Reseña de «Los establos de Augías», de Agatha Christie

RESEÑA DE «LOS ESTABLOS DE AUGÍAS», DE AGATHA CHRISTIE, por Miguel Izu
1. Introducción.
 

Los establos de Augías es uno de los relatos que componen la colección Los trabajos de Hércules, escrita por Agatha Christie entre 1939 y 1947 y que, como las hazañas del héroe mitológico griego, se componen de doce historias, en este caso doce historias cortas protagonizadas por Hércules Poirot. La propia autora confiesa en una nota inicial que fue el nombre de pila de Poirot el que la indujo “irresistiblemente” a escribirlas.

En la introducción, un personaje llamado doctor Burton bromea con Poirot sobre su nombre de pila y afirma que los padres son gente muy caprichosa al imponer nombres a sus hijos, y extiende la burla a los personajes de Conan Doyle: Me estoy imaginando la conversación que sostendrían su madre de usted y la difunta señora Holmes, mientras cosían sus ropitas o hacían calceta: «Aquiles, Hércules, Sherlock, Mycroft...» (Agatha Christie, en Los cuatro grandes, inventó un falso hermano gemelo de Poirot al que llamó Aquiles). De la conversación, Poirot saca la idea de rememorar los trabajos de Hércules aceptando, antes de su prevista y definitiva jubilación (una idea que acaricia a lo largo del tiempo pero que nunca acaba por ejecutar), doce casos, “ni uno más ni uno menos”, que tengan cierto parecido con los doce trabajos que llevó a cabo Hércules.

He elegido el quinto de esos trabajos, Los establos de Augías, porque en él Agatha Christie trata, si bien superficialmente, el tema de la corrupción en la política, lo que me permitirá hacer algunas reflexiones sobre los límites y la relación existente entre la novela policíaca y la novela negra.


2. Sinopsis.

El relato se abre con la visita que hacen a Poirot el primer ministro, Edward Ferrier, y el ministro del Interior. El primero de ellos es yerno de John Hammett, que fue el anterior primer ministro, un político muy popular al que ahora un periódico sensacionalista amenaza con desacreditar publicando sus turbios manejos de los fondos del partido y denunciando prácticas corruptas y defraudación de dinero público. El mayor problema es que los hechos son ciertos, y de saberse producirán la caída del gobierno y la probable llegada al poder de un político demagogo que establecerá prácticamente una dictadura. Para evitar tal desastre solicitan los servicios de Poirot, que acepta por la similitud del caso con la limpieza de los establos de Augías que llevó a cabo Hércules, además de por la simpatía que siente por Ferrier, al que tiene por un político honrado y cabal.

Poirot sondea al indeseable editor del periódico para saber si estaría dispuesto a no publicar la información que tiene sobre Hammett a cambio de dinero, con resultado negativo. Poco después, el periódico desvela el escándalo, seguido de inmediato por otro que afecta a la hija de Hammett, la señora Ferrier. Se publican fotografías suyas en lugares de dudosa reputación de París divirtiéndose con un gigoló y sugiriendo que es alcohólica, drogadicta y ninfómana. El primer ministro demanda al periódico por difamación en lo que respecta a su esposa.

En el juicio, comparecen varios testigos que aseguran que la señora Ferrier no estuvo ni en los lugares ni en las fechas donde supuestamente le hicieron las fotografías comprometedoras, sino descansando en la residencia de un respetado obispo anglicano. Comparece también una camarera danesa, de gran parecido con la esposa del primer ministro, que explica que la mujer de las fotografías es ella, que fue contratada por un periodista sin que supiese que se iban a utilizar para un montaje infamatorio. El periódico es condenado a una indemnización millonaria y pierde toda su credibilidad, mientras que tanto la señora Ferrier como su padre, el ex primer ministro Hammett, recuperan el favor de la opinión pública. El peligro ha pasado.

