«¿Novela policíaca o novela negra?», por José Vaccaro Ruiz

¿NOVELA NEGRA O POLICÍACA?, por José Vaccaro Ruiz
En una mesa de debate del pasado festival de literatura Black Mountain Bossòst, por parte entre otros de José Luis Muñoz, Alicia Giménez, Martínez Laínez, Angelique Pfitzner y yo mismo, se planteó la cuestión de cómo diferenciar la novela policíaca de la novela negra, y sin llegar a un consenso absoluto —tal cosa es imposible entre los que nos dedicamos a escribir—, sí que se establecieron ciertas conclusiones que es interesante dar a conocer.

En primer lugar, y con carácter previo, cabe preguntarse cómo surge un género de novela, cualquier género de novela.

El proceso es siempre el mismo, ahí podemos estar casi de acuerdo. Un buen día un autor escribe sobre un tema con una trama, un punto de vista y unos personajes abriendo un camino hasta entonces inexplorado que más adelante otros completarán, ahondarán y fronterizarán. Por poner un ejemplo paradigmático citaré a la ciencia-ficción. Julio Verne, H. G. Wells, Mark Twain, Amazing Stories e Isaac Assimov le van dando forma ampliándola y complementándola para ir, relato tras relato, cristalizando en una entidad dotada de un elemento diferencial nuevo y distinto —o notablemente distinto—, respecto a todo lo anterior y que da lugar a una categoría propia, un modelo, un arquetipo estructural y formal hasta entonces, si no desconocido —no hay nada nuevo bajo el sol—, si lo suficiente diferente como para poderlo distinguir, aislar, reconocer y adscribir.

Así se crearon los distintos géneros literarios: desde los libros de caballerías, al romántico, el picaresco…

Llegados a este punto no puedo dejar de mencionar los dos aspectos que conforman la obra literaria y que permiten un análisis por separado: la forma narrativa (ritmo, gramática), y la temática (trama, personajes). Esa dicotomía tiene su máxima y entrañable unión en la poesía. Cada una de las tres categorías clásicas de la poesía: la lírica, la dramática y la narrativa, y en lo que concierne a la forma tienen sus propias e inherentes exigencias de música, cadencia, ritmo, rima. Algo que no ocurre, o no necesariamente ocurre con la prosa. Recordemos “La Marcha triunfal” de Rubén Darío; la forma: un marcar el paso, un metrónomo implacable sonoro y casi visual al servicio de lo narrado: un desfile militar.

Lo anterior viene a cuento porque en la novela, aunque forma y temática se pueden diseccionar, no necesariamente existe un canon de ligazón o separación entre ambas. Es más, y por poner otro ejemplo, la novela humorística puede ser más chocante e irónica, más efectiva en su resultado cómico si está escrita en clave épica. Digámoslo claro: en la novela la forma pasa a integrarse en la narración, es o puede ser una parte más de la misma porque la música, el ritmo, no es en absoluto tan determinante como en la poesía.

Por lo cual, si nuestro objetivo es marcar una separación entre el género policiaco y el género negro, deberemos atender a la narración como un conjunto que incluye a la forma.

Vayamos pues a la narración como un todo, y fijémonos en las dos palabras que personalizan los dos géneros objeto de nuestra atención: «el policíaco» y «el negro», porque ahí está el quid de la cuestión.

Desde el punto de vista moderno, los creadores de la novela en un principio ambigua o mixta policíaca/negra y cuando esta última aún no estaba personalizada —ya entraremos después en su diversificación—, han sido Carroll John Daly, Conan Doyle, Edgar Allan Poe, Agatha Christie, Simenon… ¿Y qué tienen en común sus personajes: Race Williams, Sherlock Holmes, Auguste Dupin, Hércules Poirot, Maigret…? ¿En qué se parecen? Unos son policías, otros detectives privados. ¿Pero qué los une?, ¿qué los iguala?

Sencillamente que su investigación, su forma de actuar, su manera de resolver un crimen, un robo, un delito, es la razón, la lógica, las pistas, los indicios, los errores del criminal. Las pasiones podrán estar detrás —bien seguro que así es—, como fuentes y motores de la acción criminal, pero es en definitiva la ciencia, la matemática, lo objetivo, aquello que articula la trama investigadora para señalar de manera indubitada al culpable. Es el «elemental, doctor Watson» de Holmes, las «células grises» de Poirot. O por decirlo de otra forma: la utilización de sistemas y estructuras —las huellas, el laboratorio, la policía—, de análisis convencionales para desentrañar el misterio —podríamos llamarlo problema, sin embozo—, que plantea la novela. En palabras de Thomas Narcejac: «En la novela policíaca el razonamiento crea el temor que luego se encargará de aliviar». Su núcleo es una intriga racional que solo la razón puede desentrañar.

