Los amantes de Isabel II

LA REINA SE DESQUITA
Javier Alonso García-Pozuelo
El matrimonio con Francisco de Asís permitía que Isabel II, una reina con escasísima educación política, siguiese siendo manejada a su antojo por su madre y la camarilla del Partido Moderado. Isabel II es anulada como monarca constitucional, pero no como mujer. La joven y pasional reina no está dispuesta a dejarse arrebatar su vehemente deseo de ser feliz.

Su vida en los meses que siguieron a la boda fue tan desarreglada (su romance con el general progresista Serrano se convirtió en la comidilla de periódicos, cafés y salones) que durante algún tiempo se rumoreó que la reina estaba firmemente decidida a obtener la anulación de su matrimonio, el cual había tenido lugar bajo coacción moral y del que no podría lograr descendencia alguna. Mientras tanto Francisco de Asís, que tan sólo cinco meses después de las bodas reales, movido por la absoluta falta de discreción de la reina con su favorito, ya había abandonado la alcoba conyugal, se consolaba diciendo que 

«si alguna vez lograba algún poder, colgaría del balcón de la reina al General Bonito». 
No fue necesario. En el otoño del 47, los moderados pidieron al general Narváez, la mano de hierro del partido, que tomara cartas en el asunto y la situación se resolvió sin necesidad de que corriera la sangre (González Bravo pensaba retar en duelo a Serrano). Serrano puso fin a su affair con la reina a cambio de ser promovido a capitán general de Granada, y el rey consorte volvió a Palacio. Volvió Francisco de Asís al Palacio de Oriente, se teatralizó la reconciliación y los siguientes favoritos de la Reina, aprendida la lección, trataron de actuar con más cautela. El rey consorte aceptó aparentemente que la reina continuase con sus amoríos, aunque por dentro le consumía el resentimiento y no dejó de conspirar en su contra y de amenazarla con hacer públicos algunos secretos de alcoba. Su rabia llegó a tal punto que cuando supo que la reina estaba embarazada (del futuro Alfonso XII) tuvo intención de acabar con su vida. El general Narváez lo impidió, aunque como resultado de la escaramuza fallecieron el ministro de guerra y el ayudante del general.

Carece de interés dedicarse a hacer inventario de todos los amantes que la reina tuvo y de los parecidos físicos de sus hijos con sus supuestos amantes. Lo cierto es que los asuntos de alcoba de Isabel II se airearon sin el más mínimo pudor y su vida privada se convirtió en motivo de debate público y en arma arrojadiza de unos partidos contra otros y de todos los partidos contra la propia reina. De haber sido varón o de haber reinado en el Antiguo Régimen, otro gallo hubiera cantado
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El general Francisco Serrano
- Antonio Gisbert -

Esta entrada forma parte de un artículo que lleva por título "Isabel II, Sant Joan d'Alacant y la República Dominicana" y que trata sobre el período histórico en el que está ambientada «La cajita de rapé»(años finales del reinado de Isabel II). 

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Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo