Biografía de Carlos I de España (XIV Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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PACO, PACO, PACO... DE MI PACO
Víctor Fernández Correas
En la anterior entrega realicé un retrato de mi colega Carlos desde todos los puntos de vista: físico, psíquico… Un emperador como Dios manda. Pero eso de que Carlos lo fuera le sentó a más de uno como una patada en la entrepierna. Así, bien dada, con saña, disfrutando del momento. ¿Candidatos? Francisco I de Francia, por ejemplo. Celosón, un rato. Y también mucho gato a Carlos. Porque el francés ambicionaba el trono imperial tanto como él. ¿Perras? También se gastó en el asunto y, asimismo, desplegó todas las influencias que tuvo a su alcance. Pero el Imperio se lo quedó Carlos y huelga decir que al francés eso le sentó como la referida patada. No obstante, lo que realmente le ponía más caliente que el palo de un churrero es que el Conde de Flandes, pues eso era Carlos entre otras muchas cosas, se saliera de madre y que su caché subiera como la espuma en el concierto europeo. Eso, y que lo tuviera acechante por encima —Flandes— y por debajo —España—. Si no quieres arroz, dos tazas.

Así que demos la bienvenida a Francisco I de Francia, porque su presencia por estas columnas va a ser más que habitual a partir de ahora. Singular, el tipo, sin duda: seductor, mujeriego y con una planta que imponía —casi dos metros de altura se gastaba el gachó—, lo suyo con Carlos fue como lo de esos dos futbolistas que llevan una década dirimiendo quién es mejor dando patadas a un balón. Y Carlos tenía todas las de ganar desde que su abuelo dejara escrito que debía heredar los reinos de Aragón y Castilla.

La primera, y en la frente, se la atizó Carlos a Francisco I con su coronación como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico —como ya vimos en su momento—. Golpe que trastocó los planes iniciales del galo, quien decidió centrarse en la modernización de Francia: reforma administrativa del país, y también fiscal. Es decir, dinero contante y sonante siempre disponible para costear sus enfrentamientos contra Carlos. Que duraron años y años.

Y que empezaron en 1521. Con Lutero haciendo de las suyas por Alemania, a Francisco I se le ocurrió que una buena manera de tocarle las narices a Carlos podría ser apoyando al rey de Navarra. Éste tenía entre ceja y ceja recuperar los territorios de los que le despojó Carlos meses antes; y también metiendo las suyas en Italia, donde pensaba tomar aire para disputarle la hegemonía europea al Emperador. El recuerdo del Milanesado, su gran victoria de 1515. Los viejos laureles, y tal. 


¡Ay, Italia! En dicho escenario se sucederían las guantadas, guascas y tollinas durante algo más de seis años, acabando la cosa con una larga estancia de Francisco I en Madrid con todos los gastos pagados a cargo de Carlos, y de la que daremos cumplida noticia en próximas entregas de ésta su vida.

Claro que Carlos también tenía su propia agenda, como es menester, y tampoco estaba dispuesto a que Francisco I mandara en ella. Y en su agenda, marcada y resaltada en rojo, aparecía una voluntad inaplazable: cumplir con su palabra. Porque antes de abandonar España en su primera visita prometió regresar en un plazo máximo de tres años. Y ese plazo concluía en 1521. ¿Para qué regresaba? Carlos tenía clarinete que su fuerza radicaba en Castilla, por lo que tonterías, las justas. Y aun estando como estaban las cosas por Europa, con Francisco I queriendo recuperar glorias pasadas por Italia, acudiría a España para cumplir con su palabra. Sí, pero con un ojo puesto en Europa. Porque lo de Italia, como ya he dicho, se iba a convertir en un incendio a partir de 1521; lo de Francisco agitando el avispero navarro quedaría en poco más —y poco menos. Como si una zorra hubiera abierto la puerta del gallinero— que la captura de Fuenterrabía. A lo que hay que unir la repentina muerte del Papa León X, al que sucedería un viejo compañero de la vida de Carlos, Adriano de Utrecht, quien ocuparía la silla de San Pedro como Adriano VI.

Pero antes de alcanzar España, Carlos tenía que rendir visita a otro peso pesado de la época, a su vez un aliado de postín. Otra de esas figuras a las que merece retratar, aunque sea en unas pocas líneas: Enrique VIII. Ahí es nada.

Enrique VIII, Francisco I… Las curvas empiezan a ponerse peligrosas, aviso.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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