibilidad es de 1 en 64 mil millones. Antes de que lo desacrediten, deben saber que Galton, primo de Charles Darwin, llevó el sistema de clasificación de las huellas dactilares al nivel de ciencia, estableciendo los patrones que se deben identificar y dándole una base sólida que permitió su uso en tribunales. Si tiene la razón o no, es de poca importancia. El punto es que es una alternativa muy remota.
La segunda posibilidad, usada con mayor frecuencia en la literatura y en el cine, es la de los gemelos idénticos. Nuestro fugitivo descubre que tiene un hermano gemelo, criado en el anonimato toda su vida, quien ahora busca vengarse. Eso los llevara a un conflicto final en algún paraje digno de la revelación (una montaña nevada sería una probabilidad más que aceptable).
Si piensan que la hipótesis de Galton es poco creíble, esta es aún peor. A pesar de formar parte del imaginario popular, los gemelos idénticos no tienen las mismas huellas dactilares. El motivo radica en la forma como se forman, que no depende del ADN, sino de fuerzas físicas fuera del control de los genes. Si queremos poner las cosas en perspectiva, la posibilidad de que dos gemelos idénticos (lo que llamamos gemelos monocigóticos, con una frecuencia de 1 en 333) tuvieran las mismas huellas dactilares (usando la hipótesis de Galton como base) es de 2,13 x 1013.
Así que, si planean usar ese argumento en su próxima novela, recuerden las profundas aguas de inverosimilitud que están navegando. Si deciden surcarlas, aténganse a las consecuencias.
Como es de esperar, el jurado lo declara culpable. El hombre escapa en el traslado a la prisión y el resto del libro es él tratando de demostrar su inocencia.
Asumamos que la huella dactilar en el arma homicida sí parece corresponder a nuestro fugitivo. ¿Cuáles son las probabilidades de que algo así ocurra y aun así nuestro hombre sea inocente? Solo hay dos opciones y una es más factible que la otra.
La primera es que dos personas, por puro azar, tengan las mismas huellas dactilares. Para entender que tan poco probable es esa posibilidad, debo explicarles como se forman esas pequeñas rugosidades en sus pulpejos.
Una vez aparecen los dedos (sexta semana posconcepción u ocho semanas posmenstruación) empieza el proceso. Cada movimiento de los dedos en el líquido amniótico, cada vez que tocan una superficie o el simple movimiento de los fluidos a su alrededor va haciendo aparecer en la piel esos intricados patrones de valles y crestas que conocemos como huellas dactilares. La posibilidad, por ende, de dos huellas idénticas debería ser ínfima. No hay una forma segura de verificar el dato, pero un geógrafo y antropólogo inglés llamado Francis Galton estableció que esta posibilidad es de 1 en 64 mil millones. Antes de que lo desacrediten, deben saber que Galton, primo de Charles Darwin, llevó el sistema de clasificación de las huellas dactilares al nivel de ciencia, estableciendo los patrones que se deben identificar y dándole una base sólida que permitió su uso en tribunales. Si tiene la razón o no, es de poca importancia. El punto es que es una alternativa muy remota.
La segunda posibilidad, usada con mayor frecuencia en la literatura y en el cine, es la de los gemelos idénticos. Nuestro fugitivo descubre que tiene un hermano gemelo, criado en el anonimato toda su vida, quien ahora busca vengarse. Eso los llevara a un conflicto final en algún paraje digno de la revelación (una montaña nevada sería una probabilidad más que aceptable).
Si piensan que la hipótesis de Galton es poco creíble, esta es aún peor. A pesar de formar parte del imaginario popular, los gemelos idénticos no tienen las mismas huellas dactilares. El motivo radica en la forma como se forman, que no depende del ADN, sino de fuerzas físicas fuera del control de los genes. Si queremos poner las cosas en perspectiva, la posibilidad de que dos gemelos idénticos (lo que llamamos gemelos monocigóticos, con una frecuencia de 1 en 333) tuvieran las mismas huellas dactilares (usando la hipótesis de Galton como base) es de 2,13 x 1013.
Así que, si planean usar ese argumento en su próxima novela, recuerden las profundas aguas de inverosimilitud que están navegando. Si deciden surcarlas, aténganse a las consecuencias.
Lección 10: El peso del agua
por Osvaldo Reyes
por Osvaldo Reyes
Es hora de usar un poco la imaginación. Una viejecita camina alrededor de una piscina. Se aproxima al borde y se queda viendo la superficie del agua. De repente, cae en el interior. La vemos agitando los brazos, desesperada. Después de algunos agonizantes segundos, hace un último esfuerzo, tan solo para hundirse en un salpicar de gotas. Unos diez minutos después, la enfermera encargada de cuidarla, quien se demoró más de lo necesario recibiendo un pedido de comida china, aparece en la escena. La paciente bajo su cargo, quien sufría de Alzheimer, no está en su silla. Se acerca a la piscina y la ve flotando boca abajo en el agua. Su delgado camisón cubriéndola como un manto a su alrededor. Ella se tira al agua y saca el cuerpo. La escena termina con la enfermera pidiendo ayuda.
¿Leyeron los errores? Sí, hay dos errores en esa descripción, por más posible que pueda sonar el párrafo.
Para empezar, y es algo muy frecuente en las películas, cuando una persona se ahoga, no lo hace agitando los brazos. Al caer en el agua es una reacción esperada, pero a medida que el cansancio se sobrepone, sus movimientos irán disminuyendo. Es una forma del organismo de conservar energía y de llevar oxígeno al cerebro. Cuando sus músculos no puedan más, se hundirá sin hacer el menor esfuerzo. De lejos, una persona ahogándose parece como si estuviera flotando con absoluta tranquilidad. De repente, su cabeza desaparecerá bajo las aguas y no saldrá más. Esto se conoce como “Respuesta instintiva de ahogamiento” y no es lo que leímos en la historia. La escena descrita, con la viejita agitando los brazos antes de hundirse, no es real.
