Biografía de Carlos I de España (XII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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MI QUERIDA ESPAÑA, ESTA ESPAÑA MÍA, ESTA ESPAÑA NUESTRA (II)
Víctor Fernández Correas
A Carlos le cayó España en el lote para bien y para mal. Es decir: sus territorios, su poderío económico y militar… Y también los españoles. Canela fina. De su naturaleza y particular proceder tuvo conocimiento nada más llegar al trono imperial. Y de aúpa debía de ser el percal cuando tuvo que dejar de lado el asunto de Lutero, tal y como contamos en la anterior entrega de esta biografía. Que en sí mismo ya eran palabras mayores. Algo así como 25 años le costó enderezar el asunto. Pero es que lo de España…
   
¿Qué le llegó a Carlos mientras trataba de apagar el incendio de Lutero en Worms? Que en Castilla se habían levantado las Comunidades, mientras en Valencia y Mallorca los agermanados también tenían cuerpo de jarana. Para bien y para mal, decía, pues asimismo empezaron a llegarle las hazañas de conquistadores como Hernán Cortés, que andaba por las Indias guerreando con los aztecas para incorporar más territorios a la corona imperial. Comunidades y agermanados. Más curvas en el camino. Dale a tu cuerpo alegría, Macarena.

No obstante, una salvedad: lo de las Comunidades de Castilla no cogió por sorpresa a Carlos. Ya tuvo que aplazar su coronación en Aquisgrán porque Toledo se subió a las barbas reales ―aún no imperiales―. Además, su madre, Juana, estaba recluida en Castilla, y era la legítima reina. ¿Y si los comuneros la liberaban y se apoderaban de ella? Sudores fríos, temblores en el cuerpo.

Lo de Toledo sólo fue el comienzo. La primera en seguir sus pasos fue Segovia, encantada de la vida con sus procuradores en Cortes, que habían dicho que sí a todo lo que pidió Carlos, pasándose por el forro de las entretelas el mandato de la ciudad. Tan encantados estaban los segovianos, que tras amotinarse decidieron aliviar la economía de uno de dichos procuradores, Rodrigo de Tordesillas, que dejó de pagar facturas de manera inmediata.

En cuanto el regente Adriano de Utrecht tuvo conocimiento del incendio segoviano, convocó al Consejo Real para determinar los siguientes pasos. Opciones, dos: apaciguar los ánimos o entrar en Segovia a sangre y fuego. Pese a algunas voces que propusieron la negociación, imperó el criterio del arzobispo Rojas, presidente del Consejo Real, partidario de lo segundo. Y se decidió escoger como alcalde de Corte a un tal Ronquillo, que no se caracterizaba por dar besos ni regalar abrazos, precisamente. Claro que los segovianos le dijeron a Ronquillo que en la ciudad nunca pondría los pies, por lo que sólo quedaba resistir o morir.

En Toledo y Segovia comenzaron a organizarse milicias ciudadanas. La Iglesia también ayudó lo suyo a echar gasolina al fuego, clamando desde el púlpito contra el mal gobierno de Carlos y vilipendiando a sus consejeros flamencos ―recordemos que la Iglesia estaba más caliente que el palo de un churrero por la elección de Guillermo de Chièvres como arzobispo de Toledo―.  Las milicias toledanas encargaron su control y organización a un personaje que pasaría a la historia, Juan de Padilla. Éste lo tenía claro: había que ayudar a Segovia, que también lanzó su auxilio a Madrid, León, Ávila, Salamanca y Medina del Campo. Ciudades donde los ánimos eran similares a los que se vivían en las ya levantadas.

Y mientras estas ciudades conformaban estructuras políticas independientes de las de la monarquía, el Consejo Real decidió mandar a Ronquillo una pequeña fuerza armada ―800 lanzas y 200 escopeteros― al mando de Fonseca para resolver lo de Segovia. Pero éste sabía que eso era como enfrentarse a la caballería con un tirachinas, puesto que para someter a los segovianos sólo le quedaba optar por el asedio o el asalto a la fuerte muralla que rodeaba la ciudad. Por eso decidió acercarse a Medina del Campo, donde la Corona disponía de un parque de artillería. ¿Y qué le respondieron los medinenses? Que verdes las habían segado. ¿Resultado? Enfurecido por su negativa, y más al saber que estaban de parte de los sublevados, Fonseca dio libertad a la soldadesca, que saqueó e incendió la ciudad a sus anchas. Cómo tuvo que ser el asunto que Castilla entera, la vieja y la nueva, se levantó en armas conocido el hecho. Fonseca se vio obligado a licenciar a su ejército y salir por patas de España, buscando refugio en la Corte de Carlos. Desde allí, ya seguro, le dijo al regente Adriano algo así como: “Ahora te lo comes tú”.

El momento cumbre de todo este embrollo llegó el 20 de septiembre de 1520, cuando los comuneros entraron en Tordesillas. Los escalofríos, los sudores de Carlos, recordadlos. Los comuneros, con Padilla, Bravo y Zapata a la cabeza, hablaron largo y tendido con Juana para convencerla y liberarla para que fuera lo que era: la reina legítima de España. ¿Qué dijo Juana? “Sí, sí: estad aquí a mi servicio y avisadme de todo e castigad a los malos, que en verdad yo os tengo mucha obligación”.

¿Y Carlos? Espantado por el cariz del asunto, supo ver una salida favorable a sus intereses, y no era otra que apostar por los Grandes de Castilla. Éstos, en un principio, simpatizaron con los sublevados. Que se le diera un escarmiento al joven emperador y tal. Que aprenda lo que es España. Pero dejaron de ser simpáticos cuando también amenazaron con despojarlos de sus señoríos. Así, dos de los Grandes más cualificados ―el Almirante, don Fadrique Enríquez, y el Condestable, don Íñigo de Velasco, junto al Conde de Haro, primo del Condestable―, se pusieron al frente de un ejército imperial que contó con una financiación de 50.000 ducados gracias al matrimonio de Leonor, hermana de Carlos, con el rey Manuel el Afortunado de Portugal.

Total, que el ejército imperial recuperó la iniciativa y tras diversos encuentros, desencuentros y escaramuzas varias, dio el golpe de gracia a los comuneros en Villalar. Fue el 23 de abril de 1521 cuando Padilla, Maldonado y Bravo cayeron prisioneros; y Juana regresó a Tordesillas, a su encierro.

¿Y Carlos? Respirando aliviado. Solventado el tema castellano le llegaba el momento de ordenar su imperio. Pero ése es otro tema. Mejor lo dejamos para otra entrega, ¿no?


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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