Biografía de Carlos I de España (XIII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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Y CÓMO ES ÉL
Víctor Fernández Correas
Lo de la revuelta comunera y su posterior derrota en Villalar se cerró como se cerró; lo de Lutero todavía le provocaría más de una úlcera; y, para rematar el asunto, Francisco I de Francia decidió echarse al monte rompiendo la paz ese mismo año de 1521, iniciando una serie de guerras que se sucederían durante todo su reinado. Precioso panorama el que se le presentaba a Carlos. Y por delante, otro reto: poner en orden la casa. Aunque, más que una casa, lo más parecido a un hotel —el imperio— con muchas habitaciones —territorios a gobernar— e inquilinos de su padre y de su madre —los pueblos de aquellos territorios—.

—Crudo lo tiene —le confesó un cortesano a otro, miembros del círculo personal del Emperador.
—Pero tiene una ventaja con respecto a sus antecesores —admitió otro que paseaba a su lado.
—¿Cuál?
—Su cosmopolitismo.
—¿Mande? —replicó el segundo, enarcando las cejas.
—Con el tiempo lo entenderá.

Ahora, ¿cómo era Carlos? Basta con echar un vistazo a los distintos retratos y bustos que existen. Joven, de largo cuello, ojos ensimismados, propios de un soñador, según el busto de Conrad Meit del Museo Gruuthuse de Brujas, con el detalle del collar de la Orden del Toisón de Oro; y el hombre de mediana estatura, de frente espaciosa, ojos azules, dominadores, nariz aguileña y mandíbula prominente —rasgo característico que luego heredarían sus sucesores— del retrato de Alonso de la Cruz a raíz de su muerte en Yuste. Aquél era también su mayor defecto y origen de múltiples dolencias. Al no encajar sus dientes, masticaba mal las comidas y, en ocasiones, su habla llegaba a ser dificultosa. De ahí que fuera, en general, parco en palabras —salvo en ocasiones solemnes— y que sufriera tantas indigestiones.   

—¿Y lo de la gota? —le preguntó el primer cortesano al segundo.
—Más adelante —le contestó el otro.
—Bueno…

Eso, en lo físico. En cuanto a su carácter, Menéndez Pidal lo describió así:

“Es de complexión, en principio, melancólica, mezclada, sin embargo, con temperamento sanguíneo, de donde tiene también naturaleza correspondiente a la complexión. Es hombre religiosísimo, muy justo, desprovisto de cualquier vicio, nada inclinado a los placeres, a los que suelen ser inclinados los jóvenes, ni se deleita en pasatiempo alguno. En alguna ocasión va de caza, pero raras veces; sólo se deleita con negociar y estar en sus consejos, a los que es muy asiduo y en los que está gran parte del tiempo…”.

Queda claro, ¿no?

—Lo de la gota es por lo de la caza, ¿no?
—Mire que es usted pesado…
   
Y cosmopolitismo, decía antes, unas líneas más arriba. Porque Carlos era todo un cosmopolita. Y de inmediato se entenderá este calificativo: educado en la Corte borgoñona de su tía Margarita, en Malinas, en Flandes. Un espacio germánicamente hablando cuando la lengua de la Corte era el francés, así como la de todo el círculo de Borgoña; una herencia materna bien definida —Juana era española, no lo olvidemos—, con una serie de hechos de sabor hispano que actuaron y educaron a Carlos en Flandes. Por un lado, las hazañas de los conquistadores en América, ampliando los territorios que serían suyos con el paso del tiempo. Por otro, el ideal caballeresco y un profundo sentimiento religioso—que ya avisó anteriormente Menéndez Pidal—. Para explicar lo primero hay que tener en cuenta que Carlos presidía una Orden, la del Toisón de Oro, en la que cabían todas las virtudes caballerescas: el valor, la lealtad, la piedad, la sencillez. De lo segundo sirve como explicación el sentido providencialista tan propio de la Corona hispana, y que le viene por influencia de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos. Ese sentimiento de ser objeto de las preferencias divinas por parte del español que penetra en la Edad Moderna —Croce, un italiano de la época, llegó a afirmar: “¡Dios se ha hecho español!”—, y que Carlos asumió con motivo de su elección como Emperador.

Más datos de su cosmopolitismo: su contacto con el pueblo italiano. No en vano, sardos, sicilianos y napolitanos lo tuvieron por soberano, y pronto extendió su dominio efectivo sobre los milaneses, y por extensión, sobre toda Italia. Influencia que también sería recíproca. Y un punto, digamos, friki: Italia era la cuna de los héroes antiguos. Tanto, que hasta su retiro en Yuste le acompañaron Los comentarios, de Julio César.

¿Y Alemania? Nunca dominó su lengua, pero era consciente de que la corona del Sacro Imperio Romano Germánico le había dado el dominio sobre Europa, lo que le llevaba a considerarse heredero de Carlomagno.

En consecuencia, una vez conocido a Carlos, es momento de verlo en acción. La cosa promete, y mucho. Será en las próximas entregas.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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