«Por favor, sea breve 2», antología de microrrelatos de Clara Obligado

Los siguientes microrrelatos están incluidos en «Por favor, sea breve 2» (antología de microrrelatos editada por Clara Obligado y publicada por la Páginas de Espuma en 2009) y han sido escogidos para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos. Puedes acceder a la página de Páginas de Espuma pinchando en la portada del libro.


LA AFRENTA
Luis Mateo Díez
Te merecías todo lo que te hice menos esa última afrenta, aunque reconozco que nada exime más que lo que se hace en nombre de un amor traicionado.
    Lo que le conté en la carta era indigno porque pertenecía exclusivamente a nuestra intimidad, y estoy seguro de que cuando buscó y encontró el lunar en el recóndito secreto que sólo yo besaba, mientras tú excitada me alentabas a hacerlo, sintió la misma frustración de quien halla el cofre del tesoro vacío con la burla de quien ya lo sustrajo.
    Sé que tu amor es una pérdida definitiva y me resigno a ello, pero el secreto de ese lunar sólo a mis labios pertenece. Y cuantas veces requiera tan íntimo tesoro encontrará el vacío que queda de quien lo despojó.
    Una afrenta que a mí me tiene prisionero y a él esclavo y a ti culpable, y a los tres unidos en la desdicha porque yo te seguiré queriendo y él nunca podrá quererte del todo, y tú jamás llegarás a olvidarme, al menos mientras el lunar sostenga el recuerdo de mis besos y de mis lágrimas
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LA SEGUNDA DIMENSIÓN O INVOLUCIÓN
Max Valdés Avilés
Ni un rumor en la oscuridad.
    Enfrentó el pelotón de fusilamiento. Cerró los ojos. Vió a su madre que lo tomaba de la mano y lo llevaba de regreso a su población. Atravesaron las sucias calles y vieron un perro muerto sobre la berma. Más allá alcanzaron a oir los griteríos de unos adolescentes que peleaban por un pitillo de marihuana. Lo acostó sobre la cama. Daniel se tendió y volvió a cerrar los ojos. Los soldados le apuntaron directamente al cuerpo. La noche estaba más oscura que de costumbre y quiso encontrar una estrella pero la estrecha ventanilla del calabozo apenas le permitía ver un minúsculo trozo de cielo. Levantó la cabeza. Su madre le acomodó la almohada. Repentinamente comenzó a sangrar de su pecho. La madre advirtió que su hijo se había orinado, lo levantó y lo llevó a su dormitorio. Allí le cambió la parte inferior del pijama. La camisa con la inscripción de su número de reo quedó embadurnada de sangre. El gendarme a cargo de la ejecución instruyó al médico de turno para que verificase el deceso. La madre lo besó en la mejilla y le cerró los ojos para que al fin durmiera. El médico observó con asombro el bulto caído en el suelo del paredón. El cuerpo del criminal se había reducido al de un niño de cuatro años.
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AMOR HASTA LA MUERTE
Carola Aikin
«Sólo son pájaros, no hay que temer», susurró el hombre en su nuca. Entonces se escuchó de nuevo el silbido, ya no tan lejano, de aviones a punto de sobrevolar la ciudad, y la gente empezó a inquietarse. Todos se agolpaban en el último tramo de escaleras, a la salida del metro, indecisos, temiendo las bombas. El hombre aprovechó para apretársele por detrás. Por instinto, ella asió con más fuerza las bolsas de comida que tantas horas llevaba cargando. «¿Ves que sólo son pájaros?», insistió él, posando descaradamente los labios en su oído. Entre los pies de las personas, la mujer vio como brincaban asustados los gorriones y algo se abrió en ella. Y entonces la mano de él sobre su cadera, el enredo con el borde de su falda, los dedos aventurándose. Y no, ella no se gira a abofetearlo como debe de hacerse. Insoportable ya el calor agarrado a su vientre, prefiere simular un forcejeo y hace como que lucha, revientan las bolsas con la fruta y los hermosos albaricoques salen disparados escaleras abajo como una catarata dorada. Ahora sí grita ella, entre frutas y gorriones, él aferrado por detrás cuando todo estalla y comienza la estampida: echan a correr alpargatas, sombreros, moños tirantes, abrigos, buscan la boca de luz, la salida al mundo de los fantasmas donde esa mujer vive aún hoy, obsesionada por descubrir el rostro del hombre que la amó hasta la muerte.

Refugio antiaéreo durante la Guerra Civil Española
en la estación de metro Gran Vía de Madrid

PIEL DE SERPIENTE
Antonio Reyes
Cuando esto escribo, sentado delante del ordenador, observo mis manos. Siempre he tenido dedos largos, como de pianista, sin piano en mi caso, y uñas cortas y redondeadas. Pero nada de esto es lo que las caracteriza últimamente, sino unas pequeñas erupciones que me brotan desordenadas y cada vez con más frecuencia. El proceso siempre es el mismo: aparecen pequeños puntos que, poco a poco, van abriéndose y volviendo mortecina la piel, hasta que, finalmente, termino mudándola.
    El dermatólogo me ha dicho que es una psoriasis, tal vez hereditaria, producida por el estrés. Pudiera ser. Pero yo soy de otra opinión: creo que tengo algo de serpiente, y que por eso, como todos los reptiles, mudo periódicamente la piel.
    No crean que esto es una paranoia o un repentino ataque senil de locura. No. Sin ir más lejos, hace unos días se me acercó Michi, mi gato, y empecé a acariciarlo. En un rápido movimiento me abalancé sobre él, le clavé los dientes en el cuello, y comencé, despacio, muy despacio, a engullirlo.
    Nunca más volveré al dermatólogo. No sabe nada de serpientes.

SORPRENDER
Ana María Shua
Los artistas de circo nos preguntamos con desesperación cómo sorprender a los espectadores. Ser perfectos en la tradición no basta. Intentamos, entonces, el exceso en las suertes conocidas: un salto mortal con cinco vueltas en el aire, hacer malabarismos con diez yunques y diez plumas, tragarnos un paraguas, o un poste de alumbrado, sostener una pirámide humana en la cuerda floja, entrar a una jaula con trescientos cincuenta leones y dos tigres, hacer desaparecer para siempre a los enemigos de una persona del público elegida al azar. ¿Cómo sorprender a los espectadores? En los nuevos circos, adornados los viejos trucos con el vestuario, con la coreografía, con las luces, con la cantidad de personas en escena. A medida que envejecemos, el exceso nos cuesta demasiado y ya no somos lo bastante bellos, lo bastante elásticos, lo bastante ingeniosos para formar parte de los nuevos circos. ¿Cómo sorprender a los malditos, a los cínicos espectadores que ya lo han visto todo? En un intento de obtener el espectáculo supremo, nos dejamos morir entre aplausos sobre la arena y no es suficiente, no es suficiente, eso lo hace cualquiera.

El circo
- Georges Seurat -
(1891)