Reseña de «Los mares del Sur» de Manuel Vázquez-Montalbán

RESEÑA DE «LOS MARES DEL SUR» DE MANUEL VÁZQUEZ-MONTALBÁN
Rafael Guerrero
Para cuando Pepe Carvalho fue contratado por la viuda de Stuart Pedrell en «Los mares del sur» ya sabíamos que uno estaba muerto y que otro venía de matar a Kennedy. Y si no de matarlo, al menos de enredar en aquel asunto. Este detective privado creado como reflejo literario de su autor, Manuel Vázquez-Montalbán, presumía de barcelonés agallegado, fajado durante la dictadura franquista militando clandestinamente en el PCE hasta que el hastío personal e ideológico le abocó a trabajar cerca de un lustro para la CIA estadounidense (de ahí su implicación en el magnicidio del citado presidente en Dallas) y después a ejercer el sucio oficio de sabueso en la ciudad Condal coincidiendo en el tiempo con la muerte de Franco y la llegada a España de la democracia, transición o transfusión, mediante.

Corrían tiempos tan jodidos como ilusionantes para la mayoría, porque para Pepe Carvalho fueron, efectivamente, jodidos, pero toda esa otra ristra de emociones y esperanzas se la traía al pairo o eso pretendía transmitir con sus cínicos comentarios cuando valoraba desencantado la sociedad que le rodeaba, los atavismos morales que se disfrazaban de modernidad y la supuesta dualidad entre el bien y el mal. Y todo ello regado siempre con buenos vinos blancos, alimentado gracias a los manjares que su fiel escudero Biscúter ejecutaba en una cocinilla de juguete en el mismo despacho en que dormía, acunado en los brazos de Charo, su novia prostituta y no exactamente en ese orden, y envenenado por una vasta cultura narrativa y filosófica devorada durante décadas y que por entonces reposaba en las estanterías de su casa en Vallvidrera aguardando a ser consumida por el fuego de la chimenea. No hay peor ira que la del converso.

Al acaudalado empresario catalán Stuart Pedrell se le hacía perdido o escondido en la Polinesia desde un año antes, su afición por la obra pictórica de Gauguin y la atracción que un paraíso virgen, tórrido y lejano ejerce en cualquiera que pretenda escapar de sí mismo, lo llevaron a obsesionarse con ese destino erótico y mitológico hasta que desapareció. Con tan mala suerte para él como para su sueño, pues el viaje en el que se embarcó solo pudo conducirle hasta un barrio marginal de Barcelona y dejarle allí tirado ya cadáver, cual bodegón expresionista.

Tras una errática y desconcertante investigación (el verdadero periplo por el sur de los mares), el protagonista dejará constancia de su buen hacer, sea por azar, sea por oficio. Sin embargo, el desenlace, el esperado, el deseado, es lo de menos. Al menos para mí, y me explico.

Dicen que no hay lector más correoso que un escritor; curtido en la tarea de coser letras no puede evitar percibir los hilos y las puntadas mal urdidas por su colega y, por ende, las suyas, con efecto retroactivo y sin posibilidad de enmienda. Al final, claro está, ni disfruta del texto ni se atreve a quemarlo.
 

Dando por válida esa premisa universal deduzco, en lo que a la novela negra en particular se refiere, que no hay público más difícil para esta que el de los detectives privados reales con ínfulas literarias.

Y ése es mi caso. Desde hace más de veinte años desempeño labores varias de investigación, y desde hace bastantes menos escribo libros de ficción basados en casos resueltos por un personaje que es a la vez persona y autor. El colmo.

Quizá por ese doble agravante, o a pesar de él, reconozco sentir admiración y respeto por la saga carvalhiana. Por la verosimilitud de su antihéroe, por la credibilidad de sus historias, por la honestidad de sus opiniones y percepciones, coincidan o no con las mías. Pepe Carvalho no huele a tinta, y salvando las distancias, épocas y experiencias, salvando la línea que separa el papel de la calle, poco me cuesta suscribir frases que salieron de su boca como si fueran mías. 

“Los detectives privados somos los termómetros de la moral establecida”. 
Quemen, por tanto, esta reseña. En memoria de Pepe y de Manolo. Y porque hace frío en los mares del sur.

Esta reseña ha sido escrita por Rafael Guerrero para la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2016. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original.

es Detective Privado y Criminólogo por la Universidad Complutense de Madrid, Director de Seguridad por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Máster en Servicios de Inteligencia por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de Madrid. Miembro de World Association of Detectives de Estados Unidos, a la Asociación Profesional de Detectives Privados de España, ASIS International, Asociación Nacional de Criminalistas y Expertos en ciencias forenses y es socio colaborador de la International Police Association. Es autor de Un guerrero entre halcones, Diario de un detective privado (Editorial Círculo Rojo, 2010), Muero y Vuelvo (Editorial Círculo Rojo, 2013) y Ultimátum (Editorial Círculo Rojo, 2015).


HAY QUE CREER EN LOS MILAGROS
Manuel Vázquez-Montalbán
"(...) la primera traducción que se hizo al francés fue Los mares del sur, ni siquiera se pudo traducir con el título original, porque ya existía un libro con ese nombre. No sé si fue por el título elegido por el editor o por la novela, pero no se vendió ni un ejemplar y lo liquidaron a precio de saldo en las librerías de las estaciones de ferrocarril. Pero un día, como ocurre en los cuentos de hadas literarios, pasó por ahí un crítico importantísimo que compró un libro barato para entretenerse durante el viaje, el de Los mares del sur, y decidió proponerlo para el Premio de Literatura de París y lo gané. Por eso hay que creer en los milagros (...)".