El otro error fue más visual. El cuerpo flotando en el agua diez minutos después de ahogarse. Es otra visión frecuente en películas, pero no es real. El cuerpo humano, así sea el de una anciana con Alzheimer, pesa más que el agua. Al llenarse sus pulmones de agua, se hundirá como una piedra y permanecerá en el fondo de la piscina, hasta que empiece el proceso de descomposición. A medida que el cuerpo se llene de gas, irá ascendiendo hasta quedar a flote. El tiempo es muy variable y depende de hasta lo que comió antes de caerse en el agua. Para fines del ejemplo, el error fue poner el cuerpo flotando en el agua. La enfermera debió encontrar el cuerpo en el fondo de la alberca, no flotando.
Ahora, si la escena a escribir es la de un hombre explorando un lago y topándose con un cadáver en descomposición, debe encontrarlo flotando. Si estaba buceando, solo tendría sentido encontrarlo bajo las aguas si el cuerpo estuviera atado a una piedra. Como enseñanza final, aun así, no es garantía de que el cuerpo no salga a la superficie tarde o temprano. El cuerpo se descompondrá, como es de esperar, y al liberarse de sus ataduras al separarse, por ejemplo, el brazo del tronco, el cuerpo saldrá a flote.
El agua es traicionera. Esconde muy bien sus secretos, pero no se queda con ellos toda la vida.
¿Leyeron los errores? Sí, hay dos errores en esa descripción, por más posible que pueda sonar el párrafo.
Para empezar, y es algo muy frecuente en las películas, cuando una persona se ahoga, no lo hace agitando los brazos. Al caer en el agua es una reacción esperada, pero a medida que el cansancio se sobrepone, sus movimientos irán disminuyendo. Es una forma del organismo de conservar energía y de llevar oxígeno al cerebro. Cuando sus músculos no puedan más, se hundirá sin hacer el menor esfuerzo. De lejos, una persona ahogándose parece como si estuviera flotando con absoluta tranquilidad. De repente, su cabeza desaparecerá bajo las aguas y no saldrá más. Esto se conoce como “Respuesta instintiva de ahogamiento” y no es lo que leímos en la historia. La escena descrita, con la viejita agitando los brazos antes de hundirse, no es real.
El otro error fue más visual. El cuerpo flotando en el agua diez minutos después de ahogarse. Es otra visión frecuente en películas, pero no es real. El cuerpo humano, así sea el de una anciana con Alzheimer, pesa más que el agua. Al llenarse sus pulmones de agua, se hundirá como una piedra y permanecerá en el fondo de la piscina, hasta que empiece el proceso de descomposición. A medida que el cuerpo se llene de gas, irá ascendiendo hasta quedar a flote. El tiempo es muy variable y depende de hasta lo que comió antes de caerse en el agua. Para fines del ejemplo, el error fue poner el cuerpo flotando en el agua. La enfermera debió encontrar el cuerpo en el fondo de la alberca, no flotando.
Ahora, si la escena a escribir es la de un hombre explorando un lago y topándose con un cadáver en descomposición, debe encontrarlo flotando. Si estaba buceando, solo tendría sentido encontrarlo bajo las aguas si el cuerpo estuviera atado a una piedra. Como enseñanza final, aun así, no es garantía de que el cuerpo no salga a la superficie tarde o temprano. El cuerpo se descompondrá, como es de esperar, y al liberarse de sus ataduras al separarse, por ejemplo, el brazo del tronco, el cuerpo saldrá a flote.
El agua es traicionera. Esconde muy bien sus secretos, pero no se queda con ellos toda la vida.
Osvaldo Reyes (Panamá, 1971)
estudió medicina en la Universidad de Panamá y luego se especializó en Ginecología y Obstetricia en la Maternidad María Cantera de Remón. Actualmente labora como médico especialista en la Maternidad del Hospital Santo Tomás, donde también ejerce funciones como Coordinador de Investigaciones. Es profesor de la Cátedra de Obstetricia de la Universidad de Panamá y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
Ferviente lector y escritor del género negro, con ocho libros (El Efecto Maquiavelo, En los umbrales del Hades, Pena de muerte, La estaca en la cruz, Sacrificio, El canto de las gaviotas, El cactus de madera y Asesinato en Portobelo) y dos colecciones de cuentos (13 gotas de sangre y 13 candidatos para un homicidio) publicados a la fecha. Sus relatos forman partes de diferentes antologías (Escrito en el agua, Pólvora y sangre, Círculo de Lovecraft # 9) y es ganador del Primer Premio de Narrativa Corta (2017) del Panama Horror Film Fest. Osvaldo Reyes coordina la jornada dedicada al género negro en Latinoamércia de nuestra Semana Negra en la Glorieta.
Ferviente lector y escritor del género negro, con ocho libros (El Efecto Maquiavelo, En los umbrales del Hades, Pena de muerte, La estaca en la cruz, Sacrificio, El canto de las gaviotas, El cactus de madera y Asesinato en Portobelo) y dos colecciones de cuentos (13 gotas de sangre y 13 candidatos para un homicidio) publicados a la fecha. Sus relatos forman partes de diferentes antologías (Escrito en el agua, Pólvora y sangre, Círculo de Lovecraft # 9) y es ganador del Primer Premio de Narrativa Corta (2017) del Panama Horror Film Fest. Osvaldo Reyes coordina la jornada dedicada al género negro en Latinoamércia de nuestra Semana Negra en la Glorieta.