Ferrier pregunta a Poirot cómo supo que habían empleado una doble para las fotografías escandalosas. Este le responde que no es una idea nueva, ya fue empleada con Jeanne de la Motte para suplantar a María Antonieta en El collar de la reina, de Dumas. Pero añade que la idea no fue del periódico sino suya. Fue Poirot el que, con la autorización de la señora Ferrier, organizó todo el montaje y remitió las fotografías al periódico, que mordió el anzuelo y las publicó. Después de poner las manos en el cieno, como estaba previsto, procedió a limpiar el nombre de la señora Ferrier y, de rebote, el de su padre.

   
3. Entre la novela policiaca y la novela negra.

La corrupción es un tema recurrente de la novela negra, no tanto de la novela policíaca clásica. Aunque con excesiva frecuencia se tiende a hacer sinónimos ambos términos, creo que es necesario hacer una distinción entre ellos. La novela policíaca, criminal o de detectives, que nace en el siglo XIX con Poe, Wilkie Collins o Conan Doyle y llega hasta nuestros días, se centra en una trama que propone una adivinanza a los lectores, la recurrente Who done it? que acaba por nombrar al género como whodonit. Lo fundamental es la intriga, el misterio, descubrir al autor o autores del crimen y sus motivos. El resto, los personajes, la ambientación, se subordina a la trama criminal. En las primeras décadas del siglo XX surge un subgénero o variante de novela policíaca, principalmente en Estados Unidos con Hammett, Chandler o Cain, que acaba siendo denominada en algunos países como novela negra. También contiene una trama de investigación criminal, pero el ambiente en el que se produce adquiere mucha más importancia y, sobre todo, la visión sobre el entorno social que se refleja en las novelas negras es muy distinta.

En la novela policíaca clásica la sociedad se presenta como un sistema bien ordenado que, momentáneamente, se ve alterado por el crimen. La investigación y el descubrimiento del criminal tienen como última finalidad restaurar el orden. El protagonista, el detective, sea profesional o aficionado, es un héroe a menudo adornado de cualidades extraordinarias que tiene una misión salvadora, es un agente del orden social. Los demás protagonistas reflejan la idea de que la gente es, esencialmente, buena, aunque no sea perfecta, y que solamente en unas pocas personas anida el mal que les convierte en criminales. Al final ha de resplandecer la justicia, el inocente se salva y el culpable es castigado. La lectura tiene un efecto tranquilizante sobre el lector: el bien prevalece sobre el mal. No es casualidad que en una parodia televisiva del subgénero de espías, El superagente 86 (Get Smart es su título original), se enfrentaran dos organizaciones designadas como CONTROL y KAOS.

En la novela negra, la sociedad se contempla desde un punto de vista mucho más pesimista. El orden aparente suele encubrir la injusticia, la corrupción, la hipocresía de una organización social manifiestamente mejorable, la violencia latente. La gente no es necesariamente buena ni mala, pero sí capaz de lo peor cuando las circunstancias le llevan a ello. La acción sale de los salones alfombrados y visita los ambientes más sórdidos. Las conductas suelen ser mucho más ambiguas moralmente y, con frecuencia, no triunfa la justicia. El bien y el mal no resultan siempre claramente perceptibles y no es sencillo elegir entre ellos. El mal no anida solo en decisiones individuales desviadas sino, también, en una determinada estructura social. El protagonista suele ser consciente de vivir en medio de la podredumbre y de que poco va a conseguir contra ella, vive en el escepticismo y se limita a tratar de hacer lo debido y de ser leal a las personas que confían en él, se suele defender de la realidad que le rodea a través de la ironía y el lenguaje cínico. No siempre el criminal recibe su castigo. A veces, incluso, el criminal es el protagonista de la novela negra. A menudo la lectura no tranquiliza sino que inquieta y perturba al lector.

Estos rasgos distintivos de la novela negra aparecen magistralmente descritos en un texto clásico, el manifiesto que publicó Marcel Duhamel en 1948 en la Série Noire de Gallimard, la colección de novelas que daría nombre al género:

Que el lector sin prejuicios tenga cuidado: los volúmenes de la Serie Negra no se puede poner en todas las manos. Los aficionados a los enigmas a lo Sherlock Holmes no les sacarán provecho. El optimista habitual tampoco. La inmoralidad admitida en general en ese género únicamente sirve para destacar la moralidad convencional, tanto como unos buenos sentimientos e incluso la amoralidad misma. Veremos a policías más corruptos que los malhechores que persiguen. El detective no siempre resuelve el misterio, incluso a veces no hay misterio ni detective. Pero, ¿entonces?… Entonces queda la acción, la angustia, la violencia -en todas sus formas y, particularmente, las más deshonrosas- de las palizas y los asesinatos.