Esto en cuanto a la novela policíaca. Pero, ¿y la novela de género negro?

Ahí, y siguiendo a los americanos Dashiell Hammett, Raymond Chandler y Erle Stanley Gardner (en particular cuando utiliza el seudónimo de A. A. Fair), con sus Sam Spade, Philip Marlowe y Donald Lam, aparece el detective extramuros del orden establecido, de moral heterodoxa, cínico, generalmente con un pasado turbio y formando parte de los bajos fondos donde se mueve como pez en el agua. Unos individuos que resuelven los conflictos que el escritor plantea casi siempre —por no decir siempre—, al margen de la ley y con un desenlace alejado del código penal y de los jueces, y donde tiene un papel decisivo el dinero, la venganza, el azar, el sexo, la violencia, el juego, la omertá

Digámoslo con claridad, y sin en absoluto desmerecer a una o a la otra, mientras el nudo y el desenlace de la novela policíaca se mantienen dentro de los cánones del orden y los métodos de resolución convencionales —es el momento de citar a Lorenzo Silva y a sus personajes, los guardias civiles Belilacqua y Chamorro—, los de la novela negra se adentran en la zona más oscura, marginal, anárquica y amoral, al margen de las leyes y de cualquier forma de respeto hacia una autoridad establecida y convencional —una muestra la tenemos en Prótesis de Andreu Martín—, una especie de justicia natural y universal que da a cada uno lo que le corresponde como el medio de restablecer el orden cósmico que el delito ha perturbado. En este aspecto la novela policíaca es infinitamente más cartesiana que la novela negra. Parodiando una frase hecha: aquella tiene razones que esta no entiende.

Llegados a este punto decir que, como ocurre siempre, hay zonas de contacto entre uno y otro género. Mencionaré a González Ledesma y a su comisario Méndez, donde se mezcla la, eso sí desdibujada, figura del policía convencional al uso con unas tramas cuya resolución tienen lugar por el simple desarrollo fatalista de los hechos —hay algo de destino y predestinación en ello—, al margen de las penas y las sentencias —fallos judiciales, un nombre muy aplicable al caso—, impuestas por la autoridad togada.
 
El auge actual de la novela negra tiene su explicación por la existencia de una sociedad donde ni están ni se les espera los valores de referencia que hasta hace poco la conformaban: la familia, la religión, la educación entendida como unas normas de buena conducta —en los planes de estudios de los años cincuenta del pasado siglo había la asignatura de Urbanidad—, el respeto a la ley… La permanente y farisea referencia que se hace a lo «políticamente correcto», que si algo evidencia es la represión de un inconsciente colectivo «absolutamente incorrecto», es un ejemplo de ello. No es pues extraño que frente a la novela negra, la policíaca esté en retroceso porque simplemente representa menos a esa sociedad. En esa evolución desde que Chandler la definió en El arte de matar como la «descripción del mundo profesional del crimen», la novela negra se ha vuelto más comprometida y más próxima a un lector de distinto cuño más abierto, y poliédrico que, moralmente, ha dejado el absolutismo de la Física de tres dimensiones de Newton para entrar en la Relatividad de Einstein. Una novela que por exigir con frecuencia un posicionamiento ético-moral más allá de la ley —el viejo dilema de legalidad contra legitimidad—, es incluso más pedagógica, aunque ése sea un calificativo que jamás debería aplicarse a la literatura. De ahí su creciente popularidad.


Este artículo ha sido publicado en la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA con permiso de su autor, José Vaccaro Ruiz, y de los organizadores del Black Mountain Bossòst.

 
nació en Barcelona en 1945. Su familia procede de la región italiana de Cosenza, de donde su abuelo paterno emigró a principios de siglo perseguido por un bandido apodado Malatesta. Es autor de Ángeles  Negros (ganadora de los Premios Atlantis La Isla de las Letras),  La Vía Láctea y La Granja. Arquitecto y abogado, su experiencia en la Administración Pública y como profesional liberal queda reflejada en la trama de sus novelas dentro del género negro, especialmente en su último libro Catalonia Paradis que revela la trama inmobiliaria catalana como nunca se había hecho hasta ahora: desde la ficción más real. Todas las formas del Poder son fustigadas desde las páginas de sus libros. Los estamentos de ese Poder que deben estar al servicio de los ciudadanos y del interés general son reflejados como entes corruptos atentos a su propio beneficio y supervivencia. Colabora como crítico literario en Narrativas, Culturamas, La Balacera y La Maja Negra. Escribe además un blog personal:  https://josevaccaroruiz.wordpress.com/