Como en las buenas películas, los estados de ánimo se plasman en los gestos y los lectores ávidos de literatura introspectiva deberán realizar una gimnasia inversa. Hay también amor -bajo todas sus formas-, pasión, odio, todos los sentimientos que, en una sociedad refinada, solo son mostrados de modo excepcional, pero que aquí son moneda corriente y que a veces se expresan con un lenguaje fuerte, poco académico, pero donde domina siempre, rosa o negro, el humor.

Parece ser que el negro inicialmente se refería al color de la portada de las novelas de esta colección, pero creo que si la denominación ha triunfado, incluso desbordando sus límites iniciales, es porque describe muy bien el objeto del género. Las novelas negras enseñan la parte más oscura de la realidad y de la naturaleza humana, la menos agradable, la que nos gusta esconder en nuestra vida cotidiana. La violencia, el crimen, la corrupción, el mal, la injusticia. Y por eso, con frecuencia, la novela negra sirve para hacer denuncia social, para llamar la atención sobre lo que no funciona bien, lo que no debiéramos ignorar ni tolerar, lo que habría que combatir.

Como ya he advertido, hoy es usual llamar novela negra a toda novela policíaca o criminal, cuando es obvio que solo una parte de las historias policíacas o criminales merecen esa denominación. En particular, considero que, stricto sensu, Agatha Christie no es autora de novela negra. Sí de novela policíaca o criminal y, obviamente, una de las mejores, por no decir la mejor. Hace pocos años los medios de comunicación españoles aireaban la noticia de que había sido elegida como la mejor escritora del género por los escritores británicos de novela negra; pero si uno leía más allá del titular, resultaba que quienes votaban eran los miembros de la Crime Writers' Association. La prensa británica, más precisa, informaba de que Agatha Christie era la mejor autora de crime novel, que no es lo mismo. Los anglosajones prefieren hablar de crime, murder o detective fiction, y como un género asociado o un subgénero hablan del harboiled, que suele coincidir con lo que en francés se rebautizó como noir.

En un relato como Los establos de Augías se observa que difícilmente se pueden aplicar a Agatha Christie los rasgos distintivos de la novela negra que antes hemos enunciado incluso cuando, como en este caso, se atreve con el tema de la corrupción política. Es obvio que su visión de la sociedad era bastante optimista, vivía muy confortablemente en la aristocrática sociedad británica que refleja en sus novelas. Sus protagonistas suelen proceder de las clases acomodadas y si, alguna vez, se muestra crítica no es para hacer denuncia social sino mera y amable ironía costumbrista. El primer ministro Hammett es un político corrupto, pero constituye una excepción entre los suyos. La corrupción no es sistémica, por eso basta adoptar una medida puntual para restablecer el orden. Igual que hace en algunas de sus aventuras Sherlock Holmes, Hércules Poirot trabaja a favor del gobierno, del orden constituido. La policía a veces es incompetente y necesita la ayuda de un detective privado, pero no es corrupta. Al final, triunfa la justicia, aunque haya que emplear alguna pequeña artimaña, y la vida puede seguir felizmente regresando a sus cauces habituales.

Aunque hay tantas definiciones de los géneros como definidores, y los límites son difusos, creo preferible reservar la denominación de novela negra a aquellas obras que encajan en el manifiesto de Duhamel y llamar a las que encajan más en la tradición de Agatha Christie solo novelas policíacas. Claro está que los géneros y subgéneros son modelos ideales y que cualquier novela encajará solo parcialmente en ellos, o encajará en varios. Pero creo que muchas novelas con crímenes y policías que hoy son calificadas como novelas negras debieran ser descritas solo como grises, a veces de un gris muy clarito.


Esta reseña ha sido escrita por Miguel Izu para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.

 
es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: http://webs.ono.com/mizubel/